Iván Tabares Marín
Los pocos judíos seguidores de Jesús quedaron
desconcertados cuando fue crucificado.
Pasaron varios lustros antes de que hiciera carrera el mito de la
resurrección, originado, tal vez, en el fenómeno tan común de las personas que
aseguran haber visto al ser querido días después de su deceso. De hecho, el primer evangelio aceptado por la
Iglesia, el de Marcos, fue redactado después del año 70 y en su primera versión
no incluía el capítulo final sobre la resurrección, agregado muchos años
después. Raro, ¿no?
El segundo obstáculo que debieron enfrentar los
apóstoles se presentó cuando sus compatriotas judíos no aceptaron a Jesús como
el mesías. No podían comprender que un
dios fuese tan cruel como para exigir el sacrificio de su propio hijo, se
negaban a admitir como rey salvador o mesías a un crucificado y les parecía imposible
que un hombre fuese dios. Entonces los
apóstoles debieron buscar clientela entre los no judíos o gentiles, a pesar de
que su maestro nunca había predicado a los extranjeros. Contra la posición de Pedro y de Santiago,
Saulo de Tarso inventó un cristianismo para gentiles, quienes no tuvieron
inconveniente en aceptar un hijo de dios más.
El tercer problema no fue menos difícil. Para garantizar la resurrección de Jesús y
de todos los que creyesen en él, los seguidores de Pablo prometieron el inmediato
regreso del Maestro en condición de rey para mejorar el estrato de todos los
oprimidos; pero pasaron los años y no volvió.
Entonces, sin ruborizarse, los primeros cristianos modificaron el
mensaje y comenzaron a decir que no, que mejor el Mesías volvería al final de
los tiempos a cumplir su misión de exaltar a los miserables y derrotar a los
poderosos. Mensaje nada original pues
todas las religiones, incluidas las laicas, como el Marxismo y el Nazismo, han
prometido lo mismo.
Cuarto obstáculo: si Jesús era hijo de Dios, entonces
hay dos dioses. Un genio de las
metáforas dijo que no; que eran tres, es decir, tres personas distintas y un
solo Dios verdadero. Hasta hoy, nadie ha
podido descifrar ese juego de palabras; pero el que no lo aceptaba no
jugaba.
Ganado el respaldo de los emperadores cristianos, la
Iglesia negaba los programas de beneficencia y los puestos burocráticos a
quienes no aceptaban su doctrina. En el
principio era la “mermelada”. Lea el
libro Historia de las creencias contada por un ateo, de Matthew kneale, de
Oxford.
No hay comentarios:
Publicar un comentario