Iván Tabares Marín
Son muchos los momentos de la vida en que nos
comportamos como locos y sin darnos cuenta deliramos, nos creemos importantes,
usamos un lenguaje completamente irracional y nos sentimos plenos de emoción.
Como no tenemos palabras para expresarnos confundimos el placer con lo sublime.
Es obvio que el enamoramiento es uno de esos
momentos. También puede ser el instante
en que disfrutamos un atardecer, escuchamos una melodía excepcional, nos
drogamos o nos extasiamos con una pintura o cualquiera otra expresión
artística. ¡Ah, la sublime ternura de un
hijo o el calor que solo la familia sabe darnos! La
emoción infinita de un buen concierto. Algo
parecido deben experimentar los místicos en los momentos más profundos de su
meditación, cuando ellos dicen estar en contacto con la divinidad, goce
supremo, totalidad del ser que no se
quiere perder, sucedáneo del orgasmo, la traba perfecta…
Es muy curioso que ese tipo de experiencias sean el
soporte de quienes niegan la existencia de Dios como también de quienes la
aceptan. Me encontré en YouTube una
discusión sobre ateísmo en la que un sacerdote fundaba su religión en el deseo
de plenitud del ser humano, como quien dice, si deseamos la perfección, el
todo, el infinito, la bondad y el absoluto es porque existen.
Para M. Proust, el deseo desencadena el encantamiento
del mundo, el factor que nos hace sentir plenos y completos. Nos imaginamos el cielo cuando no aceptamos
la muerte de un ser querido. En otros términos,
cada vez que experimentamos alguna forma de plenitud ilusoria en la vida,
nuestra mente asume una actitud o una función de carácter religioso.
Dadas las limitaciones de nuestro lenguaje, todas esas experiencias
deliciosas de la vida las conceptualizamos como si nuestra mente estuviese en
modo religioso. Es el imaginario mundo
del ser, de la verdad, del sentido…
En este enfoque, si algo chocante tiene la burguesía
no es tanto su dominio sobre los medios de producción, como aseguran los
mamertos, sino ese aire de satisfacción que proyectan porque tienen todo en sus
manos cuando en realidad no tienen nada.
Contra esa mediocridad reaccionaron los movimientos artísticos y
filosóficos desde finales del siglo XIX.
La ilusión amorosa, la vida fácil
y la religión nos entorpecen, nos adormecen, llenan el mundo de fantasmas y nos
niegan el valor existir y de buscar nuevas experiencias. Aceptar los seudovalores de esa burguesía es
negarnos la libertad.
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