Iván Tabares Marín
Un viejo texto de administración, titulado Todo es
negociable, denunciaba la manera
tradicional de hacer convenios o contratos por los comunistas venidos de China
o la URSS, caracterizada por exigir todo
sin retribuir nada. Así, cuando aquellos
países enviaban a sus profesionales de cualquier disciplina del saber a un
congreso internacional, estos tomaban apuntes, hacían grabaciones y asimilaban
los logros extranjeros pero no aportan nada a la discusión.
Algo parecido todavía pasa en las negociaciones de las
convenciones colectivas, ya que los sindicatos se formaron en esa
ideología. Los negociadores sindicales
exigen todo tipo de reivindicaciones salariales y prestacionales a cambio de nada. Lo lógico sería que ofrecieran a la empresa
mejores resultados en su gestión, incremento de la producción o disminución de
los costos para compensar el aumento salarial.
En un caso reciente, FECODE, el sindicato de los maestros, logró sus
objetivos de aumento salarial y la abolición de las evaluaciones sin
contraprestación, aprovechando la debilidad del
mandato de Juampa.
Eso es exactamente lo que viene ocurriendo en La
Habana: los narcoterroristas vienen aplicando el método marxista de negociar. No pagarán un solo día de cárcel, no van a
indemnizar a nadie y no repararán a sus víctimas. Los millones de dólares obtenidos en sus
negocios sucios están siendo invertidos en los países vecinos de sus camaradas
del castrochavismo. Lo único a que se comprometen
es a estampar su firma en un papel sin ninguna garantía de que todos sus
frentes entregarán las armas y renunciarán a sus turbios negocios. Los
líderes gorditos solo buscan liberarse de la extradición o de un juicio en
tribunales internacionales para salir corriendo a disfrutar su dinero
sangriento y sus grandes extensiones de tierra.
Su ridícula justificación, en el sentido de que el
resto de los colombianos somos los responsables de sus fechorías porque ellos
tenían el derecho a rebelarse, no hace ninguna distinción entre los
guerrilleros ingenuos, el Secretariado, los niños obligados, los
exparamilitares o los antiguos sicarios de los carteles de la drogas
convertidos ahora en comandantes de sus frentes.
Si en otros países el posconflicto ha sido peor que la
guerra, como viene ocurriendo en Centroamérica con las maras o pandillas, en
Colombia podemos esperar un caos similar.
La mayoría de los colombianos han entendido muy bien este panorama y así
lo han expresado en las últimas encuestas que apoyan la posición del Centro
Democrático con relación a los diálogos de paz.
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