Iván
Tabares Marín
Cuando
en el año 1988 se prohibió en Colombia la exhibición de la película dirigida
por Martin Scorsese, La última tentación de Cristo, corrí a la librería más
próxima a comprar la novela de Niko Kazantzakis en que se había inspirado, para
tratar de entender los motivos del inquisidor. Mi sorpresa fue fenomenal porque
encontré una de las metáforas más sublimes del amor. Como se recordará, el Diablo toma la
apariencia del ángel de la guarda y convence a Jesús en el momento de su agonía
en la cruz para que se imagine o sueñe cómo habría sido su vida enamorado, conformando
una familia y repitiendo el mismo libreto de todos los hombres al lado de María
Magdalena, primero y, después de la muerte de esta, en compañía de las hermanas
de Lázaro, Marta y María. “En el mundo
no existe más que una sola mujer, que tiene innumerables rostros”. El mensaje de la novela y la película era
obvio: es tal la dignidad de las relaciones sexuales y de la familia que se
convierten en una tentación para el mismísimo hijo de Dios. Entonces me pregunté si realmente yo sabía
leer pues no encontraba una justificación para la prohibición de la película.
Pensaba
en estas cosas cuando preparaba tres artículos publicados sobre la historia del
papado y me encontré con los enredos amorosos Julio III (1550 – 1555). Antes de
ser elegido, el papa se había enamorado
de un joven napolitano, de esos que deambulan por las calles para
arrebatarle una oportunidad a la vida.
Debió ser muy hermoso Innocenzo porque Julio III logró convencer a su
hermano para que lo adoptara como hijo, lo consagró cardenal a los 18 años y lo
encargó de las relaciones diplomáticas de la Iglesia. La
expresión “nipote” significa sobrino.
De allí viene “nepotismo”, el deporte preferido de todos los gobernantes
y que consiste en aprovechar el trono para llenar de puestos, contratos y
privilegios a los familiares. Pues
bien, como en ese entonces la Iglesia romana enfrentaba la Reforma, intentó
sanearse un poco y había restringido el nepotismo de los papas aunque mantuvo
la autorización para que pusieran en algún puesto de confianza y manejo a un
sobrino. Aunque esta historia terminó
mal porque Innocenzo resultó un inepto y un delincuente, como podría esperarse,
nos lleva a la misma conclusión de la última tentación de Cristo: son tan
dignas y respetables las relaciones homosexuales que hasta los representantes
de Dios las han disfrutado.
Vuelvo
al libro de Kazantzakis para resaltar otras de sus características
geniales. La ficción permite al autor
hacer una nueva interpretación de los evangelios, que se aproxima a los
análisis modernos de carácter histórico.
Por ejemplo, en su fantasía Jesús llama a Pablo mentiroso, lo mismo que
a Mateo, el autor de uno de los evangelios.
Quizás aquí se encuentran las razones que tuvo la Iglesia para prohibir
la película. Por otro lado, el demonio o “ángel de la
guarda” explica a Jesús el valor de las cosas pequeñas de la vida, el amor a la
naturaleza y de la grandeza de lo humano.
Cuando Jesús desciende de la cruz y observa el maravilloso paisaje,
pregunta:
-
¿Es ese el reino
de los cielos que yo anunciaba a los hombres en la tierra?
-
No, no –respondió
el ángel, riendo--. Es la tierra.
-
¿Y cómo cambió
tanto?
-
No es ella la que
ha cambiado sino tú. Antes tu corazón
iba contra la voluntad de la tierra, pero ahora la acepta (…) El reino de los cielos, Jesús, es la armonía
entre el corazón y la tierra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario