miércoles, 4 de noviembre de 2015

Humanidades, un debate de hoy




Con motivo de la polémica mundial sobre la importancia de la formación humanista y de la justificación de las carreras universitarias en ciencias sociales, el exrector de la Universidad Nacional de Colombia, Moisés Wasserman, escribió en su columna de El Tiempo que “en el campo universitario no hay signos de extinción” y para probarlo cita una estadística del año 2.012: “el 64 por ciento de los graduados en el país estudian ciencias sociales y humanas”.

La discusión ha tomado fuerza después de que el gobierno nipón se propone desestimular las carreras universitarias de este tipo, meses después de que España convirtió en optativa la filosofía en el colegio y de que en Colombia no se aprobaron becas en esas áreas del conocimiento.  Mejor sería, piensan algunos, orientar a los estudiantes hacia ciencias naturales o tecnológicas que les garanticen un mejor campo de acción y les permitan colaborar con el desarrollo económico, en lugar de capacitarse en ciencias humanas con poca demanda en el mercado laboral y cuya cientificidad y utilidad están cuestionadas en algunos casos.

Para contrastar la tesis del ilustre Wasserman, es conveniente recordar que un 60 por ciento de los egresados de nuestras universidades deben dedicarse a actividades distintas a aquella para la cual se capacitaron.  En segundo lugar, no es conveniente incluir en el mismo costal disciplinas como el derecho o la administración de empresa y la sicología con aquellas otras como la sociología, la antropología o la filosofía en las que muy pocos profesionales pueden encontrar empleo o la forma de obtener una remuneración decente.

Otro es el problema político.  Con el auge del marxismo en América Latina, después de 1959, el gobierno colombiano decidió cancelar algunos programas de ciencias sociales porque se consideraban focos subversivos o de adoctrinamiento de nuevos guerrilleros.  Si bien la academia ha evolucionado y vemos que en la Nacional los estudiantes ya enfrentan a las milicias guerrilleras encapuchadas, la influencia del materialismo dialéctico se mantiene entre muchos maestros, los jesuitas y los columnistas de prensa, para no hablar de la política.

Este problema, por otro lado, tiene en nuestro país connotaciones distintas a las que se viven en los países del primer mundo.   Como se suprimieron las cátedras de historia y geografía, nuestros muchachos, literalmente, no saben donde están parados.  El ministerio de Educación no ha podido resolver el desafío de la formación filosófica; las clases de religión son de tipo confesional y por ello producen efectos negativos en la formación científica.  El debate apenas empieza.


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