martes, 29 de septiembre de 2015

El triunfo del cristianismo



Iván Tabares Marín

Los pocos judíos seguidores de Jesús quedaron desconcertados cuando fue crucificado.  Pasaron varios lustros antes de que hiciera carrera el mito de la resurrección, originado, tal vez, en el fenómeno tan común de las personas que aseguran haber visto al ser querido días después de su deceso.  De hecho, el primer evangelio aceptado por la Iglesia, el de Marcos, fue redactado después del año 70 y en su primera versión no incluía el capítulo final sobre la resurrección, agregado muchos años después. Raro, ¿no?

El segundo obstáculo que debieron enfrentar los apóstoles se presentó cuando sus compatriotas judíos no aceptaron a Jesús como el mesías.  No podían comprender que un dios fuese tan cruel como para exigir el sacrificio de su propio hijo, se negaban a admitir como rey salvador o mesías a un crucificado y les parecía imposible que un hombre fuese dios.  Entonces los apóstoles debieron buscar clientela entre los no judíos o gentiles, a pesar de que su maestro nunca había predicado a los extranjeros.  Contra la posición de Pedro y de Santiago, Saulo de Tarso inventó un cristianismo para gentiles, quienes no tuvieron inconveniente en aceptar un hijo de dios más.

El tercer problema no fue menos difícil.   Para garantizar la resurrección de Jesús y de todos los que creyesen en él, los seguidores de Pablo prometieron el inmediato regreso del Maestro en condición de rey para mejorar el estrato de todos los oprimidos; pero pasaron los años y no volvió.  Entonces, sin ruborizarse, los primeros cristianos modificaron el mensaje y comenzaron a decir que no, que mejor el Mesías volvería al final de los tiempos a cumplir su misión de exaltar a los miserables y derrotar a los poderosos.   Mensaje nada original pues todas las religiones, incluidas las laicas, como el Marxismo y el Nazismo, han prometido lo mismo.

Cuarto obstáculo: si Jesús era hijo de Dios, entonces hay dos dioses.  Un genio de las metáforas dijo que no; que eran tres, es decir, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.  Hasta hoy, nadie ha podido descifrar ese juego de palabras; pero el que no lo aceptaba no jugaba. 


Ganado el respaldo de los emperadores cristianos, la Iglesia negaba los programas de beneficencia y los puestos burocráticos a quienes no aceptaban su doctrina.  En el principio era la “mermelada”.   Lea el libro Historia de las creencias contada por un ateo, de Matthew kneale, de Oxford.

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