Gracias a las investigaciones publicadas en Colombia en los últimos
treinta años y en particular a los avances logrados por la Arqueología en
Tierra Santa, tenemos hoy un panorama coherente y racional de algunos hechos
relacionados con Jesucristo y, sobre todo, con el comienzo del monoteísmo judío
o lo que podemos llamar el nacimiento de Dios.
Existe un consenso sobre el carácter mitológico de la mayor parte de los
evangelios y de la manera cómo se gestó la leyenda de Navidad. Sabemos, por ejemplo, que hasta finales del
siglo I nada se sabía de la infancia del predicador galileo, inspirador de las cartas de San Pablo.
Los evangelios de Lucas y Mateo, escritos cerca del año 90, inventaron el cuento del nacimiento en Belén
para adaptarlo a la tradición judía, según la cual el Mesías o Salvador debía
pertenecer a la estirpe de David; de hecho no hubo censo en Judea por esa
época. Como se acostumbraba en las
mitologías de entonces sobre Mitra, Krishna, Dionisio, Horus y otros, de Jesús
se escribió que era el producto de la unión de un dios con una humana, que
nació en una gruta o pesebre y que fue visitado por pastores y reyes magos
venidos de oriente. Hasta los mismos
teólogos católicos -- como el Padre Alfonso Llano nos cuenta-- aceptan que
Jesús era un judío corriente y que su madre no era virgen. En conclusión, nada o casi nada sabemos sobre
los hechos y dichos de Jesús. Todavía se mantiene la polémica sobre su
existencia. Según algunos
investigadores, el personaje descrito en los evangelios no existió. Probablemente fue uno de los muchos
predicadores de entonces, alrededor del cual se creó toda la mitología que
concluyó en el siglo IV con el triunfo del Cristianismo, gracias al apoyo
recibido del emperador Constantino con el Edicto de Milán.
Somos cristianos por la gracia de Constantino.
Mucho más interesantes son las investigaciones sobre el comienzo del
monoteísmo dentro del judaísmo, fenómeno ocurrido probablemente entre los
siglos IV y III antes de Cristo, según la opinión de Jean Soler, citado por el
filósofo francés contemporáneo Michel Onfray.
En ese mismo sentido apuntan las investigaciones de los arqueólogos
Finkelstein y Silverman, autores del texto La Biblia Desenterrada, en el que
muestran todo el período anterior a los fantásticos reinados de David y Salomón
como producto de la imaginación de los escribas y sacerdotes de Yahvé. También Peter Watson, en su extenso tratado
Ideas, La Historia Intelectual de la Humanidad, propone que el invento de Yahvé
como Dios único es tardío, determinado por las condiciones de continua
dominación a que siempre se enfrentaron los semitas hebreos. Con el mito de la Alianza los sacerdotes
pretendían elevar la moral de su pueblo, hacerle creer que Judea era tierra
propia y dar sentido a su existencia como comunidad, al mismo tiempo que ellos,
los sacerdotes, asumían el poder bajo el yugo persa, primero, y luego,
macedonio- griego o romano. Beneficiaron
a un pueblo sumido en la pobreza y la explotación extranjera, pero los clérigos
se quedaron con la plata.
En otra palabras, antes de que Nabucodonosor
II, rey de Babilonia, destruyera el Templo
y la ciudad de Jerusalén, hacia el año 586 antes de Cristo, Yahvé era un
dios entre muchos adorado por cananeos y hebreos. La mayoría de los judíos deportados no
quisieron regresar a Jerusalén cuando en el año 539 a. de C. Ciro II El Grande,
rey de Persia, los autorizó pues ya habían logrado fundamentar sus
negocios. Apenas en el año 455 a. de C.
un comisionado del rey Artajerjes de Persia, Nehemías, logra reconstruir las
murallas de la Jerusalén, contra la voluntad de los habitantes de la región. En el año 398 a. de C. se inicia de hecho la
teocracia con el sacerdote Esdras, quien llega a predicar a unos pocos
infelices judíos la palabra “revelada” en ese pequeño territorio que ya no les
pertenecía pero que se tomaron soportados en la imaginaria alianza con Dios. En esa pequeña comunidad de gentes pobres e
ignorantes, manipuladas por la casta sacerdotal, fiel servidora del Imperio, se
formará el mito del Dios único adaptado a sus necesidades de postración, pero
que evolucionará en el contacto con otras culturas para convertirse en la base
religiosa de Occidente. Para el pueblo
“elegido” de entonces no existía el alma, la vida después de la muerte ni un
juicio por nuestros pecados; ellos sólo aspiraban a una tierra en este mundo y
a un eventual rey que les diera la libertad que no conocieron hasta el siglo XX,
cuando invadieron territorio palestino, con el visto bueno de la ONU, en una
jugada magistral de los países europeos para pagar el aporte en dinero de los
judíos a los aliados en las dos guerras mundiales.
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