Iván Tabares Marín
La norma que estableció la participación privilegiada
de las mujeres en las listas electorales y en los cargos públicos tiene algo de
artificial y arbitrario, pues si ellas conforman la mitad de la población, el legislador
debió tener razones muy especiales para asignarles solo un 30 % de los
renglones y puestos. Debe tratarse de
una ley transitoria que perderá su vigencia cuando accedan a la administración
del Estado por méritos propios, aunque
tal día debe estar muy lejano porque el mundo turbio de la política no conjuga
con la sensatez y la moralidad de las bellas.
Por otro lado, no se han publicado estudios sobre el impacto real de la
medida que nos permitan evaluar la justificación de la misma. Lo evidente es el predominio machista en las
corporaciones públicas de elección popular y en las altas cortes, mientras que el personal
femenino pertenece a las mismas escasas familias que en el último siglo se ha
repartido las tajadas del gobierno. Si
el parlamentario condenado a pena de prisión por parapolítica o corrupción es
sustituido en las siguientes elecciones por su cónyuge, amante o hija, nada
hemos avanzado en equidad y participación ciudadana.
Hay otro aspecto desconcertante en esta ley. Muchas veces se ha denunciado el intercambio
de puestos en las distintas instituciones oficiales. Por ejemplo un procurador llama al presidente
de una corte o tribunal: “Oye, viejo, necesito un puesto para mi esposa y aquí
tengo otro para la tuya, ¿qué tal?” Si la participación femenina ha servido
para el intercambio de puestos entre esposas, hijas, cuñadas y sobrinas de los
nominadores, me temo que estamos ante una de las farsas mejor montada de
nuestra historia reciente. Sin duda
habría logrado mejores efectos democráticos una ley que no permitiera más de un
cargo público por núcleo familiar, pues todos sabemos que familias enteras
parasitan en entidades oficiales cuando ciudades como Pereira mantienen altas tasas
de desempleo.
Si el Congreso aplicara la lógica que lo llevó a la
norma comentada, debió hacerla extensiva a otros grupos de ciudadanos con baja
representación, como las minorías étnicas, los homosexuales o las madres cabeza
de familia. Así, si en un municipio o
departamento el 50 % de la población es de origen africano o indígena, tales
grupos deben ocupar en igual porcentaje los cargos estatales. Sería algo similar a lo que se ha definido en
USA en materia laboral, inclusive para empresas privadas y que en nuestro país
caería muy bien. Se ve, pues, que en una sociedad liberal edificada sobre la
libre competencia o el juego de egoísmos, leyes como la que privilegió a las
mujeres pueden llegar a ser un espejismo.
No avanzamos en democracia si una ley se hace para beneficiar a la misma “rosca” de
los Holguín, los Turbay, los Lleras y los Uribe. Más que equidad de género necesitamos con
urgencia equidad económica. Mientras
tanto, parlamentarias de origen humilde como Yidis Medina tendrán que seguir
vendiendo su conciencia para obtener una notaría o un cargo de importancia para
sus amigos.
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