jueves, 17 de septiembre de 2015

El mundo encantado


Iván Tabares Marín

Son muchos los momentos de la vida en que nos comportamos como locos y sin darnos cuenta deliramos, nos creemos importantes, usamos un lenguaje completamente irracional y nos sentimos plenos de emoción. Como no tenemos palabras para expresarnos confundimos el placer con lo sublime.

Es obvio que el enamoramiento es uno de esos momentos.  También puede ser el instante en que disfrutamos un atardecer, escuchamos una melodía excepcional, nos drogamos o nos extasiamos con una pintura o cualquiera otra expresión artística.  ¡Ah, la sublime ternura de un hijo o el calor que solo la familia sabe darnos!   La emoción infinita de un buen concierto.  Algo parecido deben experimentar los místicos en los momentos más profundos de su meditación, cuando ellos dicen estar en contacto con la divinidad, goce supremo,  totalidad del ser que no se quiere perder, sucedáneo del orgasmo, la traba perfecta…

Es muy curioso que ese tipo de experiencias sean el soporte de quienes niegan la existencia de Dios como también de quienes la aceptan.  Me encontré en YouTube una discusión sobre ateísmo en la que un sacerdote fundaba su religión en el deseo de plenitud del ser humano, como quien dice, si deseamos la perfección, el todo, el infinito, la bondad y el absoluto es porque existen.

Para M. Proust, el deseo desencadena el encantamiento del mundo, el factor que nos hace sentir plenos y completos.  Nos imaginamos el cielo cuando no aceptamos la muerte de un ser querido.  En otros términos, cada vez que experimentamos alguna forma de plenitud ilusoria en la vida, nuestra mente asume una actitud o una función de carácter  religioso.  Dadas las limitaciones de nuestro lenguaje, todas esas experiencias deliciosas de la vida las conceptualizamos como si nuestra mente estuviese en modo religioso.  Es el imaginario mundo del ser, de la verdad, del sentido…

En este enfoque, si algo chocante tiene la burguesía no es tanto su dominio sobre los medios de producción, como aseguran los mamertos, sino ese aire de satisfacción que proyectan porque tienen todo en sus manos cuando en realidad no tienen nada.  Contra esa mediocridad reaccionaron los movimientos artísticos y filosóficos desde finales del siglo XIX.  La ilusión amorosa,  la vida fácil y la religión nos entorpecen, nos adormecen, llenan el mundo de fantasmas y nos niegan el valor existir y de buscar nuevas experiencias.  Aceptar los seudovalores de esa burguesía es negarnos la libertad.


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