Investigaciones realizadas en
el siglo pasado habían correlacionado las variables cultura y ética y llegado a
la conclusión de que a más cultura o civilización se disminuyen los delitos y,
por el contrario, a mayor ignorancia más delincuencia. Sin ser un principio absoluto, al menos nos
muestra una tendencia que puede ayudar a explicar que mientras en los países de
Europa, al menos en los más educados, el número de homicidios por cada cien mil
habitantes es de unos cinco por año, en países como el nuestro esa tasa llega
35 o 40 y hemos llegado en el pasado reciente a cien o más.
En su columna de prensa el escritor
Oscar Collazos relaciono poco antes de morir las variables cultura y pobreza
para intentar, sin lograrlo, justificar el desprecio por los libros de Evo
Morales, aspirante al cuarto período en la presidencia de Bolivia: Evo no lee
porque es de origen campesino y pobre.
Como todos conocemos las simpatías de nuestros artistas y escritores, en
su gran mayoría, con los regímenes de izquierda, entendemos el afán de Collazos;
pero no podemos estar de acuerdo cuando termina su escrito presentando el
régimen de Evo como el bueno y al colombiano como el malo en materia cultural y
educativa. Desde cuando contamos con
Internet y bibliotecas públicas, la ignorancia no se puede justificar con la
pobreza y, por otro lado, son muchos los pobres que leen como también los ricos
que nunca lo hacen. Otro marxista, como
Morales, Mao Zedong, de origen campesino y modesto, tenía desde muy joven la
pasión por la lectura, aunque –valga la anotación—no entendía nada,
absolutamente nada de economía, según nos cuenta Iván Argipov, principal asesor
soviético en China, citado por Jung Chang.
En cambio, otro comunista, Saloth Sar, alias “Pol Pot”, de familia
acomodada, nunca le interesó mucho la academia.
Otro ejemplo para desvirtuar el razonamiento de Collazos es el camarada
Stalin, tan genocida como los dos anteriores, se formó como sacerdote, estudió
los clásicos y escribió poesía; era, como Evo, un campesino, georgiano, hijo de
un zapatero alcohólico.
Cualquier lector de esta nota
podría pensar que este tema es ajeno a los colombianos; pero no lo es. Lo que viene ocurriendo en Bogotá con su
alcalde Gustavo Petro se vincula con nuestro asunto. Petro, como Evo, intenta imponer
una ideología simple y fácil, como es la comunista o populista, sin importarle
mucho la ortodoxia económica, el marco jurídico colombiano, los criterios
administrativos y los efectos dañinos de sus decisiones. En eso se parece mucho a su camarada ya
fallecido Hugo Chávez y al sucesor de este que habla con los pajaritos y
padece, como casi todos los comunistas y bolivarianos, de una paranoia extrema.
Ahora, para hacer más difícil
e interesante este cuento, intentemos relacionar las variable ideología y
moral, que nos dicen más del fascismo y del marxismo que las variables
acomodadas por Collazos. En el plano
doméstico podemos indagar sobre los motivos que hacen de Navarro Wolff un
excelente alcalde de Pasto o gobernador de primera en Nariño, mientras su copartidario
Petro anda peleando con todo el mundo y
dañando las cosas buenas de sus antecesores.
¿Por qué los peores genocidas de la era moderna son Mao Zedong y Adolfo
Hitler, con ideologías aparentemente distintas?
¿Por qué un cura Jesuita que cree en la Teología de la Liberación puede
ser tan honesto y bueno, al mismo tiempo que comparte la religión del
materialismo dialéctico con ese sádico, asesino y violador llamado Beria? Cuando alias “Iván Márquez” sea alcalde de
Medellín, ¿se comportará como Navarro o como Maduro? Esa es la cuestión.
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