En lo que va de este ensayo se ha mostrado que Jesús no nació en Belén,
no hubo censo, pastores, reyes magos, virginidad de María, nacimiento en una
gruta ni matanza de niños por el rey Herodes; como tampoco ángeles
anunciadores ni un muchacho de doce años enseñando a los sacerdotes judíos en
el Templo de Jerusalén. Más adelante se
mostrarán otros argumentos a favor de estas afirmaciones y que son bien
conocidos por los sacerdotes y predicadores cristianos pero que maliciosamente
le ocultan a la comunidad de fieles. Una
buena síntesis de la incoherencia y las contradicciones de los textos del
llamado Nuevo Testamento la encontramos en el libro “Jesús no dijo eso” del
profesor Bart D. Ehrman: “El evangelio de Juan es bastante diferente de los
otros tres (en él, por ejemplo, Jesús nunca cuenta parábolas ni expulsa
demonios y, por el contrario, pronuncia largos discursos sobre su identidad y
ofrece “señales” para demostrar que lo
que se dice sobre sí mismo es cierto). El mensaje de Pablo es a la vez similar y diferente del que
encontramos en los evangelios (sus epístolas no dicen nada acerca de los
dichos o las obras de Jesús, sino que se centran en las cuestiones que el
apóstol considera críticas, a saber, que Cristo murió en la cruz y fue
resucitado de entre los muertos). El
mensaje de Santiago es diferente del mensaje de Pablo; el mensaje de Pablo es
diferente del mensaje de los Hechos; el mensaje del Apocalipsis de Juan es
diferente del evangelio de Juan, y a así sucesivamente…”
Por todo lo anterior, no es sensato el intento reiterado por teólogos y
predicadores de presentar esos textos como históricos cuando ellos mismos
aseguran en sus libros especializados que no lo son; tampoco es serio presentar
como prueba de la autenticidad de los evangelios las profecías del Antiguo
Testamento, cuando esos mismo autores saben que el fenómeno fue invertido, es
decir, que los evangelios se inventaron a partir de los escritos
veterotestamentarios o son acomodaciones de supuestas profecías. “No es legítimo, por ejemplo, tomar lo que
Marcos dice, lo que Lucas dice, lo que Mateo dice y lo que Juan dice y
mezclarlo con todo, de manera que al final Jesús dice y hace todo lo que cada
uno de los autores de los evangelios indica. (…) De hecho quien hace esto no lee los evangelios,
sino que crea un evangelio nuevo (…) que no se parece a ninguno de los que han
llegado hasta nuestros días”. Sobra
señalar que las iglesias cristianas siempre han utilizado estos métodos groseros para distorsionar el mensaje; peor aún,
cuando crean concordancias o mezclas de textos del Antiguo Testamento con el
Nuevo, cuando en realidad se refieren a realidades y
a circunstancias distintas. El Yahvé
del los judíos no es el mismo Dios de los cristianos, ni la alianza pactada con
Uno es igual a la acordada con el Otro.
Como ya se ha
anotado en este trabajo, para entender en su justa dimensión los evangelios no
se debe olvidar en ningún momento que fueron escritos después de la guerra de
los judíos, ocurrida entre los años 66 y 74, y que se utilizaron por los
primeros cristianos para tomar distancia de aquéllos, hacer proselitismo y
ganar el favor del Imperio. Tal
perspectiva es obvia en el rol que le asignaron a Poncio Pilato cuando se lava
las manos y en el libreto de los habitantes de Jerusalén se pide con vehemencia
que el Nazareno sea crucificado. Cuando
el pueblo prefiere salvar a Barrabás (Bar Abba, hijo del padre) los evangelios
intentan reprochar a los judíos su decisión de haber optado por las armas en la rebelión de
los zelotes y sicarios pues de hecho no existía la tradición de liberar a un
delincuente con motivo de la Pascua.
Esa misma
confrontación con los judíos se aprecia
en la reiterada hostilidad de Jesús hacia los fariseos, tratados como
hipócritas, raza de víboras y sepulcros blanqueados, cuando en realidad
constituían una secta o un partido
triunfante después de la destrucción del Templo, de la desaparición de la casta
sacerdotal de los saduceos y de la derrota de los movimientos
revolucionarios. Además, los fariseos
disfrutaban de muchas simpatías dentro de las comunidades pobres por su
conocimiento de las escrituras sagradas, su compromiso con el pueblo y su
abierta oposición a las injusticias de Roma, sin contar las sublimes doctrinas
de algunos de su líderes como el rabino Hillel, muy próximas a las del mismo
Jesús en cuanto resaltaban el amor a Dios y al prójimo como el primero y más
importantes de los mandamientos o el deber de perdonar a los enemigos. Por otro lado, los fariseos compartían con
los primeros cristianos y la secta autora de los Rollos del Mar Muerto las
doctrinas sobre el juicio final, la vida después de la muerte, la intervención
de Dios en la historia y la existencia de los ángeles como también de los
demonios, doctrinas extrañas a las mayorías judías y al partido de los
saduceos. Para enfatizar su deprecio por
los judíos, los evangelios se inventaron un traidor llamado Judas (casi Judío),
personaje tan artificial que algunos investigadores creen que no existió, pero
que en la trama imaginaria de la redención cumple un papel crucial.
"Hace dos mil años, Jesús anduvo por la campiña de Galilea, reuniendo seguidores para un movimiento mesiánico, con el objetivo de establecer el reino de Dios, pero su misión fracasó cuando después de una entrada subversiva en Jerusalén y un ataque sin tapujos al templo, fue detenido y ejecutado por Roma, por el delito de sedición." La cita anterior es tomada del libro El Zelote, escrito por el autor iraní residente de Estados Unidos de Norteamérica, Reza Aslan. Esa nota resume lo que sabemos como histórico de Jesús. El resto de los evangelios es mitología mal elaborada.
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