Con
motivo de la polémica mundial sobre la importancia de la formación humanista y
de la justificación de las carreras universitarias en ciencias sociales, el
exrector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman, escribió en
su columna de El Tiempo que “en el campo universitario no hay signos de
extinción” y para probarlo cita una estadística del año 2.012: “el 64 por
ciento de los graduados en el país estudian ciencias sociales y humanas”.
La
discusión ha tomado fuerza después de que el gobierno nipón se propone
desestimular las carreras universitarias de este tipo, meses después de que
España convirtió en optativa la filosofía en el colegio y de que en Colombia no
se aprobaron becas en esas áreas del conocimiento. Mejor sería, piensan algunos, orientar a los
estudiantes hacia ciencias naturales o tecnológicas que les garanticen un mejor
campo de acción y les permitan colaborar con el desarrollo económico, en lugar
de capacitarse en ciencias humanas con poca demanda en el mercado laboral y cuya
cientificidad y utilidad están cuestionadas en algunos casos.
Para
contrastar la tesis del ilustre Wasserman, es conveniente recordar que un 60
por ciento de los egresados de nuestras universidades deben dedicarse a
actividades distintas a aquella para la cual se capacitaron. En segundo lugar, no es conveniente incluir
en el mismo costal disciplinas como el derecho o la administración de empresa y
la sicología con aquellas otras como la sociología, la antropología o la
filosofía en las que muy pocos profesionales pueden encontrar empleo o la forma
de obtener una remuneración decente.
Otro
es el problema político. Con el auge del
marxismo en América Latina, después de 1959, el gobierno colombiano decidió
cancelar algunos programas de ciencias sociales porque se consideraban focos
subversivos o de adoctrinamiento de nuevos guerrilleros. Si bien la academia ha evolucionado y vemos
que en la Nacional los estudiantes ya enfrentan a las milicias guerrilleras
encapuchadas, la influencia del materialismo dialéctico se mantiene entre
muchos maestros, los jesuitas y los columnistas de prensa, para no hablar de la
política.
Este
problema, por otro lado, tiene en nuestro país connotaciones distintas a las
que se viven en los países del primer mundo.
Como se suprimieron las cátedras de historia y geografía, nuestros
muchachos, literalmente, no saben donde están parados. El ministerio de Educación no ha podido
resolver el desafío de la formación filosófica; las clases de religión son de tipo
confesional y por ello producen efectos negativos en la formación científica. El debate apenas empieza.
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