Si no nació en Belén debió haber nacido en Nazareth, como postulan algunos teólogos abrumados por
las evidencias; pero aquí surge otro entuerto: debió llamarse nazaretano, no nazareno.
Para algunos investigadores, la confusión pudo presentarse con la
expresión “nazareo” o “nazoreo” o “nazireo”.
Nazireo significa “separar” y se refiere a un voto reglamentado en el
libro Números 6,1-21, consistente en una
consagración temporal y voluntaria a Yahvé que implicaba abstenerse de licores,
vinos y de la vida lujosa, dejarse crecer el cabello, evitar el contacto con
cadáveres, entre otras obligaciones.
Tanto el ingreso al nazireato como la terminación del mismo se
acompañaban de rituales especiales presididos
por un sacerdote. Cuando Mateo
escribió en 2: 21-23 que para que se cumplieran las escrituras vino a morar en la
ciudad llamada Nazaret, pues será llamado Nazareno, tal vez se confundió o lo
hizo así para que cada detalle del texto tuviese su soporte en los profetas
aunque la correspondencia no fuese muy exacta. Y no se trataba de una ciudad
pues si estaba poblada por aquello
tiempos, se trataba de una vereda de unos
pocos campesinos, unos doscientos o cuatrocientos. Sin embargo, muchos investigadores serios
pasan por alto estas elucubraciones y aceptan que Jesús nació y vivió su
infancia en Nazaret.
Aunque en nuestra búsqueda del Jesús histórico nos quedamos sin conocer
su lugar de nacimiento, acompañemos a Mateo cuando se encontró esta perla en
Isaías 7: 14: “Yahvé mismo os dará, pues, una señal. Mirad: la virgen encinta dará a luz un hijo a
quien ella pondrá por nombre Emmanuel”.
Aunque el versículo se refiere a otro asunto, el evangelista lo saca de
contexto y se lo acomoda a Jesús: “El nacimiento de Jesucristo fue así: estando
desposada María, su madre, con José, antes de que convivieran se encontró
encinta por voluntad del Espíritu Santo” (Mateo 1:18).
Aquí tenemos, como es frecuente en los libros sagrados, un error de traducción, explicable porque el original
de muchos textos del Antiguo Testamento era el hebreo y fueron traducidos al
griego en Alejandría a mediados del siglo III antes de Cristo. Esta versión es conocida como Septuaginta porque participaron
en ese trabajo setenta maestros judíos.
Para complicar más las cosas, el idioma corriente entre los judíos del
siglo I era el arameo, entre los extranjeros predominaba el griego y los romanos
hablaban en latín. La expresión
partenogénesis, en español, se refiere a la reproducción asexual y se deriva
del griego “parthenos” que significa “virgen” (Partenón es “la casa de la
virgen”, la diosa Atenea). La palabra
original hebrea significa “mujer joven” pero en la traducción griega aparece parthenos,
y por la falta de un buen diccionario nos metimos en un enredo del que no hemos
podido salir en veinte siglos. Más allá del
error de traducción, cuando los judíos supieron que otras culturas recurrían al
mito de las relaciones sexuales entre seres humanos y dioses para explicar o
exaltar el nacimiento de un líder o rey, lo retomaron para mostrar que el fruto
de esos encuentros eran individuos gigantes y malvados, como aparece en el
Génesis y en el libro de Henoc.
Para los cristianos, por el contrario, el hijo único de Dios será el
redentor de todo el género humano. Lo
que de verdad importaba para los
evangelistas era la aceptación entusiasta que ese mito de la filiación divina
tenía entre sus oyentes, pues se encontraba en las religiones mistéricas de la
época y de mayor arraigo popular. Si
Eneas, el padre de todos los romanos, era hijo de Venus o si Julio César,
Alejandro Magno, Mitra, Horus, Krishna (léase Crista), Dionisos y muchos otros
seres especiales, reales o míticos, tenían por padre o madre a un dios, y los
gentiles aceptaban como reales esas filiaciones, Jesús, el Mesías y Salvador,
no podía ser menos. Una nueva religión
se construye para cubrir las expectativas de los eventuales clientes o fieles,
no para enseñar la verdad. Otra dificultad:
si el Nazareno o Nazireo fue concebido por el Espíritu Santo, entonces José no
es su padre y no pertenece a la dinastía davídica. Los profetas deben estar locos.
La doctrina católica fue más allá en los siglos siguientes y predicó la
virginidad de María antes del parto, en el parto y después del parto,
obsesionada como estaba la Iglesia por la integridad del himen de todas sus
seguidoras, lo que convierte a Jesús en el hombre sin padre. Y como el
pecado original –un invento de Aurelio Agustín en el siglo V de nuestra
era—se transmite a través de la fecundación del óvulo por el espermatozoide,
María, la madre de Jesús, también debió ser concebida sin mancha o sin relación
sexual, la Inmaculada Concepción, en una cadena infinita que la Iglesia pasó
por alto. En el mito de la virginidad de
María es evidente la influencia de las culturas griega y romana. De allí los buenos resultados obtenidos por
Pablo al enseñar su mitología a los gentiles y el aparente fracaso de la
comunidad cristiana de Jerusalén encabezada por Santiago, el hermano de Jesús,
y los primeros discípulos. Como buenos
judíos, estos últimos no podían aceptar el mensaje de Jesús modificado por la
filosofía pagana pero que al final fue el que se impuso.
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