domingo, 8 de noviembre de 2015

El derecho natural y los gais





En la discusión de temas tan trascendentales para el país, como la discriminación de las minorías sexuales, la legalización del aborto, la adopción de niños por parejas homosexuales o la eutanasia, es común que los sectores más retardatarios o fanáticos recurran a la mítica teoría del derecho natural para respaldar su anacrónica posición.  Ignoran nuestros buenos católicos que desde la Edad Media ha perdido vigencia ese fundamento de la moral y que prácticamente nadie, distinto a ellos mismos, lo acepta y menos cuando se trata de una ley de la República.

Lo opuesto a natural es cultural.  Las leyes que rigen el comportamiento animal son naturales o instintivas; en cambio, con la aparición de la conciencia de sí o el lenguaje articulado en la especie humana, surgió una nueva dimensión, la simbólica, que nos diferencia de los animales y que hace  inaplicable en nuestro caso el mito del derecho natural.  “No hay nada natural en el hombre”, dirán algunos pensadores modernos inspirados en el psicoanálisis y en las teorías semiológicas o lingüísticas.  Para ser un poco más preciso diré que el tabú del incesto determinó en buena medida nuestros patrones de comportamiento relacionados con la vida sexual o con la familia, aunque líderes míticos, como Moisés, hayan atribuido a Dios la promulgación de las tablas de la Ley.  Las normas  morales son mecanismos de adaptación a las fuerzas instintivas y a las relaciones sociales que no tienen ninguna relación con los dioses.  Los grupos de presión modifican las leyes de una comunidad, no la voluntad de los legisladores ni la genialidad de un sacerdote o papa que supo descifrar el lenguaje de Dios o la ley natural.

En una teocracia musulmana, judía o cristiana, la moral sirve a los intereses del clero; si son los nobles los dueños del balón, la ley favorecerá sus privilegios, y el clero a su servicio dirá que Dios y el derecho natural así lo mandan.   Cuando el pueblo se rebela, establece nuevas reglas y se crea una nueva ética.  Cuando las mujeres despiertan de su marasmo y reaccionan contra la sociedad machista o patriarcal, entonces sus derechos empiezan a ser respetados, más allá de lo que diga el derecho natural de los fundamentalistas.   Cuando son los morenitos, los inmigrantes o los homosexuales o las prostitutas o los trabajadores quienes se organizan, protestan y eligen a sus representantes en el congreso de la república, la moral es otra y la democracia progresa.

Si nuestros congresistas conservadores conocieran La genealogía de la moral, texto escrito por Friedrich Nietzsche, o investigaran la denuncia de Marx sobre los vínculos que existen entre las relaciones de producción y la ideología moral de una sociedad, no harían el ridículo hablando de derecho natural.  Aunque Marx y sus amigos se equivocaron cuando señalaron que el derecho se encuentra en el cañón de un fusil.  No necesariamente, y la sociedad democrática lo ha demostrado. El dogmatismo de la Religión Católica y sus seguidores del Partido Conservador siguen proclamando que existe el derecho natural absoluto, expresión de la voluntad de Dios, y que con ese cuento chino pueden mantener su ingenua visión discriminatoria sobre la sexualidad, la familia y los derechos de las minorías.  Los congresistas conservadores ignoran la función para la cual son elegidos, que no es otra que discutir y definir la moral civil, aplicable a todos, a creyentes y no creyentes, y que no tiene otro soporte que el poder coactivo del Estado y la voluntad popular.




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