lunes, 30 de noviembre de 2015

Los evagelios: una visión histórica (parte final)


En lo que va de este ensayo se ha mostrado que Jesús no nació en Belén, no hubo censo, pastores, reyes magos, virginidad de María, nacimiento en una gruta ni matanza de niños por el rey Herodes; como tampoco ángeles anunciadores ni un muchacho de doce años enseñando a los sacerdotes judíos en el Templo de Jerusalén.  Más adelante se mostrarán otros argumentos a favor de estas afirmaciones y que son bien conocidos por los sacerdotes y predicadores cristianos pero que maliciosamente le ocultan a la comunidad de fieles.  Una buena síntesis de la incoherencia y las contradicciones de los textos del llamado Nuevo Testamento la encontramos en el libro “Jesús no dijo eso” del profesor Bart D. Ehrman: “El evangelio de Juan es bastante diferente de los otros tres (en él, por ejemplo, Jesús nunca cuenta parábolas ni expulsa demonios y, por el contrario, pronuncia largos discursos sobre su identidad y ofrece “señales” para demostrar  que lo que se dice sobre sí mismo es cierto). El mensaje de Pablo es  a la vez similar y diferente del que encontramos en los evangelios (sus epístolas no dicen mucho acerca de los dichos o las obras de Jesús, sino que se centran en las cuestiones que el apóstol considera críticas, a saber, que Cristo murió en la cruz y fue resucitado entre los muertos).  El mensaje de Santiago es diferente del mensaje de Pablo; el mensaje de Pablo es diferente del mensaje de los Hechos; el mensaje del Apocalipsis de Juan es diferente del evangelio de Juan, y a así sucesivamente…”

Por todo lo anterior, no es sensato el intento reiterado por teólogos y predicadores de presentar esos textos como históricos cuando ellos mismos aseguran en sus libros especializados que no lo son; tampoco es serio presentar como prueba de la autenticidad de los evangelios las profecías del Antiguo Testamento, cuando esos mismo autores saben que el fenómeno fue invertido, es decir, que los evangelios se inventaron a partir de los escritos veterotestamentarios o son acomodaciones de las supuestas profecías.  “No es legítimo, por ejemplo, tomar lo que Marcos dice, lo que Lucas dice, lo que Mateo dice y lo que Juan dice y mezclarlo con todo, de manera que al final Jesús dice y hace todo lo que cada uno de los autores de los evangelios indica. (…)    De hecho quien hace esto no lee los evangelios, sino que crea un evangelio nuevo (…) que no se parece a ninguno de los que han llegado hasta nuestros días”.   Sobra señalar que las iglesias cristianas siempre han utilizado estos métodos groseros  para distorsionar el mensaje; peor aún, cuando crean concordancias o mezclas de textos del Antiguo Testamento con el Nuevo, cuando en realidad, como se explicará luego, se refieren a realidades y a circunstancias distintas.   El Yahvé del los judíos no es el mismo Dios de los cristianos, ni la alianza pactada con Uno es igual a la acordada con el Otro.

  
Como ya se ha anotado en este trabajo, para entender en su justa dimensión los evangelios no se debe olvidar en ningún momento que fueron escritos después de la guerra de los judíos, ocurrida entre los años 66 y 74, y que se utilizaron por los primeros cristianos para tomar distancia de aquéllos, hacer proselitismo y ganar el favor del Imperio.  Tal perspectiva es obvia en el rol que le asignaron a Poncio Pilatos cuando se lava las manos y en el libreto de los habitantes de Jerusalén se pide con vehemencia que el Nazareno sea crucificado.  Cuando el pueblo prefiere salvar a Barrabás (Bar Abba, hijo del padre) los evangelios intentan reprochar a los judíos su decisión de  haber optado por las armas en la rebelión de los zelotes y sicarios pues de hecho no existía la tradición de liberar a un delincuente con motivo de la Pascua.

