En
la discusión de temas tan trascendentales para el país, como la discriminación
de las minorías sexuales, la legalización del aborto, la adopción de niños por
parejas homosexuales o la eutanasia, es común que los sectores más
retardatarios o fanáticos recurran a la mítica teoría del derecho natural para
respaldar su anacrónica posición.
Ignoran nuestros buenos católicos que desde la Edad Media ha perdido
vigencia ese fundamento de la moral y que prácticamente nadie, distinto a ellos
mismos, lo acepta y menos cuando se trata de una ley de la República.
Lo
opuesto a natural es cultural. Las leyes
que rigen el comportamiento animal son naturales o instintivas; en cambio, con
la aparición de la conciencia de sí o el lenguaje articulado en la especie
humana, surgió una nueva dimensión, la simbólica, que nos diferencia de los
animales y que hace inaplicable en
nuestro caso el mito del derecho natural.
“No hay nada natural en el hombre”, dirán algunos pensadores modernos
inspirados en el psicoanálisis y en las teorías semiológicas o
lingüísticas. Para ser un poco más
preciso diré que el tabú del incesto determinó en buena medida nuestros
patrones de comportamiento relacionados con la vida sexual o con la familia,
aunque líderes míticos, como Moisés, hayan atribuido a Dios la promulgación de
las tablas de la Ley. Las normas morales son mecanismos de adaptación a las
fuerzas instintivas y a las relaciones sociales que no tienen ninguna relación
con los dioses. Los grupos de presión
modifican las leyes de una comunidad, no la voluntad de los legisladores ni la
genialidad de un sacerdote o papa que supo descifrar el lenguaje de Dios o la
ley natural.
En
una teocracia musulmana, judía o cristiana, la moral sirve a los intereses del
clero; si son los nobles los dueños del balón, la ley favorecerá sus
privilegios, y el clero a su servicio dirá que Dios y el derecho natural así lo
mandan. Cuando el pueblo se rebela,
establece nuevas reglas y se crea una nueva ética. Cuando las mujeres despiertan de su marasmo y
reaccionan contra la sociedad machista o patriarcal, entonces sus derechos
empiezan a ser respetados, más allá de lo que diga el derecho natural de los
fundamentalistas. Cuando son los
morenitos, los inmigrantes o los homosexuales o las prostitutas o los
trabajadores quienes se organizan, protestan y eligen a sus representantes en
el congreso de la república, la moral es otra y la democracia progresa.
Si
nuestros congresistas conservadores conocieran La genealogía de la moral, texto
escrito por Friedrich Nietzsche, o investigaran la denuncia de Marx sobre los
vínculos que existen entre las relaciones de producción y la ideología moral de
una sociedad, no harían el ridículo hablando de derecho natural. Aunque Marx y sus amigos se equivocaron
cuando señalaron que el derecho se encuentra en el cañón de un fusil. No necesariamente, y la sociedad democrática
lo ha demostrado. El dogmatismo de la Religión Católica y sus seguidores del
Partido Conservador siguen proclamando que existe el derecho natural absoluto,
expresión de la voluntad de Dios, y que con ese cuento chino pueden mantener su
ingenua visión discriminatoria sobre la sexualidad, la familia y los derechos
de las minorías. Los congresistas
conservadores ignoran la función para la cual son elegidos, que no es otra que
discutir y definir la moral civil, aplicable a todos, a creyentes y no
creyentes, y que no tiene otro soporte que el poder coactivo del Estado y la
voluntad popular.
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