A pesar de la crítica aparecida contra el
psicoanálisis en los últimos años en todo el mundo, no podemos negar que el
siglo XX fue freudiano y que probablemente el XXI será lacaniano (por Jacques Lacan). Las teorías del inconsciente y del Edipo
marcaron el arte, la lingüística, la etnología y la filosofía, entre otras
disciplinas. Y si alguien lo duda, esta
nota se refiere a su influencia en la religión.
El tema cobra actualidad cuando nuestra ciudad de Pereira fue sede hace
unas semanas de una reunión del clero católico que, desafiado por el bueno de
Francisco, busca nuevas formas de
transmitir su mensaje.
En 1946
apareció en Estados Unidos un libro titulado Peace of mind (traducido como
Paz del espíritu), escrito por un rabino judío de Boston llamado Joshua Loth
Liebman (1907- 1948). Durante 58 semanas
figuró en la lista de los libros más vendidos del New york Times. En resumen, fue una crítica al cristianismo
predomínate en Norteamérica por la forma equivocada como había enfrentado el
problema del mal o de los pecados; pero que en ese tiempo de los aportes de
Freud, la sicología y de la psiquiatría debía mejorar su estrategia.
En la confesión se reprime o se culpabiliza al
creyente, se le reprocha su maldad genética y su falta de carácter o de fuerza
de voluntad. La sicoterapia, por el
contrario, genera autocomprensión o conocimiento de uno mismo, invita a la
superación personal y a la autoestima para corregir nuestras debilidades o para
lograr la paz del espíritu. El rabino
cambió la regla de oro del evangelio por esta otra: “Ámate a ti mismo
apropiadamente y así podrás amar al prójimo”.
Si los sacerdotes y pastores conocen las posibilidades de la sicoterapia
y la psiquiatría, su mensaje religioso sería el complemento perfecto, según
Joshua Loth.
Entre los determinantes de la tradicional posición de
la Iglesia en este campo, el joven rabino señalaba la obsesión con el mal de
personalidades como Pablo, Agustín, Calvino y Lutero. Su crítica apuntaba a uno de los dogmas
básicos del cristianismo, el pecado original o el carácter esencialmente malo
del hombre y la materia. Con ello se
estaba adelantando a uno de los desafíos más grandes de la Iglesia y en cuyo
camino el Papa ya dio los primeros pasos: una revisión de los dogmas y de la
Reforma protestante para que el tren de la historia no vuelva a dejarnos.
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