Muchos
años antes de que empezara esta espantosa guerra entre las extremas derecha e
izquierda, el número de colombianos desaparecidos cada año era enorme, pero
nadie se preocupaba por ellos, supongo que a nadie le interesaba utilizarlos
para hacer proselitismo o manipular los datos con el objeto de desprestigiar al
enemigo o adversario político. Al
contrario, hoy la izquierda y los maestros, por un lado, y el gobierno, el
ejército y la derecha, por otro, manejan a su antojo las estadísticas para
aumentarlas o camuflarlas según sus intereses.
En
el pasado, la gente se perdía para eludir a sus acreedores, para abandonar un
hogar conflictivo o para esconderse por muchas otras razones. Con seguridad, muchos jóvenes optaban por
ingresar a la guerrilla y, más tarde, también a los grupos paramilitares o a
las organizaciones de narcotraficantes, pero en estos últimos casos salían en
silencio y ni siquiera a sus familiares les contaban sobre sus planes, por
motivos obvios.
Cuando
las guerrillas de las FARC decidieron fundar su brazo político con el nombre de
Unión Patriótica y los miembros de ese partido fueron asesinados o
desaparecidos por la extrema derecha, las cosas cambiaron y la manipulación de
los datos empezó a usarse como arma política. Primero se contaron unas mil
quinientos víctimas de la UP; luego, ese número se aumentó progresivamente y
hace pocos meses la revista Semana, sin duda uno de los mejores voceros de la
izquierda, habló de seis mil víctimas del genocidio de la UP.
“Desaparecidos”,
“asesinatos” y “víctimas” son
denominaciones distintas; pero cuando se trata de desfigurar la verdad se
recurre a todo tipo de ambigüedades y eufemismos. Quizás nunca sabremos la verdad sobre ese
genocidio, por más interés que se tenga en las negociaciones de La Habana por
aclararlo. Entre las víctimas de la UP
se incluyen a sus familiares, pero quien intenta engañar al público no lo
precisa; tampoco se define hasta qué grado de consanguinidad se extiende la
condición de las víctimas de un asesinato.
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