miércoles, 25 de noviembre de 2015

El nacimiento de Dios



Gracias a las investigaciones publicadas en Colombia en los últimos treinta años y en particular a los avances logrados por la Arqueología en Tierra Santa, tenemos hoy un panorama coherente y racional de algunos hechos relacionados con Jesucristo y, sobre todo, con el comienzo del monoteísmo judío o lo que podemos llamar el nacimiento de Dios.  Existe un consenso sobre el carácter mitológico de la mayor parte de los evangelios y de la manera cómo se gestó la leyenda de Navidad.  Sabemos, por ejemplo, que hasta finales del siglo I nada se sabía de la infancia del predicador  galileo, inspirador de las cartas de  San Pablo.  Los evangelios de Lucas y Mateo, escritos cerca del año 90,  inventaron el cuento del nacimiento en Belén para adaptarlo a la tradición judía, según la cual el Mesías o Salvador debía pertenecer a la estirpe de David; de hecho no hubo censo en Judea por esa época.  Como se acostumbraba en las mitologías de entonces sobre Mitra, Krishna, Dionisio, Horus y otros, de Jesús se escribió que era el producto de la unión de un dios con una humana, que nació en una gruta o pesebre y que fue visitado por pastores y reyes magos venidos de oriente.  Hasta los mismos teólogos católicos -- como el Padre Alfonso Llano nos cuenta-- aceptan que Jesús era un judío corriente y que su madre no era virgen.  En conclusión, nada o casi nada sabemos sobre los hechos  y dichos de Jesús.  Todavía se mantiene la polémica sobre su existencia.  Según algunos investigadores, el personaje descrito en los evangelios no existió.  Probablemente fue uno de los muchos predicadores de entonces, alrededor del cual se creó toda la mitología que concluyó en el siglo IV con el triunfo del Cristianismo, gracias al apoyo recibido del emperador Constantino con el Edicto  de Milán.  Somos cristianos por la gracia de Constantino.

Mucho más interesantes son las investigaciones sobre el comienzo del monoteísmo dentro del judaísmo, fenómeno ocurrido probablemente entre los siglos IV y III antes de Cristo, según la opinión de Jean Soler, citado por el filósofo francés contemporáneo Michel Onfray.  En ese mismo sentido apuntan las investigaciones de los arqueólogos Finkelstein y Silverman, autores del texto La Biblia Desenterrada, en el que muestran todo el período anterior a los fantásticos reinados de David y Salomón como producto de la imaginación de los escribas y sacerdotes de Yahvé.   También Peter Watson, en su extenso tratado Ideas, La Historia Intelectual de la Humanidad, propone que el invento de Yahvé como  Dios único es tardío,  determinado por las condiciones de continua dominación a que siempre se enfrentaron los semitas hebreos.  Con el mito de la Alianza los sacerdotes pretendían elevar la moral de su pueblo, hacerle creer que Judea era tierra propia y dar sentido a su existencia como comunidad, al mismo tiempo que ellos, los sacerdotes, asumían el poder bajo el yugo persa, primero, y luego, macedonio- griego o romano.  Beneficiaron a un pueblo sumido en la pobreza y la explotación extranjera, pero los clérigos se quedaron con la plata.

En otra palabras, antes de que Nabucodonosor II, rey de Babilonia, destruyera el Templo  y la ciudad de Jerusalén, hacia el año 586 antes de Cristo, Yahvé era un dios entre muchos adorado por cananeos y hebreos.   La mayoría de los judíos deportados no quisieron regresar a Jerusalén cuando en el año 539 a. de C. Ciro II El Grande, rey de Persia, los autorizó pues ya habían logrado fundamentar sus negocios.  Apenas en el año 455 a. de C. un comisionado del rey Artajerjes de Persia, Nehemías, logra reconstruir las murallas de la Jerusalén, contra la voluntad de los habitantes de la región.  En el año 398 a. de C. se inicia de hecho la teocracia con el sacerdote Esdras, quien llega a predicar a unos pocos infelices judíos la palabra “revelada” en ese pequeño territorio que ya no les pertenecía pero que se tomaron soportados en la imaginaria alianza con Dios.    En esa pequeña comunidad de gentes pobres e ignorantes, manipuladas por la casta sacerdotal, fiel servidora del Imperio, se formará el mito del Dios único adaptado a sus necesidades de postración, pero que evolucionará en el contacto con otras culturas para convertirse en la base religiosa de Occidente.   Para el pueblo “elegido” de entonces no existía el alma, la vida después de la muerte ni un juicio por nuestros pecados; ellos sólo aspiraban a una tierra en este mundo y a un eventual rey que les diera la libertad que no conocieron hasta el siglo XX, cuando invadieron territorio palestino, con el visto bueno de la ONU, en una jugada magistral de los países europeos para pagar el aporte en dinero de los judíos a los aliados en las dos guerras mundiales. 

Hacia el siglo II a. de C. aparece en Judea una pequeña secta, los fariseos, creyentes en un alma inmortal que sería juzgada por sus acciones.  Luego surgiría otra comunidad, la autora de los Rollos del Mar Muerto, con unas doctrinas muy parecidas a las que impondrá el cristianismo: ángeles buenos y malos, la resurrección de los muertos, el juicio final, el cielo y el infierno y hasta una misa con pan y vino.  Todo estaba listo.  Sólo faltaba que Pablo y sus seguidores se inventaran la resurrección del desconocido Jesús y… la película estaría completa.  Nos prometieron el reino de Dios y llegaron los obispos y sacerdotes abusadores de niños con los pastores evangélicos acompañados de sus guardaespaldas

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