sábado, 7 de noviembre de 2015

El futuro de la Iglesia



Aprovechando el desempleo actual y con el propósito de resolver la crisis  ocasionada por la escasez de vocaciones sacerdotales, la Conferencia Episcopal Española inició hace unos años una campaña publicitaria con este lema: “Yo no te prometo un gran sueldo; te prometo un trabajo fijo”.  Tal acontecimiento es un hito en la historia de la Cristiandad que nos permite tener una visión de conjunto y vislumbrar los desafíos a que se enfrentará la jerarquía eclesiástica en los próximos años.

Los sacerdote judíos habían logrado el dominio del pueblo que regresó a Jerusalén para reconstruirla después del exilio babilónico, en los siglos VI y V antes de Cristo, sirviendo a los intereses del imperio –persa, macedonio y romano, sucesivamente—y, gracias a eso, pudieron imponer su religión de un solo Dios soportada en las tradiciones y mitos elaborados durante varios siglos.  Con la excepción de la intrascendente rebelión macabea contra los seléucidas en la primera mitad del siglo II a. de C., los judíos vivieron resignados hasta el año 66 de nuestra era cuando decidieron enfrentar las legiones romanas en un guerra que terminó con la destrucción del Templo de Jerusalén, él único autorizado en las escrituras sacras para ofrecer animales a Yahvé.  Esos sacrificios eran un rezago de las  costumbres tribales, compartidas por las religiones paganas y que para ese entonces habían merecido numerosas críticas de los hombres más liberales y cultos.  El historiador Tácito nos cuenta que en esa guerra murieron o fueron esclavizados más de un millón de judíos.  Así desaparecieron las familias sacerdotales y surgió el judaísmo moderno sin Templo, sin sacrificios de animales y sin clero.  En remplazo del sacerdote apareció el rabino, un ciudadano culto, experto en los libros sagrados, encargado de explicar la palabra de Yahvé en la sinagoga, la nueva versión del templo.  La oración y el culto a la Palabra sustituyeron el ritual de la quema de animales.  La teocracia sacerdotal cedió su puesto a la catedrocracia farisea, el gobierno de los ilustres.

Cuando desaparecieron los sacerdotes judíos surgió el Cristianismo, que en los dos siglos siguientes creó la jerarquía eclesiástica, como la judía, al servicio del poder y conformada por las familias más ricas y nobles del imperio romano, especialmente después de Constantino el Grande.  Pero en el siglo XVI llegó la Reforma protestante que para efectos prácticos significó la “destrucción del Templo” de la Iglesia Católica, es decir, postuló como uno de sus principios la abolición de la casta sacerdotal porque se consideraba que no era necesaria la intermediación en el misterio de la fe.  En otras palabras, se reivindicaba el valor de la Palabra, la Biblia --como habían hecho los judíos-- como el único puente entre el hombre y Dios.  Si la gracia o la fe, concedida por Dios a cada hombre, era la condición necesaria de la salvación eterna, el clero se quedó sin oficio, entre otras razones porque no se encontraba ningún soporte en las escrituras para su existencia.  El pastor, un miembro ilustre de la comunidad, sustituyó al sacerdote.

¿Cuál es el futuro del clero católico?  Todos los indicios apuntan a que las jerarquías eclesiásticas, como las conocemos hoy, van a desaparecer  por  sustracción de materia.  Estamos asistiendo a nueva “destrucción del templo” o a una nueva “reforma” que con toda seguridad no se va a obviar con la oferta de un empleo seguro de salario mínimo para atraer a los muchachos.  Ellos ya no creen en mitos y tienen toda la información que necesitan en una pequeña pantalla.  Quizás el teólogo Hans Küng tenía razón cuando aseguraba que la Iglesia se equivocó al condenar a Lutero y sus doctrinas.  Cuando los sacerdotes se asimilen a los rabinos judíos o a los pastores evangélicos, superarán sus conflictos con el sexo y el dinero.  Para entonces, serán pocos los fieles porque la mayoría ya no creerá en Dios.

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