En
plena campaña electoral para la presidencia de la República, un periodista le
preguntó al entonces candidato del Polo Democrático Alternativo, el Dr. Carlos
Gaviria, si creía en Dios. “Soy
agnóstico”, respondió. Como el reportero
parecía no entender el concepto, el muy ilustre exmagistrado de la Corte
Constitucional pasó a explicar que ser agnóstico significaba suspender toda
opinión sobre Dios pues no es posible para el ser humano tener un conocimiento
(gnosis) sobre Él. La respuesta era muy
oportuna no solo porque la izquierda tradicional se había declarado atea desde
Marx y Engels en el siglo XIX y porque declararse ateo significaba en un país
mojigato perder muchísimos votos. Además,
esa respuesta coincidía con las religiones orientales que no tienen teología,
por la misma razón dada por los agnósticos.
Hasta la misma Biblia enfatiza este aspecto cuando Dios se define ante
Moisés: “Soy el que Soy”, traducción de la palabra “Yahvé”. Dios es el innombrable. Según los agnósticos,
no podemos afirmar o negar la existencia de Dios.
Pero
en materia religiosa también existe una tercera vía que podemos llamar
Deísmo. Se trata de una corriente de
pensamiento que acepta la existencia de Dios como soporte de la Ética y la
convivencia de los seres humanos, pero rechaza la Teología, los rituales y las
jerarquías clericales. En otras palabras,
es reducir la religión a su mínima expresión, en forma tal que todas las
culturales la acepten para acabar así con los conflictos surgidos con motivo
del monoteísmo. Judíos, cristianos y
musulmanes llevamos veinte siglos de peleas continuas porque cada religión cree
que su esquema es el verdadero. Si
Occidente hubiese entendido y aceptado la propuesta de la tercera vía
presentada por Erasmo de Róterdam y otros en el siglo XVI, nos habríamos
evitado las guerras religiosas, la masacre de los judíos en los campos de
concentración nazis, el conflicto árabe-israelí, el ataque a las Torres Gemelas
y también al padre Chucho.
En
cuanto a los ateos, todos fuimos sorprendidos cuando una encuesta nos mostró
que, después de los cristianos (incluidos católicos, evangélicos o protestantes
y ortodoxos) y musulmanes, el grupo más numeroso en cuanto su posición frente a
Dios era el de los ateos en todo el mundo.
Lo que la estadística no cuenta es el cambio de actitud de muchos ateos
en los últimos años. En el pasado los
ateos eran pasivos y simplemente renunciaban a la religión y no les importaba
que otros siguiesen participando en la semana santa católica o en los rituales
musulmanes o judíos. Ahora la cosa es
distinta: han aparecido los ateos militantes y agresivos que toman como una
cruzada (y valga la expresión) su lucha contra toda forma de religión. “Dios no
es Bueno”, dice Christopher Hitchens, fallecido hace pocos años; del “Espejismo
de Dios” habla Richard Dawkins y suscribe una opinión del Steven Weinberg,
premio Nobel: “La religión es un insulto
a la dignidad humana”. Matthew Alper
asegura que “Dios está en el cerebro” y sostiene que a más religión, más
pobreza y subdesarrollo.
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