Iván Tabares Marín
Si bien, sabemos de científicos que han cuestionado la
validez de la filosofía, son muchos los ciudadanos que siguen interesados en
esta disciplina aunque, valga la verdad, para la mayoría solo es un ingrato recuerdo
de la secundaria ya sea porque el curso se redujo a estudiar la vieja
escolástica de Aristóteles y Tomás de Aquino puesta al servicio de la Iglesia
romana, o porque en los últimos años ha enfatizado la visión marxista que tanto
gusta a muchos maestros, al Polo y a la
guerrilla.
Para la ingenua escolástica, el problema central era
la relación sujeto-objeto o lo que se llamaba el problema del conocimiento o
epistemológico: bajo qué condiciones el sujeto puede conocer el objeto o la
realidad. Para el materialismo dialéctico, lo importante no es conocer la
realidad sino transformarla a como dé lugar porque la ideología y las ciencias
siempre han estado al servicio de las clases dominantes. Si la escolástica terminaba hablando del alma
y de las pruebas racionales de la existencia de Dios, el marxismo ateo
priorizaba las relaciones de producción que han generado a través de la
historia la explotación del hombre por el hombre.
Con la aparición de las ciencias, sobre todo a partir
de los siglo XVI y XVII, se empezó a limitar el espacio de reflexión de los
filósofos porque en lugar de especular acerca de los astros era más práctico
mirarlos con el telescopio. Llegaron los
positivistas a cuestionar los viejos dogmas religiosos sustentados por la
escolástica: no existe el alma, la teología es imposible, los textos sagrados
son mitos, no verdades; el hombre es el resultado de la evolución azarosa de
las especies animales.
A finales del siglo XVIII, un señor tan distraído que
se ponía dos zapatos distintos marcó el nuevo rumbo de la filosofía. Su nombre era Emmanuel Kant. Mostró los límites del conocimiento
científico y la imposibilidad de hablar de seres eternos o espirituales. Para poder justificar la moral debemos
suponer que Dios existe y que tenemos un alma libre e inmortal.
En el siglo XX llegaron la teoría de la relatividad y
la física cuántica que acabaron con el edificio científico construido a partir
de Newton. Se corroboró que no hay sujeto ni objeto; solo existen procesos,
hechos o energía, caos. Entre el hombre
y las cosas están las palabras. El
lenguaje cambia todo. Los filósofos se
entretienen con juegos de palabras. Ante
lo que no entendemos lo mejor es callar.
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