Esa misma confrontación con los judíos  se aprecia en la reiterada hostilidad de Jesús hacia los fariseos, tratados como hipócritas, raza de víboras y sepulcros blanqueados, cuando en realidad constituían  una secta o un partido triunfante después de la destrucción del Templo, de la desaparición de la casta sacerdotal de los saduceos y de la derrota de los movimientos revolucionarios.  Además, los fariseos disfrutaban de muchas simpatías dentro de las comunidades pobres por su conocimiento de las escrituras sagradas, su compromiso con el pueblo y su abierta oposición a las injusticias de Roma, sin contar las sublimes doctrinas de algunos de su líderes como el rabino Hillel, muy próximas a las del mismo Jesús en cuanto resaltaban el amor a Dios y al prójimo como el primero y más importantes de los mandamientos o el deber de perdonar a los enemigos.  Por otro lado, los fariseos compartían con los primeros cristianos y la secta autora de los Rollos del Mar Muerto las doctrinas sobre el juicio final, la vida después de la muerte, la intervención de Dios en la historia y la existencia de los ángeles como también de los demonios, doctrinas extrañas a las mayorías judías y al partido de los saduceos.  Para enfatizar su deprecio por los judíos, los evangelios se inventaron un traidor llamado Judas (casi Judío), personaje tan artificial que algunos investigadores creen que no existió, pero que en la trama imaginaria de la redención cumple un papel crucial.

"Hace dos mil años, Jesús anduvo por la campiña de Galilea reuniendo seguidores para un movimiento mesiánico con el objetivo de establecer el reino de Dios; pero su misión fracasó cuando después de una entrada subversiva en Jerusalén y un ataque sin tapujos al templo, fue detenido y ejecutado por Roma por el delito de sedición".  La cita anterior es tomada de El Zelote, escrito por Reza Aslan, después de que yo escribiera este ensayo que coincide en términos generales con el libro. Esa cita resume los dos únicos datos reales o históricos de los evangelios, según el mismo profesor universitario radicado en Norteamérica. El resto es mitología burdamente elaborada. 

Los evangelios: una visión histótica (parte final)


En lo que va de este ensayo se ha mostrado que Jesús no nació en Belén, no hubo censo, pastores, reyes magos, virginidad de María, nacimiento en una gruta ni matanza de niños por el rey Herodes; como tampoco ángeles anunciadores ni un muchacho de doce años enseñando a los sacerdotes judíos en el Templo de Jerusalén.  Más adelante se mostrarán otros argumentos a favor de estas afirmaciones y que son bien conocidos por los sacerdotes y predicadores cristianos pero que maliciosamente le ocultan a la comunidad de fieles.  Una buena síntesis de la incoherencia y las contradicciones de los textos del llamado Nuevo Testamento la encontramos en el libro “Jesús no dijo eso” del profesor Bart D. Ehrman: “El evangelio de Juan es bastante diferente de los otros tres (en él, por ejemplo, Jesús nunca cuenta parábolas ni expulsa demonios y, por el contrario, pronuncia largos discursos sobre su identidad y ofrece “señales” para demostrar  que lo que se dice sobre sí mismo es cierto). El mensaje de Pablo es  a la vez similar y diferente del que encontramos en los evangelios (sus epístolas no dicen nada acerca de los dichos o las obras de Jesús, sino que se centran en las cuestiones que el apóstol considera críticas, a saber, que Cristo murió en la cruz y fue resucitado de entre los muertos).   El mensaje de Santiago es diferente del mensaje de Pablo; el mensaje de Pablo es diferente del mensaje de los Hechos; el mensaje del Apocalipsis de Juan es diferente del evangelio de Juan, y a así sucesivamente…”

Por todo lo anterior, no es sensato el intento reiterado por teólogos y predicadores de presentar esos textos como históricos cuando ellos mismos aseguran en sus libros especializados que no lo son; tampoco es serio presentar como prueba de la autenticidad de los evangelios las profecías del Antiguo Testamento, cuando esos mismo autores saben que el fenómeno fue invertido, es decir, que los evangelios se inventaron a partir de los escritos veterotestamentarios o son acomodaciones de supuestas profecías.  “No es legítimo, por ejemplo, tomar lo que Marcos dice, lo que Lucas dice, lo que Mateo dice y lo que Juan dice y mezclarlo con todo, de manera que al final Jesús dice y hace todo lo que cada uno de los autores de los evangelios indica. (…)    De hecho quien hace esto no lee los evangelios, sino que crea un evangelio nuevo (…) que no se parece a ninguno de los que han llegado hasta nuestros días”.   Sobra señalar que las iglesias cristianas siempre han utilizado estos métodos groseros  para distorsionar el mensaje; peor aún, cuando crean concordancias o mezclas de textos del Antiguo Testamento con el Nuevo, cuando en realidad se refieren a realidades y a circunstancias distintas.   El Yahvé del los judíos no es el mismo Dios de los cristianos, ni la alianza pactada con Uno es igual a la acordada con el Otro.


