martes, 3 de noviembre de 2015

De la confesión a la sicoterapia


A pesar de la crítica aparecida contra el psicoanálisis en los últimos años en todo el mundo, no podemos negar que el siglo XX fue freudiano y que probablemente el XXI será lacaniano (por Jacques Lacan).    Las teorías del inconsciente y del Edipo marcaron el arte, la lingüística, la etnología y la filosofía, entre otras disciplinas.   Y si alguien lo duda, esta nota se refiere a su influencia en la religión.  El tema cobra actualidad cuando nuestra ciudad de Pereira fue sede hace unas semanas de una reunión del clero católico que, desafiado por el bueno de Francisco, busca nuevas formas de  transmitir su mensaje.  

En 1946  apareció en Estados Unidos un libro titulado Peace of mind  (traducido como Paz del espíritu), escrito por un rabino judío de Boston llamado Joshua Loth Liebman (1907- 1948).  Durante 58 semanas figuró en la lista de los libros más vendidos del New york Times. En resumen, fue una crítica al cristianismo predomínate en Norteamérica por la forma equivocada como había enfrentado el problema del mal o de los pecados; pero que en ese tiempo de los aportes de Freud, la sicología y de la psiquiatría  debía mejorar su estrategia.

En la confesión se reprime o se culpabiliza al creyente, se le reprocha su maldad genética y su falta de carácter o de fuerza de voluntad.  La sicoterapia, por el contrario, genera autocomprensión o conocimiento de uno mismo, invita a la superación personal y a la autoestima para corregir nuestras debilidades o para lograr la paz del espíritu.  El rabino cambió la regla de oro del evangelio por esta otra: “Ámate a ti mismo apropiadamente y así podrás amar al prójimo”.   Si los sacerdotes y pastores conocen las posibilidades de la sicoterapia y la psiquiatría, su mensaje religioso sería el complemento perfecto, según Joshua Loth.

Entre los determinantes de la tradicional posición de la Iglesia en este campo, el joven rabino señalaba la obsesión con el mal de personalidades como Pablo, Agustín, Calvino y Lutero.  Su crítica apuntaba a uno de los dogmas básicos del cristianismo, el pecado original o el carácter esencialmente malo del hombre y la materia.  Con ello se estaba adelantando a uno de los desafíos más grandes de la Iglesia y en cuyo camino el Papa ya dio los primeros pasos: una revisión de los dogmas y de la Reforma protestante para que el tren de la historia no vuelva a dejarnos.



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