Primero
fue la marcha organizada por el buenazo de Mockus para proclamar que la vida es
sagrada, denunciada por los uribistas porque el profesor recibe dinero de
Juampa a través de una corporación. La
reacción de los mamertos y enemigos del Centro Democrático convirtió esa marcha
en una manifestación sectaria. Por otro
lado, cuando se utiliza la expresión “sagrado”, adivinamos una gran carga ideológica o
religiosa que mueve resentimientos.
Luego
fue el foro por la paz, en el que casi todos los oradores venían de la
izquierda recalcitrante, los mismos que
hace apenas unos pocos años eran guerrilleros o defendían la violencia como
partera de la historia. No faltó quien
fue considerado por la revista El malpensante como uno de los pontífices de la
secta marxista en Colombia, el mismo que sostuvo hace apenas unos meses en su
columna de prensa que todas nuestras instituciones son terroristas, pero no las
Farc-Ep.
Más
tarde, apareció el gran “oso” argentino de Piedad e Iván disfrazado de
futbolista para enseñar a los “imbéciles” colombianos que la paz se hace con
agresividad y violencia gratuitas. El
amigo personal de Hugo Chávez y de los regímenes terroristas, con su mirada
baja y su aspecto taciturno, como si
ocultara algo, fue el último payaso de la izquierda y de la Presidencia para
enseñarnos su espantosa cultura de la paz.
Cuando
se habla de cultura nos referimos a fantasías, a mitos, a cuentos chinos y a
engaños. Esas elaboraciones del
imaginario son las impulsoras de la evolución del homo sapiens y de nuestra
historia, según una interesante teoría que acaba de lanzar un judío, llamado
Yuval Noah Harari, en su texto De animales a dioses, de editorial Debate. No es la materia o la violencia, como enseñan
los marxistas, tampoco el espíritu o las ideas, como postulaban los idealistas,
los factores que crearon la sociedad humana.
Nuestra especie dio sus grandes pasos cuando apareció un individuo o una
organización con un mito y logró convencer a un gran número de personas sobre
la verdad del mismo. Ese mito generó la
solidaridad necesaria entre los creyentes para realizar los grandes cambios
sociales. Toda organización social,
religiosa, política, empresarial o criminal se funda sobre una ilusión. Los amigos de Maradona o de la guerrilla y
los contratistas de Juampa no tienen autoridad para crear nuestros mitos de la
cultura de la paz con los que refundaremos la República.
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