  
Como ya se ha anotado en este trabajo, para entender en su justa dimensión los evangelios no se debe olvidar en ningún momento que fueron escritos después de la guerra de los judíos, ocurrida entre los años 66 y 74, y que se utilizaron por los primeros cristianos para tomar distancia de aquéllos, hacer proselitismo y ganar el favor del Imperio.  Tal perspectiva es obvia en el rol que le asignaron a Poncio Pilato cuando se lava las manos y en el libreto de los habitantes de Jerusalén se pide con vehemencia que el Nazareno sea crucificado.  Cuando el pueblo prefiere salvar a Barrabás (Bar Abba, hijo del padre) los evangelios intentan reprochar a los judíos su decisión de  haber optado por las armas en la rebelión de los zelotes y sicarios pues de hecho no existía la tradición de liberar a un delincuente con motivo de la Pascua.

Esa misma confrontación con los judíos  se aprecia en la reiterada hostilidad de Jesús hacia los fariseos, tratados como hipócritas, raza de víboras y sepulcros blanqueados, cuando en realidad constituían  una secta o un partido triunfante después de la destrucción del Templo, de la desaparición de la casta sacerdotal de los saduceos y de la derrota de los movimientos revolucionarios.  Además, los fariseos disfrutaban de muchas simpatías dentro de las comunidades pobres por su conocimiento de las escrituras sagradas, su compromiso con el pueblo y su abierta oposición a las injusticias de Roma, sin contar las sublimes doctrinas de algunos de su líderes como el rabino Hillel, muy próximas a las del mismo Jesús en cuanto resaltaban el amor a Dios y al prójimo como el primero y más importantes de los mandamientos o el deber de perdonar a los enemigos.  Por otro lado, los fariseos compartían con los primeros cristianos y la secta autora de los Rollos del Mar Muerto las doctrinas sobre el juicio final, la vida después de la muerte, la intervención de Dios en la historia y la existencia de los ángeles como también de los demonios, doctrinas extrañas a las mayorías judías y al partido de los saduceos.  Para enfatizar su deprecio por los judíos, los evangelios se inventaron un traidor llamado Judas (casi Judío), personaje tan artificial que algunos investigadores creen que no existió, pero que en la trama imaginaria de la redención cumple un papel crucial.

"Hace dos mil años, Jesús anduvo por la campiña de Galilea, reuniendo seguidores para un movimiento mesiánico, con el objetivo de establecer el reino de Dios, pero su misión fracasó cuando después de una entrada subversiva en Jerusalén y un ataque sin tapujos al templo, fue detenido y ejecutado por Roma, por el delito de sedición."  La cita anterior es tomada del libro El Zelote, escrito por el autor iraní residente de Estados Unidos de Norteamérica, Reza Aslan.  Esa nota resume lo que sabemos como histórico de Jesús.  El resto de los evangelios es mitología mal elaborada.


domingo, 29 de noviembre de 2015

Los evangelios: una visión histórica II



Si no nació en Belén debió haber nacido en Nazareth, como postulan algunos teólogos abrumados por las evidencias; pero aquí surge otro entuerto: debió llamarse nazaretano, no  nazareno.  Para algunos investigadores, la confusión pudo presentarse con la expresión “nazareo” o “nazoreo” o “nazireo”.   Nazireo significa “separar” y se refiere a un voto reglamentado en el libro Números  6,1-21, consistente en una consagración temporal y voluntaria a Yahvé que implicaba abstenerse de licores, vinos y de la vida lujosa, dejarse crecer el cabello, evitar el contacto con cadáveres, entre otras obligaciones.  Tanto el ingreso al nazireato como la terminación del mismo se acompañaban de rituales especiales presididos  por un sacerdote.  Cuando Mateo escribió en 2: 21-23 que para que se cumplieran las escrituras vino a morar en la ciudad llamada Nazaret, pues será llamado Nazareno, tal vez se confundió o lo hizo así para que cada detalle del texto tuviese su soporte en los profetas aunque la correspondencia no fuese muy exacta. Y no se trataba de una ciudad pues  si estaba poblada por aquello tiempos, se trataba de una vereda de unos  pocos campesinos, unos doscientos o cuatrocientos.  Sin embargo, muchos investigadores serios pasan por alto estas elucubraciones y aceptan que Jesús nació y vivió su infancia en Nazaret.

