viernes, 4 de septiembre de 2015

Filosofía para perplejos



Iván Tabares Marín

Si bien, sabemos de científicos que han cuestionado la validez de la filosofía, son muchos los ciudadanos que siguen interesados en esta disciplina aunque, valga la verdad, para la mayoría solo es un ingrato recuerdo de la secundaria ya sea porque el curso se redujo a estudiar la vieja escolástica de Aristóteles y Tomás de Aquino puesta al servicio de la Iglesia romana, o porque en los últimos años ha enfatizado la visión marxista que tanto gusta a muchos maestros, al Polo y a  la guerrilla.

Para la ingenua escolástica, el problema central era la relación sujeto-objeto o lo que se llamaba el problema del conocimiento o epistemológico: bajo qué condiciones el sujeto puede conocer el objeto o la realidad. Para el materialismo dialéctico, lo importante no es conocer la realidad sino transformarla a como dé lugar porque la ideología y las ciencias siempre han estado al servicio de las clases dominantes.  Si la escolástica terminaba hablando del alma y de las pruebas racionales de la existencia de Dios, el marxismo ateo priorizaba las relaciones de producción que han generado a través de la historia la explotación del hombre por el hombre.

Con la aparición de las ciencias, sobre todo a partir de los siglo XVI y XVII, se empezó a limitar el espacio de reflexión de los filósofos porque en lugar de especular acerca de los astros era más práctico mirarlos con el telescopio.  Llegaron los positivistas a cuestionar los viejos dogmas religiosos sustentados por la escolástica: no existe el alma, la teología es imposible, los textos sagrados son mitos, no verdades; el hombre es el resultado de la evolución azarosa de las especies animales.

A finales del siglo XVIII, un señor tan distraído que se ponía dos zapatos distintos marcó el nuevo rumbo de la filosofía.  Su nombre era Emmanuel Kant.  Mostró los límites del conocimiento científico y la imposibilidad de hablar de seres eternos o espirituales.  Para poder justificar la moral debemos suponer que Dios existe y que tenemos un alma libre e inmortal.

En el siglo XX llegaron la teoría de la relatividad y la física cuántica que acabaron con el edificio científico construido a partir de Newton. Se corroboró que no hay sujeto ni objeto; solo existen procesos, hechos o energía, caos.  Entre el hombre y las cosas están las palabras.  El lenguaje cambia todo.  Los filósofos se entretienen con juegos de palabras.  Ante lo que no entendemos lo mejor es callar.


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