Muchos antecedentes
históricos y culturales nos unen con Persia (Irán). La primera referencia data del año 539 antes
de Cristo, cuando Ciro el Grande, rey de los persas, tomó la ciudad de
Babilonia, en el actual Irak, y dejó en libertad a los judíos, cautivos allí
desde el año 586 a. de C., tal como
aparece registrado en el cilindro original, encontrado en 1919 y que se exhibe
en el Museo Británico. Los pocos judíos
que retornaron a reconstruir Jerusalén establecieron una teocracia y dieron
origen al Monoteísmo, la creencia en un solo Dios, probablemente entre los
siglos VI y V a. de C., en los tiempos en que las ciudades griegas intentaban
la democracia y Roma inventaba el Derecho para la República.
En los últimos años de aquel siglo VI se difunde en
Persia un movimiento religioso fundado por un tal Zoroastro o Zaratustra, centrado
en el Dios Ahura Mazda y que como novedad sostenía la creencia en un alma
inmortal que será juzgada después de la muerte por su comportamiento terreno
para recibir un castigo o premio eternos.
También creían en dioses o ángeles buenos y malos (demonios). Tales doctrinas influirán la secta judía de
los fariseos y la comunidad autora de los Rollos del mar Muerto (descubiertos a
mediados del siglo XX) que constituyen los antecedentes inmediatos del
Cristianismo. Debe recordarse que en la
tradición judía no existían esas creencias, pues los seguidores de Moisés solo
aspiraban a un pedazo de tierra por el que todavía pelean y no se imaginaban el
alma como la describió Platón.
La dinastía Aquemenida, de Ciro, Darío, Jerjes y
otros, dominó el próximo oriente hasta el año 330 cuando el macedonio Alejandro
Magno la derrotó. Después de los
macedonios y los griegos vinieron los romanos.
A Persia llegaron los partos, fieles adoradores de Ahura Mazda, a
molestar a las legiones romanas hasta el
año 224 de nuestra era, cuando los sasánidas se hicieron con el trono y
siguieron dándoles garrote a los romanos.
Junto al Zoroastrismo apareció en el siglo III el Maniqueísmo, una
síntesis de aquel con el Cristianismo y algunas creencias orientales; su
fundador fue un monje llamado Mani o Manes.
Explicaba el mundo y el comportamiento humano a través de dos
principios, uno bueno y otro malo.
Agustín, nuestro santo, fue estudioso de esa doctrina. De allí que el maniqueísmo determinó ese
miedo al sexo que los cristianos
heredamos, como también nuestro odio por el cuerpo, lo que condicionó en buena
medida nuestras aberraciones sexuales y el maltrato que aun soportan las
mujeres.
Del siglo III pasamos al VII para encontrarnos con
Mahoma. Algunos historiadores aseguran
que la difusión tan rápida de Islam se debió en buena medida a la resistencia
que generaba entre el pueblo los dogmas o mitos de la Trinidad y la divinidad
de Jesús. Cuando los musulmanes llegaron
diciendo que Alá es solo uno y que Mahoma es su profeta, todo el oriente aceptó
su mensaje, incluido Persia, lo mismo
que el norte de África, la tierra de San Agustín. Gracias a la fortaleza de Bizancio, el
Imperio Romano de Oriente, que pudo contener con sus ejércitos el avance hacia
Europa del Islam, seguimos siendo cristianos, en tanto que Persia conservó su devoción
por Alá. En conclusión, nuestra cultura
está en deuda con los iraníes tanto como con los judíos, los griegos y los
romanos, aunque la versión de la historia que conocemos en el colegio ignora
estos aspectos.
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