Aunque en nuestra búsqueda del Jesús histórico nos quedamos sin conocer su lugar de nacimiento, acompañemos a Mateo cuando se encontró esta perla en Isaías 7: 14: “Yahvé mismo os dará, pues, una señal.  Mirad: la virgen encinta dará a luz un hijo a quien ella pondrá por nombre Emmanuel”.  Aunque el versículo se refiere a otro asunto, el evangelista lo saca de contexto y se lo acomoda a Jesús: “El nacimiento de Jesucristo fue así: estando desposada María, su madre, con José, antes de que convivieran se encontró encinta por voluntad del Espíritu Santo” (Mateo 1:18). 

Aquí tenemos, como es frecuente en los libros sagrados, un error  de traducción, explicable porque el original de muchos textos del Antiguo Testamento era el hebreo y fueron traducidos al griego en Alejandría a mediados del siglo III antes de Cristo. Esta versión es  conocida como Septuaginta porque participaron en ese trabajo setenta maestros judíos.  Para complicar más las cosas, el idioma corriente entre los judíos del siglo I era el arameo, entre los extranjeros predominaba el griego y los romanos hablaban en latín.   La expresión partenogénesis, en español, se refiere a la reproducción asexual y se deriva del griego “parthenos” que significa “virgen” (Partenón es “la casa de la virgen”, la diosa Atenea).   La palabra original hebrea significa “mujer joven” pero en la traducción griega aparece parthenos, y por la falta de un buen diccionario nos metimos en un enredo del que no hemos podido salir en veinte siglos.  Más allá del error de traducción, cuando los judíos supieron que otras culturas recurrían al mito de las relaciones sexuales entre seres humanos y dioses para explicar o exaltar el nacimiento de un líder o rey, lo retomaron para mostrar que el fruto de esos encuentros eran individuos gigantes y malvados, como aparece en el Génesis y en el libro de Henoc. 

Para los cristianos, por el contrario, el hijo único de Dios será el redentor de todo el género humano.  Lo que de  verdad importaba para los evangelistas era la aceptación entusiasta que ese mito de la filiación divina tenía entre sus oyentes, pues se encontraba en las religiones mistéricas de la época y de mayor arraigo popular.  Si Eneas, el padre de todos los romanos, era hijo de Venus o si Julio César, Alejandro Magno, Mitra, Horus, Krishna (léase Crista), Dionisos y muchos otros seres especiales, reales o míticos, tenían por padre o madre a un dios, y los gentiles aceptaban como reales esas filiaciones, Jesús, el Mesías y Salvador, no podía ser menos.  Una nueva religión se construye para cubrir las expectativas de los eventuales clientes o fieles, no para enseñar la verdad.  Otra dificultad: si el Nazareno o Nazireo fue concebido por el Espíritu Santo, entonces José no es su padre y no pertenece a la dinastía davídica.  Los profetas deben estar locos.

La doctrina católica fue más allá en los siglos siguientes y predicó la virginidad de María antes del parto, en el parto y después del parto, obsesionada como estaba la Iglesia por la integridad del himen de todas sus seguidoras, lo que convierte a Jesús en el hombre sin padre.  Y como el  pecado original –un invento de Aurelio Agustín en el siglo V de nuestra era—se transmite a través de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, María, la madre de Jesús, también debió ser concebida sin mancha o sin relación sexual, la Inmaculada Concepción, en una cadena infinita que la Iglesia pasó por alto.  En el mito de la virginidad de María es evidente la influencia de las culturas griega y romana.  De allí los buenos resultados obtenidos por Pablo al enseñar su mitología a los gentiles y el aparente fracaso de la comunidad cristiana de Jerusalén encabezada por Santiago, el hermano de Jesús, y los primeros discípulos.  Como buenos judíos, estos últimos no podían aceptar el mensaje de Jesús modificado por la filosofía pagana pero que al final fue el que se impuso.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           





sábado, 28 de noviembre de 2015

Los evangelios: una visión histórica



El primero de los cuatro evangelios en el tiempo, el de Marcos, escrito hacia el año 75, pocos años después de la rebelión judía (año 66- 73) y de la destrucción del Templo de Jerusalén,  empieza con el bautismo de Jesús, ocurrido entre los años 27 y 28 de nuestra era, unos dos o tres años antes de la crucifixión, conforme a la cronología establecida por los expertos en caso de que los textos se refieran a hechos históricos.  Para contar la primera y más larga parte de la vida del Nazareno, nacido hacia el año 6 antes de nuestra era, los  siguientes evangelios, Lucas y Mateo, se redactaron por allá en los años 85 y 95, respectivamente.

