Los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia
Católica fueron escritos muchos años después de la muerte de Jesús, ocurrida en
el año 30 de nuestra era según los cálculos aproximados de los expertos. El evangelio de Marcos fue escrito después
del año 70, los de Mateo y Lucas hacia el 85 y 90, en tanto que el de Juan
apareció alrededor del año 100. Aunque
Pablo de Tarso había escrito sus cartas entre los años 50 y 60, nada reportó
sobre la biografía o dichos de Jesús y se limitó a ratificar su interpretación
de la muerte y resurrección del mismo como las creencias centrales de la nueva
religión. El libro de Los Hechos de los
Apóstoles, redactado cerca al año 85, tampoco refiere comentario importante
sobre Jesús, termina antes de contarnos sobre el fin de Pedro y Pablo y en
ningún momento narra el acontecimiento más importante de la historia de los
judíos, como fue la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70.
Los primeros seguidores de Jesús en la segunda mitad
del siglo I no conocían la biografía del Nazareno o no tenían interés en
contarla; más bien decidieron buscar en los libros del Antiguo Testamento o la
Torá judía referencias al Mesías y las aplicaron a Jesús. Como según la tradición el Mesías debía
pertenecer a la tribu de David, y este había vivido en Belén, los evangelios de
Mateo y Lucas, los únicos que narran la infancia del Salvador, se inventaron el
cuento de un censo para llevar a María en embarazo a ese pueblo. Hoy sabemos que tal censo no existió en Judea
por esos días, que no hubo pastores, pesebre, estrella ni reyes magos y, mucho
menos, la masacre de niños recién nacidos decretada por el rey Herodes el
Grande. Como en los textos sagrados se
habla de Jesús de Nazaret y no de Belén, algunos investigadores piensan que
Jesús nació allí, aunque existen dudas al respecto, pues en el siglo I Nazaret
era lo que hoy llamaríamos una vereda o corregimiento de unos 200 a 300 habitantes y, además, pudo existir una
confusión con la expresión nazireo, apelativo aplicado a los judíos que
practicaban una especie de ascetismo de ayuno, retiro y dedicación a Yahvé.
En cuanto al nacimiento virginal, muchos textos
coinciden en que se debió a un error de traducción, pues la palabra “partenos”
en griego significa “virgen” en tanto que en el hebreo original la palabra se
refería a joven: una joven tendrá un hijo que se llamará Emmanuel. Aunque la frase no se refería al Mesías, el
autor del evangelio la sacó de su contexto y la utilizó como profecía de que el
Salvador nacería de la unión de una virgen con Dios, tal como se acostumbraba en
muchas mitologías paganas de la época.
Así nació el mito de la Anunciación por el ángel y la sorpresa de José
al ver a su esposa embarazada antes del aquello. En fin, si Jesús fue concebido por obra y
gracia del Espíritu Santo, no era hijo de José y, por tanto, tampoco descendía
de la estirpe de David.
Según las profundas y muy serias investigaciones del
sacerdote John Dominic Crossan, una de las autoridades mundiales en los
estudios sobre Jesús histórico, Jesús era un campesino judío analfabeta,
dedicado a predicar el Reino de Dios en una nueva interpretación de las
tradiciones judías, como respuesta solidaria y contestataria de los indigentes
a la situación de injusticia a que estaban sometidos por los romanos. Fue crucificado por delitos políticos y su
cuerpo llevado a una fosa común o fue devorado por animales, tal como sucedía a
muchos ajusticiados en ese entonces. El
mito de la resurrección no aparece en las fuentes anteriores a los evangelios
canónicos, como el Evangelio de Tomás o en el documento virtual conocido como
la Fuente Q, una recopilación de los dichos de Jesús incluidos en los
evangelios de Lucas y Mateo pero que no aparecen en Marcos. En el primero de
los evangelios, el de Marcos, tampoco se hablaba de resurrección. Muchos años
después el capítulo final que incluye la resurrección fue añadido.
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