sábado, 21 de noviembre de 2015

Lo que le debemos a Irán




Muchos antecedentes  históricos y culturales nos unen con Persia (Irán).  La primera referencia data del año 539 antes de Cristo, cuando Ciro el Grande, rey de los persas, tomó la ciudad de Babilonia, en el actual Irak, y dejó en libertad a los judíos, cautivos allí desde el año 586 a. de  C., tal como aparece registrado en el cilindro original, encontrado en 1919 y que se exhibe en el Museo Británico.  Los pocos judíos que retornaron a reconstruir Jerusalén establecieron una teocracia y dieron origen al Monoteísmo, la creencia en un solo Dios, probablemente entre los siglos VI y V a. de C., en los tiempos en que las ciudades griegas intentaban la democracia y Roma inventaba el Derecho para la República.

En los últimos años de aquel siglo VI se difunde en Persia un movimiento religioso fundado por un tal Zoroastro o Zaratustra, centrado en el Dios Ahura Mazda y que como novedad sostenía la creencia en un alma inmortal que será juzgada después de la muerte por su comportamiento terreno para recibir un castigo o premio eternos.  También creían en dioses o ángeles buenos  y malos (demonios).  Tales doctrinas influirán la secta judía de los fariseos y la comunidad autora de los Rollos del mar Muerto (descubiertos a mediados del siglo XX) que constituyen los antecedentes inmediatos del Cristianismo.  Debe recordarse que en la tradición judía no existían esas creencias, pues los seguidores de Moisés solo aspiraban a un pedazo de tierra por el que todavía pelean y no se imaginaban el alma como la describió Platón.

La dinastía Aquemenida, de Ciro, Darío, Jerjes y otros, dominó el próximo oriente hasta el año 330 cuando el macedonio Alejandro Magno la derrotó.  Después de los macedonios y los griegos vinieron los romanos.  A Persia llegaron los partos, fieles adoradores de Ahura Mazda, a molestar a las legiones romanas hasta el  año 224 de nuestra era, cuando los sasánidas se hicieron con el trono y siguieron dándoles garrote a los romanos.  Junto al Zoroastrismo apareció en el siglo III el Maniqueísmo, una síntesis de aquel con el Cristianismo y algunas creencias orientales; su fundador fue un monje llamado Mani o Manes.   Explicaba el mundo y el comportamiento humano a través de dos principios, uno bueno y otro malo.  Agustín, nuestro santo, fue estudioso de esa doctrina.  De allí que el maniqueísmo determinó ese miedo  al sexo que los cristianos heredamos, como también nuestro odio por el cuerpo, lo que condicionó en buena medida nuestras aberraciones sexuales y el maltrato que aun soportan las mujeres.


Del siglo III pasamos al VII para encontrarnos con Mahoma.  Algunos historiadores aseguran que la difusión tan rápida de Islam se debió en buena medida a la resistencia que generaba entre el pueblo los dogmas o mitos de la Trinidad y la divinidad de Jesús.  Cuando los musulmanes llegaron diciendo que Alá es solo uno y que Mahoma es su profeta, todo el oriente aceptó su mensaje, incluido Persia, lo  mismo que el norte de África, la tierra de San Agustín.  Gracias a la fortaleza de Bizancio, el Imperio Romano de Oriente, que pudo contener con sus ejércitos el avance hacia Europa del Islam, seguimos siendo cristianos, en tanto que Persia conservó su devoción por Alá.  En conclusión, nuestra cultura está en deuda con los iraníes tanto como con los judíos, los griegos y los romanos, aunque la versión de la historia que conocemos en el colegio ignora estos aspectos.

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