Iván
Tabares Marín
La
envidia es el motor de la historia. Es
el afán de imitar o ser como el otro lo que determina nuestro comportamiento
como individuos o como grupo social.
La mejor vivienda y el carro de
mi vecino me motivan para superarlo; el marxismo no es más que la ideología del
proletariado que ansía vivir como la burguesía.
Fue ese mismo impulso mimético el determinante de la caída del
comunismo, cuando los soviéticos se morían de rabia al observar en la televisión
extranjera los comerciales de la sociedad capitalista.
Esa
pulsión irresistible de ser como el otro genera violencia, como es obvio. Desde
cuando la envidia del joven Paris lo llevó a enamorar a la hermosa Helena,
prometida del rey Menelao, para desencadenar la guerra de Troya, o desde cuando
el éxito financiero de los judíos los convirtió en el objetivo del rencor de
todo el mundo, hasta la guerra de Maduro contra Colombia porque nosotros somos
lo que su tonto régimen nunca podrá lograr, la envidia genera guerras en todas
partes.
La
imitación lleva a que todos lleguemos a parecernos, y ese ha sido el logro de
la democracia. Si Petro puede enviar a sus hijos al colegio
donde se educan los hijos de los gerentes de los bancos y puede compartir con
ellos un buen juego de golf en el mejor club de Bogotá, ¿cómo vamos a canalizar
ese odio y esa envidia para que nos matemos entre nosotros mismos? La historia
y la literatura tienen muchos ejemplos de la solución: tenemos que sacrificar a
un inocente, es decir, debemos orientar todo el resentimiento por los problemas
de nuestra sociedad sobre una víctima propiciatoria que cargue todos los
pecados nuestros. No hay otra forma de lograr la paz de los espíritus.
La
crisis desencadenada por la revolución francesa necesitaba la decapitación de
Luis XIV; las luchas por el poder en la Inglaterra del siglo XVII calmaron los
ánimos con la muerte del rey Carlos; sin el asesinato de Julio César, Octavio
no habría encontrado el camino para llevar a Roma al esplendor del Imperio. Mas no en todas las culturas la víctima
inmolada y ofrecida a los dioses para restablecer el orden ha sido el
gobernante o el rey. Los aztecas sacrificaban al equipo triunfador del juego de
pelota; en otras culturas, se ofrecía a los dioses el individuo distinto, como
el deforme o el jorobado. Luis Carlos
Galán fue víctima propiciatoria.
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