domingo, 1 de noviembre de 2015

El chivo expiatorio



Iván Tabares Marín

La envidia es el motor de la historia.  Es el afán de imitar o ser como el otro lo que determina nuestro comportamiento como individuos o como grupo social.  La  mejor vivienda y el carro de mi vecino me motivan para superarlo; el marxismo no es más que la ideología del proletariado que ansía vivir como la burguesía.  Fue ese mismo impulso mimético el determinante de la caída del comunismo, cuando los soviéticos se morían de rabia al observar en la televisión extranjera los comerciales de la sociedad capitalista.

Esa pulsión irresistible de ser como el otro genera violencia, como es obvio.  Desde  cuando la envidia del joven Paris lo llevó a enamorar a la hermosa Helena, prometida del rey Menelao, para desencadenar la guerra de Troya, o desde cuando el éxito financiero de los judíos los convirtió en el objetivo del rencor de todo el mundo, hasta la guerra de Maduro contra Colombia porque nosotros somos lo que su tonto régimen nunca podrá lograr, la envidia genera guerras en todas partes.

La imitación lleva a que todos lleguemos a parecernos, y ese ha sido el logro de la democracia.   Si Petro puede enviar a sus hijos al colegio donde se educan los hijos de los gerentes de los bancos y puede compartir con ellos un buen juego de golf en el mejor club de Bogotá, ¿cómo vamos a canalizar ese odio y esa envidia para que nos matemos entre nosotros mismos? La historia y la literatura tienen muchos ejemplos de la solución: tenemos que sacrificar a un inocente, es decir, debemos orientar todo el resentimiento por los problemas de nuestra sociedad sobre una víctima propiciatoria que cargue todos los pecados nuestros.  No hay  otra forma de lograr la paz de los espíritus.

La crisis desencadenada por la revolución francesa necesitaba la decapitación de Luis XIV; las luchas por el poder en la Inglaterra del siglo XVII calmaron los ánimos con la muerte del rey Carlos; sin el asesinato de Julio César, Octavio no habría encontrado el camino para llevar a Roma al esplendor del Imperio.  Mas no en todas las culturas la víctima inmolada y ofrecida a los dioses para restablecer el orden ha sido el gobernante o el rey. Los aztecas sacrificaban al equipo triunfador del juego de pelota; en otras culturas, se ofrecía a los dioses el individuo distinto, como el deforme o el jorobado.  Luis Carlos Galán fue víctima propiciatoria.

René Girard desde sus análisis literarios es el gestor de esta teoría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario