lunes, 21 de septiembre de 2015

El niño expósito



Iván Tabares Marín

Tan apasionante como el movimiento del retiro y retorno, comentado en este blog, es su variante, también mitológica, del niño expósito o abandonado, estructura básica de muchas narraciones o leyendas religiosas y/o políticas que cuentan el origen de grandes personajes como Sargón (emperador sumerio hacia el año 2334 a. de C.), Moisés, Rómulo y Remo (fundadores de Roma), Perseo, Ciro el Grande, Jesucristo, Edipo, Jasón y muchos más.  En síntesis, el mito cuenta que un niño de familia real es abandonado por su propio padre, el rey, ante la profecía o el oráculo que lo señala como un posible usurpador del trono.  El criado comisionado para darle muerte al pequeño se conmueve y lo arroja al río en una cesta, de donde será rescatado por una familia humilde. Las condiciones adversas en que crece hacen del niño un valiente que, al final, regresa a su tierra y toma el trono para que se cumpla el oráculo.

La historia de Sargón comienza así: “Mi madre me concibió en secreto, y en secreto me dio a luz.  Me puso en una cesta de juncos; cerró la tapa con alquitrán y me arrojó al río.  El aguador me sacó de las aguas y me cuidó.”  Como puede apreciarse, la similitud con la leyenda judía de Moisés es sorprendente aunque con una variable, pues este es abandonado por una familia pobre y adoptado por la hija del Faraón con derecho al trono.  El evangelio de Mateo usa la misma metáfora en el caso de Jesús, cuando el rey Herodes manda a asesinar los lactantes de la región al enterarse que los reyes magos han llegado a Jerusalén a rendir honores al nuevo rey de los judíos.  Como no cuadraba con la trama, Jesús no es puesto en un cesto y, mejor, es llevado a Egipto.  Investigaciones recientes han demostrado que el autor del evangelio de Mateo conoció en el siglo I una versión del cuento de Moisés distinta a la que encontramos en el libro del Éxodo, la misma que utilizó para presentar a Jesús como el nuevo Moisés.  En efecto, en esa versión el Faraón ordena el asesinato de los niños hebreos porque un escriba le anunció que entre ellos nacería un líder peligroso para los intereses de Egipto; en cambio, en nuestra Biblia el infanticidio busca el control de la población esclava.

Una  tercera variable del fenómeno del retiro y retorno la hallamos en el mito de la segunda venida: si se fue, debe volver.  De esta manera los chiitas musulmanes no aceptan que el duodécimo imán haya muerto y esperan su regreso, tal como los primeros cristianos proclamaron la segunda venida de Jesús cuando se enfrentaron al drama terrible de la crucifixión o como los fanáticos de Carlos Gardel niegan su muerte en un accidente aéreo en Medellín.  


Muy pocos estudiosos se han atrevido a formular una hipótesis para explicar la repetición de las mismas metáforas en la mitología de todas las culturas,  tal como lo intenta la teoría de los arquetipos o del inconsciente colectivo de Carl Jung.  De estas teorías tenemos que valernos para analizar las tesis expuestas en estos días sobre la prohibición de la fiesta brava y sobre el pago de un brujo con dineros del erario para que no lloviera hace pocos años en Bogotá.  Son temas difíciles  en los que cualquier muchacho, que nunca lee o no entiende lo que lee, cree tener la última palabra.

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