martes, 22 de septiembre de 2015

Entre Francisco e Ignacio



La elección del nuevo papa es el resultado lógico de la ambigüedad en que se ha movido la Iglesia desde su fundación entre la pobreza y la riqueza, entre el dogma y la ciencia, el capitalismo y el socialismo, este mundo y el otro, Dios y el César, la violencia y el martirio o entre la cruz y la resurrección.  Siempre ha sido rica pero dice vivir en función de los pobres; mientras tuvo el poder se valió de él para entorpecer el progreso del conocimiento; nacida de las entrañas del imperio, ha defendido los intereses de los patricios, aunque sus sacerdotes mantienen viva la ideología del terror comunista o Teología de la Liberación.  Culpabilizando a sus fieles los llevó a vivir en función del fantástico mundo ultraterreno, en tanto que el amor a la naturaleza del mugroso de Asís quedó reducido a un simple lapsus ecológico en el viejo discurso condenatorio de la materia y el sexo, discurso que enseña pero no practica. La Iglesia ha sido una de las instituciones más criminales de la historia, con masacres de judíos, musulmanes, cátaros, herejes  o brujas y que hoy se repiten cuando ella insta a sus seguidores a buscar en un milagro la curación que la medicina puede lograr si se consulta oportunamente.

Francisco fue el apóstol de los indigentes, Ignacio de Loyola, de los ricos; aquel, un ecologista que charlaba con la flores, los animales, el hermano sol y la hermana lluvia; el  otro, un noble que siempre vivió entre lujos y dedicó su vida y su Compañía de Jesús a educar a los hijos de los nobles para garantizar el poder de la Iglesia, pues en su tiempo Europa había llegado a un pacto según el cual el príncipe determinaba la religión del pueblo.  El hippie de Asís, inculto como un “primíparo” universitario o como un miliciano de las FARC, nunca entendió la necesidad del desarrollo económico o de las instituciones políticas y prefirió el mundo fácil de la esquizofrenia simple.  El perfumado español comprendió que el poder medieval de Roma se había debido al control de la cultura y la economía y, por eso, sus discípulos se ingeniaron el experimento de las misiones o reducciones guaraníes y de los llanos orientales de la Nueva Granada, forma piadosa y primera de la economía planificada de Stalin o realización precoz del “hombre nuevo” que en el siglo XX soñaría el Che Guevara.

Así como el sueño del pobrecito se hizo añicos a los pocos años de su muerte, ocurrida en 1226,  pues sus seguidores se dedicaron a estudiar y a conseguir dinero, el proyecto comunista de los jesuitas, un nuevo modo de producción metido artificialmente en el modo de producción esclavista de los portugueses y españoles, llegó a sus fin en las postrimerías del siglo XVIII, cuando los jesuitas fueron expulsados de América y Europa, sus bienes expropiados y clausurada su orden por decreto papal  (así dieron una lección a Juan Manuel Santos para que no permita que en los acuerdos con los guerrilleros se cometa hoy el mismo error: nunca podrán convivir dos sistemas económicos opuestos.)   Mientras los luteranos con el aporte de los jesuitas  abrieron las puertas de libertad, la tolerancia y la democracia para Occidente y llevaron a Europa a la Ilustración como también a las revoluciones del siglo XVIII, la Iglesia se aferró a la Edad Media para traerla a nuestra América.  Hoy se espera que un ignaciano disfrazado de Francisco nos redima. 











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