Podemos imaginar la tenaz labor asumida por los primeros seguidores de Jesús para reconstruir los hechos casi cien años después de su nacimiento, cuando los pocos escritos de Pablo o atribuidos a los apóstoles nada decían al respeto y cuando los historiadores paganos lo habían ignorado.  Como no se trataba de hacer historia y sí más bien de ganar seguidores a como diera lugar en ese período de crisis, de desbandada judía y de angustia frente a la conflagración del símbolo máximo de la religión de Yahvé, y como la labor misionera de Pablo de Tarso y sus discípulos había mostrado muy buenos resultados entre los gentiles o no judíos en los años 50 y 60, pronto se encontraron los mecanismos para imaginar al menos la infancia.

Pues bien, quienes escribieron los evangelios de Lucas y Mateo  se fueron a la Torá, texto que siglos después los cristianos llamarían Antiguo Testamento, a buscar cuanto inciso, versículo o anécdota pudiese ser tomado como alusión al Mesías para aplicárselo al Galileo ya que, al fin y cabo, las cartas de Pablo, el evangelio de Marcos y otros escritos lo  habían calificado como el verdadero ungido para salvar a judíos y extranjeros.  Debieron conformarse con algunas ayudas para estructurar la infancia, pues no encontraron rastro alguno para recrear la adolescencia y primeros años de la madurez de Jesús.

Como todos los reyes de Judá o Judea, anteriores al cautiverio babilónico en el año - 586, pertenecían a la estirpe de David, hijo de Jesé o Isaí, algunos profetas posteriores concluyeron que el Mesías debía pertenecer también a esa tribu y por lo tanto debía nacer en su tierra,  Belén (Isaías 11,1 y Miqueas 5, 2); pero ya Marcos y otro lo habían llamado “Jesús de Nazaret”, según la costumbre de agregar al nombre del individuo la ciudad o pueblo de origen, y como este asentamiento humano se encontraba en Galilea, tierras de la antigua Israel, habitado por otras tribus semitas, había que hacer algo para cuadrar el cuento.  Entonces, Lucas tomó asiento y escribió:

“Por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se empadronara todo el mundo.  Éste es el primer censo hecho siendo Quirino gobernador de Siria.  Todos iban a inscribirse cada uno en su ciudad.  Subió también José desde la ciudad de Nazareh de Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y patria de David, para inscribirse con María, su mujer, que estaba encinta” (2: 1-5)

Sin embargo, el relato resultó inexacto porque Quirino o Cirino empezó a tener dentro de su jurisdicción a Judea en el año 6, unos doce años después del nacimiento de nuestro héroe, mientras que tanto en Judea como en Galilea el rey era Herodes  el Grande para el año en que se supone que debió nacer el Cristo, año 6 antes de nuestra era, como ya se anotó.   Vaya galimatías.  En otras palabras, cuando Jesús nació no hubo censo en ese territorio.  Además, para Roma el origen tribal de sus súbditos no debió tener importancia en un censo, como sí el lugar de residencia.

La implícita pretensión en el texto de revivir la dinastía de David conlleva algunos antagonismos con las tradiciones judías pues, como debe recordarse, desde el retorno de Babilonia los sacerdotes crearon una teocracia al servicio del imperio persa y no hubo gobernantes civiles hasta la rebelión de la familia Asmodea, en el siglo II antes de Cristo, que no intentó nunca engañar al pueblo vinculándose a la estirpe real de los primeros tiempos.  Es obvio que los sacerdotes saduceos habrían encontrado un riesgo enorme para sus intereses en ese intento de los primeros cristianos por restablecer mediante engaño la casta de David siempre y cuando el evangelio hubiese sido escrito antes de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70; pero para la época en que se redactaron ya la clase sacerdotal había desaparecido, los judíos huían despavoridos y el intento cristiano de presentar a Jesús como descendiente del rey David era inocuo y hasta ridículo. (Continurá) 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Juegos del lenguaje




Desde 1907, cuando J. G. Frazer publicó su estudio El folklore en el Antiguo Testamento, sabemos que los mitos de la Biblia se repiten en muchas otras culturas o religiones.  Así, el relato de Moisés salvado en una cesta se encuentra más de mil años antes en la biografía del rey Sargón, también en la niñez de Rómulo y Remo o en las historias del Mahabharata de los hindúes.  Por todos los continentes se habla del diluvio universal, la torre de Babel, el hijo expósito, el retiro retorno, etc.

