La
elección del nuevo papa es el resultado lógico de la ambigüedad en que se ha
movido la Iglesia desde su fundación entre la pobreza y la riqueza, entre el
dogma y la ciencia, el capitalismo y el socialismo, este mundo y el otro, Dios
y el César, la violencia y el martirio o entre la cruz y la resurrección. Siempre ha sido rica pero dice vivir en
función de los pobres; mientras tuvo el poder se valió de él para entorpecer el
progreso del conocimiento; nacida de las entrañas del imperio, ha defendido los
intereses de los patricios, aunque sus sacerdotes mantienen viva la ideología
del terror comunista o Teología de la Liberación. Culpabilizando a sus fieles los llevó a vivir
en función del fantástico mundo ultraterreno, en tanto que el amor a la
naturaleza del mugroso de Asís quedó reducido a un simple lapsus ecológico en
el viejo discurso condenatorio de la materia y el sexo, discurso que enseña
pero no practica. La Iglesia ha sido una de las instituciones más criminales de
la historia, con masacres de judíos, musulmanes, cátaros, herejes o brujas y que hoy se repiten cuando ella insta
a sus seguidores a buscar en un milagro la curación que la medicina puede
lograr si se consulta oportunamente.
Francisco
fue el apóstol de los indigentes, Ignacio de Loyola, de los ricos; aquel, un
ecologista que charlaba con la flores, los animales, el hermano sol y la
hermana lluvia; el otro, un noble que
siempre vivió entre lujos y dedicó su vida y su Compañía de Jesús a educar a
los hijos de los nobles para garantizar el poder de la Iglesia, pues en su
tiempo Europa había llegado a un pacto según el cual el príncipe determinaba la
religión del pueblo. El hippie de Asís,
inculto como un “primíparo” universitario o como un miliciano de las FARC,
nunca entendió la necesidad del desarrollo económico o de las instituciones
políticas y prefirió el mundo fácil de la esquizofrenia simple. El perfumado español comprendió que el poder
medieval de Roma se había debido al control de la cultura y la economía y, por
eso, sus discípulos se ingeniaron el experimento de las misiones o reducciones
guaraníes y de los llanos orientales de la Nueva Granada, forma piadosa y
primera de la economía planificada de Stalin o realización precoz del “hombre
nuevo” que en el siglo XX soñaría el Che Guevara.
Así
como el sueño del pobrecito se hizo añicos a los pocos años de su muerte,
ocurrida en 1226, pues sus seguidores se
dedicaron a estudiar y a conseguir dinero, el proyecto comunista de los jesuitas,
un nuevo modo de producción metido artificialmente en el modo de producción
esclavista de los portugueses y españoles, llegó a sus fin en las postrimerías
del siglo XVIII, cuando los jesuitas fueron expulsados de América y Europa, sus
bienes expropiados y clausurada su orden por decreto papal (así dieron una lección a Juan Manuel Santos
para que no permita que en los acuerdos con los guerrilleros se cometa hoy el
mismo error: nunca podrán convivir dos sistemas económicos opuestos.) Mientras los luteranos con el aporte de los
jesuitas abrieron las puertas de
libertad, la tolerancia y la democracia para Occidente y llevaron a Europa a la
Ilustración como también a las revoluciones del siglo
XVIII, la Iglesia se aferró a la Edad Media para traerla a nuestra América. Hoy se espera que un ignaciano disfrazado de
Francisco nos redima.
No hay comentarios:
Publicar un comentario