martes, 24 de noviembre de 2015

La diáspora judía y el Islam




Algunos pocos judíos regresaron a Jerusalén, territorio que no les pertenecía, después del cautiverio babilónico, organizaron una teocracia o gobierno de los sacerdotes bajo  la tutela imperial persa y allí inventaron el monoteísmo entre los siglos IV y III antes de Cristo.  Por ese entonces, hacia el año 330, Alejandro Magno derrotó a los persas e hizo de Jerusalén y sus alrededores un dominio griego que sería gobernado desde Alejandría, en Egipto, por los faraones griegos conocidos como los ptolomeos.  Al comenzar el siglo II, otros griegos, los seléucidas, tomaron el trono en Palestina; pero su mandato fue  tan precario que los judíos asmodeos se rebelaron hasta cuando en el año 63 a. de C. llegaron los romanos a poner orden.    Cuarenta años después de la muerte de Jesús, en el año 70, los romanos destruyen el templo de Jerusalén y generan una transformación radical del judaísmo pues  desaparecieron los sacerdotes, no hubo más sacrificios de animales y aparecieron los rabinos para comentar los textos sagrados.  Otra revuelta judía, ocurrida cerca al año 130, agota la paciencia del emperador Adriano quien destruye a Jerusalén y condena a los descendientes de Abraham a desplazarse por todo el mundo. Fue la diáspora.

Cuando el Imperio Romano cae en el año 476, el cristianismo se ha extendido por todo el próximo oriente dividido en sectas que discuten si en Jesús hay una o dos naturalezas o si es Dios o no.   En medio de ese debate, en el siglo VII, aparece Mahoma en Arabia con su nueva religión que en pocos años dominará Palestina, el norte de África, el sur de España, Siria, Irán e Irak, entre otros territorios.  Por su parte, los judíos sobrevivían organizados en pequeñas comunidades o guetos, distribuidos por todo el mundo, conservando sus tradiciones, pagando impuestos y soportando todo tipo de abusos y persecuciones.  La clave de su fortaleza la encontraron en los libros sagrados que no solo mantuvieron su fe en Yahvé sino que también fueron la base de la alfabetización de sus niños.  Por eso los seguidores de Moisés siempre se destacaron entre todos los pueblos que les servían de refugio por su cultura y la capacidad de llevar cuentas. Fueron funcionarios estatales, asesores de reyes y sultanes, exitosos comerciantes, banqueros y artesanos prósperos.  Todos los envidiaban y los odiaban.

Aunque el Islam trató de conquistar Europa, no lo logró.  De España no pudo pasar a Francia en el siglo VIII porque los ejércitos carolingios se lo impidieron;  en Asia Menor  los cristianos ortodoxos y su Imperio Bizantino conformaron una barrera que impidió a los hijos de Alá conquistar a los infieles católicos a pesar de sus numerosos intentos.  Por otro lado, Jerusalén seguía siendo tierra santa de judíos, cristianos y musulmanes.  Aunque los judíos no tenían la organización ni el poder suficiente para volver a la tierra prometida por Yahvé, según su mitología, el papado intentó recuperar los santos lugares con la ayuda de los reyes cristianos de Europa a través de lo que se llamó las cruzadas.   En general, tales cruzadas fueron un fracaso, y los musulmanes siguieron dominando toda la Palestina.


En el siglo XV las relaciones entre los tres monoteísmos cambiaron de manera sustancial.  El muy culto sultán otomano Mehmet II tomó en 1453 la ciudad de Constantinopla, capital de Bizancio o imperio cristiano de oriente para la mayor gloria de Alá.  Turquía, Grecia y los Balcanes se convirtieron en tierras musulmanas.  Europa toda temblaba de miedo.  Pocos años después, en 1492, mientras Colón descubría nuestra América, los judíos eran expulsados de España y los barcos del sultán turco Bayezid II pasaron a recogerlos…  (Continuará)   

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