Aprovechando el
desempleo actual y con el propósito de resolver la crisis ocasionada por la escasez de vocaciones
sacerdotales, la Conferencia Episcopal Española inició hace unos años una campaña publicitaria con este
lema: “Yo no te prometo un gran sueldo; te prometo un trabajo fijo”. Tal acontecimiento es un hito en la historia
de la Cristiandad que nos permite tener una visión de conjunto y vislumbrar los
desafíos a que se enfrentará la jerarquía eclesiástica en los próximos años.
Los sacerdote judíos habían logrado el dominio del
pueblo que regresó a Jerusalén para reconstruirla después del exilio
babilónico, en los siglos VI y V antes de Cristo, sirviendo a los intereses del
imperio –persa, macedonio y romano, sucesivamente—y, gracias a eso, pudieron
imponer su religión de un solo Dios soportada en las tradiciones y mitos
elaborados durante varios siglos. Con la
excepción de la intrascendente rebelión macabea contra los seléucidas en la
primera mitad del siglo II a. de C., los judíos vivieron resignados hasta el
año 66 de nuestra era cuando decidieron enfrentar las legiones romanas en un
guerra que terminó con la destrucción del Templo de Jerusalén, él único
autorizado en las escrituras sacras para ofrecer animales a Yahvé. Esos sacrificios eran un rezago de las costumbres tribales, compartidas por las
religiones paganas y que para ese entonces habían merecido numerosas críticas
de los hombres más liberales y cultos. El historiador Tácito nos cuenta que en esa
guerra murieron o fueron esclavizados más de un millón de judíos. Así desaparecieron las familias sacerdotales
y surgió el judaísmo moderno sin Templo, sin sacrificios de animales y sin clero. En remplazo del sacerdote apareció el rabino,
un ciudadano culto, experto en los libros sagrados, encargado de explicar la
palabra de Yahvé en la sinagoga, la nueva versión del templo. La oración y el culto a la Palabra
sustituyeron el ritual de la quema de animales.
La teocracia sacerdotal cedió su puesto a la catedrocracia farisea, el
gobierno de los ilustres.
Cuando desaparecieron los sacerdotes judíos surgió el
Cristianismo, que en los dos siglos siguientes creó la jerarquía eclesiástica,
como la judía, al servicio del poder y conformada por las familias más ricas y
nobles del imperio romano, especialmente después de Constantino el Grande. Pero en el siglo XVI llegó la Reforma
protestante que para efectos prácticos significó la “destrucción del Templo” de
la Iglesia Católica, es decir, postuló como uno de sus principios la abolición
de la casta sacerdotal porque se consideraba que no era necesaria la
intermediación en el misterio de la fe.
En otras palabras, se reivindicaba el valor de la Palabra, la Biblia --como
habían hecho los judíos-- como el único puente entre el hombre y Dios. Si la gracia o la fe, concedida por Dios a
cada hombre, era la condición necesaria de la salvación eterna, el clero se
quedó sin oficio, entre otras razones porque no se encontraba ningún soporte en
las escrituras para su existencia. El
pastor, un miembro ilustre de la comunidad, sustituyó al sacerdote.
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