Frente
a la imagen negativa del padre, resaltada por estos días debido al incremento
de las denuncias de violaciones, maltratos, homicidios e incestos en el seno
familiar, existe también una visión positiva del padre como portador de la ley
y soporte de la estructura social. Debemos
desechar esa distinción ideológica entre “hombres malos” y “mujeres buenas” que
parece quedar en el ambiente cuando
toman las palabra algunos movimientos feministas radicales si intentamos con
seriedad encontrar una salida a esta tragedia que no para.
En
lugar de radicalizar en forma absurda la guerra de los sexos nos convendría,
mejor, considerar los problemas que estamos viviendo en todo el planeta como
síntomas o signos de una crisis general de nuestras democracias. Cuando todos somos iguales se desdibuja la
imagen del padre, desaparece la disciplina como condición de la felicidad y la
tolerancia a la frustración llega a niveles críticos. Nos aproximamos a formas preculturales de
comportamiento como el canibalismo, el incesto, la anomia y la ausencia de
pacto social. Hasta perdemos en forma
acelerada el sentido de la vida y los muchachos se suicidan hoy por la pérdida
de un año escolar, por un fracaso amoroso, simplemente
porque el papá les niega un helado o porque fueron inducidos por una página
virtual.
Habíamos
aprendido que toda elección implica una frustración; pero aparecieron los
profetas del mito del libre desarrollo
de la personalidad, y la sociedad toda
entendió que el padre como educador o portador de la norma debía
desaparecer. Ya los padres no corrigen a
sus hijos ni pueden limitar su conducta porque pueden involucrarse en un juicio
por violar los derechos de los niños; con Freud mal interpretado y todos los
sicólogos del yo hizo carrera el cuento absurdo de que tras toda delito y toda
aberración había un padre traumatizando o coaccionando la libertad del pequeño.
Pero
no todo es negativo. Son muchos los
ensayos y nuevas teorías que postulan un retorno al padre de la norma, de la disciplina
y del sentido de la vida. El mito de los
ancestros que vigilaban nuestro comportamiento desde el más allá y que servían
de referencia para nuestra identidad, como aquel otro de un dios castigador y
soporte de la moral, deben encontrar un equivalente en el imaginario de la
sociedad moderna para que la disciplina recupere su función liberadora y sea la
base de la felicidad. La metáfora del nombre del padre debe encontrar una nueva
expresión con el trabajo de todos sin llegar a los abusos racistas o
nazis. Es urgente recuperar ese punto
medio entre la sanción que orienta al niño y no lo maltrata. Nuestros hijos deben aprender a recibir
negativas desde muy temprana edad para que su tolerancia a la frustración
madure y no se suiciden por tonterías.
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