El primero de los cuatro evangelios en el tiempo, el de Marcos, escrito
hacia el año 75, pocos años después de la rebelión judía (año 66- 73) y de la
destrucción del Templo de Jerusalén,
empieza con el bautismo de Jesús, ocurrido entre los años 27 y 28 de
nuestra era, unos dos o tres años antes de la crucifixión, conforme a la
cronología establecida por los expertos en caso de que los textos se refieran a
hechos históricos. Para contar la
primera y más larga parte de la vida del Nazareno, nacido hacia el año 6 antes
de nuestra era, los siguientes
evangelios, Lucas y Mateo, se redactaron por allá en los años 85 y 95,
respectivamente.
Podemos imaginar la tenaz labor asumida por los primeros seguidores de
Jesús para reconstruir los hechos casi cien años después de su nacimiento,
cuando los pocos escritos de Pablo o atribuidos a los apóstoles nada decían al
respeto y cuando los historiadores paganos lo habían ignorado. Como no se trataba de hacer historia y sí más
bien de ganar seguidores a como diera lugar en ese período de crisis, de
desbandada judía y de angustia frente a la conflagración del símbolo máximo de
la religión de Yahvé, y como la labor misionera de Pablo de Tarso y sus
discípulos había mostrado muy buenos resultados entre los gentiles o no judíos
en los años 50 y 60, pronto se encontraron los mecanismos para imaginar al
menos la infancia.
Pues bien, quienes escribieron los evangelios de Lucas y Mateo se fueron a la Torá, texto que siglos después
los cristianos llamarían Antiguo Testamento, a buscar cuanto inciso, versículo
o anécdota pudiese ser tomado como alusión al Mesías para aplicárselo al Galileo
ya que, al fin y cabo, las cartas de Pablo, el evangelio de Marcos y otros
escritos lo habían calificado como el
verdadero ungido para salvar a judíos y extranjeros. Debieron conformarse con algunas ayudas para
estructurar la infancia, pues no encontraron rastro alguno para recrear la
adolescencia y primeros años de la madurez de Jesús.
Como todos los reyes de Judá o Judea, anteriores al cautiverio
babilónico en el año - 586, pertenecían a la estirpe de David, hijo de Jesé o
Isaí, algunos profetas posteriores concluyeron que el Mesías debía pertenecer
también a esa tribu y por lo tanto debía nacer en su tierra, Belén (Isaías 11,1 y Miqueas 5, 2); pero ya
Marcos y otro lo habían llamado “Jesús de Nazaret”, según la costumbre de
agregar al nombre del individuo la ciudad o pueblo de origen, y como este
asentamiento humano se encontraba en Galilea, tierras de la antigua Israel,
habitado por otras tribus semitas, había que hacer algo para cuadrar el
cuento. Entonces, Lucas tomó asiento y
escribió:
“Por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se
empadronara todo el mundo. Éste es el
primer censo hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse cada uno en su
ciudad. Subió también José desde la
ciudad de Nazareh de Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén,
por ser él de la casa y patria de David, para inscribirse con María, su mujer,
que estaba encinta” (2: 1-5)
Sin embargo, el relato resultó inexacto porque Quirino o Cirino empezó a
tener dentro de su jurisdicción a Judea en el año 6, unos doce años después del
nacimiento de nuestro héroe, mientras que tanto en Judea como en Galilea el rey
era Herodes el Grande para el año en que
se supone que debió nacer el Cristo, año 6 antes de nuestra era, como ya se
anotó. Vaya galimatías. En otras palabras, cuando Jesús nació no hubo
censo en ese territorio. Además, para
Roma el origen tribal de sus súbditos no debió tener importancia en un censo,
como sí el lugar de residencia.
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