domingo, 6 de septiembre de 2015

Una niña se suicidó



Frente a la imagen negativa del padre, resaltada por estos días debido al incremento de las denuncias de violaciones, maltratos, homicidios e incestos en el seno familiar, existe también una visión positiva del padre como portador de la ley y soporte de la estructura social.  Debemos desechar esa distinción ideológica entre “hombres malos” y “mujeres buenas” que parece quedar en el  ambiente cuando toman las palabra algunos movimientos feministas radicales si intentamos con seriedad encontrar una salida a esta tragedia que no para.

En lugar de radicalizar en forma absurda la guerra de los sexos nos convendría, mejor, considerar los problemas que estamos viviendo en todo el planeta como síntomas o signos de una crisis general de nuestras democracias.  Cuando todos somos iguales se desdibuja la imagen del padre, desaparece la disciplina como condición de la felicidad y la tolerancia a la frustración llega a niveles críticos.  Nos aproximamos a formas preculturales de comportamiento como el canibalismo, el incesto, la anomia y la ausencia de pacto social.  Hasta perdemos en forma acelerada el sentido de la vida y los muchachos se suicidan hoy por la pérdida de un año escolar, por un fracaso amoroso, simplemente porque el papá les niega un helado o porque fueron inducidos por una página virtual.

Habíamos aprendido que toda elección implica una frustración; pero aparecieron los profetas del mito del  libre desarrollo de la personalidad, y  la sociedad toda entendió que el padre como educador o portador de la norma debía desaparecer.  Ya los padres no corrigen a sus hijos ni pueden limitar su conducta porque pueden involucrarse en un juicio por violar los derechos de los niños; con Freud mal interpretado y todos los sicólogos del yo hizo carrera el cuento absurdo de que tras toda delito y toda aberración había un padre traumatizando o coaccionando la libertad del pequeño.

Pero no todo es negativo.  Son muchos los ensayos y nuevas teorías que postulan un retorno al padre de la norma, de la disciplina y del sentido de la vida.  El mito de los ancestros que vigilaban nuestro comportamiento desde el más allá y que servían de referencia para nuestra identidad, como aquel otro de un dios castigador y soporte de la moral, deben encontrar un equivalente en el imaginario de la sociedad moderna para que la disciplina recupere su función liberadora y sea la base de la felicidad. La metáfora del nombre del padre debe encontrar una nueva expresión con el trabajo de todos sin llegar a los abusos racistas o nazis.  Es urgente recuperar ese punto medio entre la sanción que orienta al niño y no lo maltrata.  Nuestros hijos deben aprender a recibir negativas desde muy temprana edad para que su tolerancia a la frustración madure y no se suiciden por tonterías.



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