jueves, 26 de noviembre de 2015

Guerra santa




Cuando Mahoma nació hacia el año 570 de nuestra era, el cristianismo ya se había establecido en toda Europa, en el norte de África y en el próximo oriente; los judíos trataban de sobrevivir en pequeñas comunidades repartidas por todo el mundo y la noche oscura de la Edad Media se apoderaba del Occidente conocido.

En cuestión de pocos años, a partir del 632, año de la muerte de Mahoma, el Islam se difundió por el territorio que hasta entonces conformaba el imperio persa de los sasánidas, fue bien recibido en el norte de África y el sur de España;  llegó hasta la India.  Aunque intentó penetrar a la tierra de los francos fue rechazado por los primeros reyes carolingios; en el territorio que hoy conocemos como Turquía no pudo derrotar la férrea resistencia de los cristianos ortodoxos de Constantinopla hasta el año 1453.

El Islam fue para  las tribus árabes lo que el Judaísmo para las tribus semitas de Israel: se trataba  de pueblos atrasados cultural y económicamente que necesitaban un aliciente para luchar y sentir el orgullo de su raza.  Eso se los dio su religión.  La convicción de que Yahvé les había garantizado una tierra en Palestina inspiró la lucha fabulosa de los hebreos por la subsistencia a pesar de las persecuciones, masacres y desplazamientos que sufrieron.  Gracias a Mahoma, los árabes entendieron que no podían ser inferiores a los judíos y cristianos que circulaban por sus territorios.  Y si extendemos un poco el sentido de la metáfora, veremos que el cristianismo dio la misma esperanza a los pobres y oprimidos del Imperio Romano.  Las religiones, incluidas las profanas como el marxismo, prometen un cambio de estrato aquí o después de la muerte.

A diferencia de los judíos, que tenían una visión racista como el pueblo elegido por Dios, cristianos y musulmanes creyeron tener una misión universal de extender sus cultos, en lo que como es obvio influían motivos más o menos inconscientes de tipo económico y político.  Así, aunque en principio los musulmanes fueron más tolerantes que los cristianos, los impuestos que establecieron para los no musulmanes determinaron  la buena aceptación de su doctrina.  Cualquier dios es bien recibido a cambio de no pagar impuestos.  No todo fue limpio en la campaña de estos dos monoteísmos por lograr prosélitos. Recordemos que en el imperio romano cristianizado se prohibió el acceso a los cargos públicos y al ejército a quienes no fueran bautizados.  

Con esos antecedentes es difícil entender la actitud de los radicales musulmanes que atacaron las Torres Gemelas en el 2001 o que ahora crean una crisis internacional.  Todavía se refieren a nosotros como “los cruzados” o “los francos”, como si ignoraran que la mayoría de las cruzadas organizadas por el papado fueron fracasos y no todas se dirigieron contra ellos.  La primera fue la única que golpeó de manera importante al Islam cuando logró arrebatarle Jerusalén que Saladino recuperó un siglo después (1187).  La cruzada que atacó Constantinopla en 1210 debilitó al Bizancio y dio la oportunidad para la invasión de los turcos otomanos en 1453 (debieran estar agradecidos con los católicos).

La posición terrorista se ve más absurda cuando la comparamos con la conducta judía, pues Israel no tiene grupos revanchistas vengando el maltrato que recibieron en todo el  mundo, como tampoco los poseen los cristianos para asesinar cada vez que algún despistado insulta a Jesús o elabora una mala película contra él.  Judíos y cristianos entendieron la democracia, que es una elaboración del demonio para los musulmanes.    El auge del ateísmo debe en buena medida su tremendo desarrollo de los últimos años al fanatismo de los monoteísmos, desde el profesado por los terroristas musulmanes hasta el profesado por el Procurador colombiano,

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