sábado, 28 de noviembre de 2015

Los evangelios: una visión histórica



El primero de los cuatro evangelios en el tiempo, el de Marcos, escrito hacia el año 75, pocos años después de la rebelión judía (año 66- 73) y de la destrucción del Templo de Jerusalén,  empieza con el bautismo de Jesús, ocurrido entre los años 27 y 28 de nuestra era, unos dos o tres años antes de la crucifixión, conforme a la cronología establecida por los expertos en caso de que los textos se refieran a hechos históricos.  Para contar la primera y más larga parte de la vida del Nazareno, nacido hacia el año 6 antes de nuestra era, los  siguientes evangelios, Lucas y Mateo, se redactaron por allá en los años 85 y 95, respectivamente.

Podemos imaginar la tenaz labor asumida por los primeros seguidores de Jesús para reconstruir los hechos casi cien años después de su nacimiento, cuando los pocos escritos de Pablo o atribuidos a los apóstoles nada decían al respeto y cuando los historiadores paganos lo habían ignorado.  Como no se trataba de hacer historia y sí más bien de ganar seguidores a como diera lugar en ese período de crisis, de desbandada judía y de angustia frente a la conflagración del símbolo máximo de la religión de Yahvé, y como la labor misionera de Pablo de Tarso y sus discípulos había mostrado muy buenos resultados entre los gentiles o no judíos en los años 50 y 60, pronto se encontraron los mecanismos para imaginar al menos la infancia.

Pues bien, quienes escribieron los evangelios de Lucas y Mateo  se fueron a la Torá, texto que siglos después los cristianos llamarían Antiguo Testamento, a buscar cuanto inciso, versículo o anécdota pudiese ser tomado como alusión al Mesías para aplicárselo al Galileo ya que, al fin y cabo, las cartas de Pablo, el evangelio de Marcos y otros escritos lo  habían calificado como el verdadero ungido para salvar a judíos y extranjeros.  Debieron conformarse con algunas ayudas para estructurar la infancia, pues no encontraron rastro alguno para recrear la adolescencia y primeros años de la madurez de Jesús.

Como todos los reyes de Judá o Judea, anteriores al cautiverio babilónico en el año - 586, pertenecían a la estirpe de David, hijo de Jesé o Isaí, algunos profetas posteriores concluyeron que el Mesías debía pertenecer también a esa tribu y por lo tanto debía nacer en su tierra,  Belén (Isaías 11,1 y Miqueas 5, 2); pero ya Marcos y otro lo habían llamado “Jesús de Nazaret”, según la costumbre de agregar al nombre del individuo la ciudad o pueblo de origen, y como este asentamiento humano se encontraba en Galilea, tierras de la antigua Israel, habitado por otras tribus semitas, había que hacer algo para cuadrar el cuento.  Entonces, Lucas tomó asiento y escribió:

“Por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se empadronara todo el mundo.  Éste es el primer censo hecho siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos iban a inscribirse cada uno en su ciudad.  Subió también José desde la ciudad de Nazareh de Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y patria de David, para inscribirse con María, su mujer, que estaba encinta” (2: 1-5)

Sin embargo, el relato resultó inexacto porque Quirino o Cirino empezó a tener dentro de su jurisdicción a Judea en el año 6, unos doce años después del nacimiento de nuestro héroe, mientras que tanto en Judea como en Galilea el rey era Herodes  el Grande para el año en que se supone que debió nacer el Cristo, año 6 antes de nuestra era, como ya se anotó.   Vaya galimatías.  En otras palabras, cuando Jesús nació no hubo censo en ese territorio.  Además, para Roma el origen tribal de sus súbditos no debió tener importancia en un censo, como sí el lugar de residencia.

La implícita pretensión en el texto de revivir la dinastía de David conlleva algunos antagonismos con las tradiciones judías pues, como debe recordarse, desde el retorno de Babilonia los sacerdotes crearon una teocracia al servicio del imperio persa y no hubo gobernantes civiles hasta la rebelión de la familia Asmodea, en el siglo II antes de Cristo, que no intentó nunca engañar al pueblo vinculándose a la estirpe real de los primeros tiempos.  Es obvio que los sacerdotes saduceos habrían encontrado un riesgo enorme para sus intereses en ese intento de los primeros cristianos por restablecer mediante engaño la casta de David siempre y cuando el evangelio hubiese sido escrito antes de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70; pero para la época en que se redactaron ya la clase sacerdotal había desaparecido, los judíos huían despavoridos y el intento cristiano de presentar a Jesús como descendiente del rey David era inocuo y hasta ridículo. (Continurá) 

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