Frazer insiste  en el origen independiente de esos mitos universales.  No se trata de plagio o copia. ¿Cómo puede ser esto?  Freud se plantea el problema en Tótem y Tabú y supone que debe haber algo así como un alma universal que explique el fenómeno.  Su discípulo C. Jung postuló el inconsciente colectivo con sus arquetipos.  La discusión siegue abierta.

Por otro lado, podemos concluir que en la literatura, las series de televisión o en las películas se juega con todos esos mitos, lo que podría explicar el impacto o el éxito que tienen en la comunidad. El señor de los anillos, Juego de tronos, La guerra de las galaxias, Los juegos del hambre y muchas más utilizan los mitos para emocionarnos y lograr buenas taquillas.  En la memoria colectiva o en nuestro inconsciente se mantienen esos mitos y a través de ellos vemos las películas o leemos una novela.

En esta perspectiva, los poetas, los filósofos, los críticos literarios y los profetas juegan con el lenguaje, manipulan las metáforas o construyen teorías con la Biblia en las manos.  Freud, Marx o René Girard compusieron sus sistemas  o ideologías con mitos religiosos.  Para Freud, el pecado está al principio o en el origen, la culpa es la causa del mal (neurosis) que solo será exorcizado por el nuevo sacerdote (el analista), y todo el inconsciente es un misterio que solo los “iniciados” pueden interpretar. Por su parte, Karl Marx inventó un nuevo pecado original (la propiedad privada), un nuevo mesías (el proletariado) y un cielo terrenal que es la sociedad sin clases.  De Girard y su chivo expiatorio ya hablé en la nota anterior que usted encuentra en latarde.com

Con toda razón Wittgenstein escribió que los filósofos no hacen más que jugar con el lenguaje.  En otras palabras, los filósofos y los literatos solo interpretan los mitos, como el cura en el sermón.  Todo es interpretación.

Guerra santa




Cuando Mahoma nació hacia el año 570 de nuestra era, el cristianismo ya se había establecido en toda Europa, en el norte de África y en el próximo oriente; los judíos trataban de sobrevivir en pequeñas comunidades repartidas por todo el mundo y la noche oscura de la Edad Media se apoderaba del Occidente conocido.

En cuestión de pocos años, a partir del 632, año de la muerte de Mahoma, el Islam se difundió por el territorio que hasta entonces conformaba el imperio persa de los sasánidas, fue bien recibido en el norte de África y el sur de España;  llegó hasta la India.  Aunque intentó penetrar a la tierra de los francos fue rechazado por los primeros reyes carolingios; en el territorio que hoy conocemos como Turquía no pudo derrotar la férrea resistencia de los cristianos ortodoxos de Constantinopla hasta el año 1453.

El Islam fue para  las tribus árabes lo que el Judaísmo para las tribus semitas de Israel: se trataba  de pueblos atrasados cultural y económicamente que necesitaban un aliciente para luchar y sentir el orgullo de su raza.  Eso se los dio su religión.  La convicción de que Yahvé les había garantizado una tierra en Palestina inspiró la lucha fabulosa de los hebreos por la subsistencia a pesar de las persecuciones, masacres y desplazamientos que sufrieron.  Gracias a Mahoma, los árabes entendieron que no podían ser inferiores a los judíos y cristianos que circulaban por sus territorios.  Y si extendemos un poco el sentido de la metáfora, veremos que el cristianismo dio la misma esperanza a los pobres y oprimidos del Imperio Romano.  Las religiones, incluidas las profanas como el marxismo, prometen un cambio de estrato aquí o después de la muerte.

A diferencia de los judíos, que tenían una visión racista como el pueblo elegido por Dios, cristianos y musulmanes creyeron tener una misión universal de extender sus cultos, en lo que como es obvio influían motivos más o menos inconscientes de tipo económico y político.  Así, aunque en principio los musulmanes fueron más tolerantes que los cristianos, los impuestos que establecieron para los no musulmanes determinaron  la buena aceptación de su doctrina.  Cualquier dios es bien recibido a cambio de no pagar impuestos.  No todo fue limpio en la campaña de estos dos monoteísmos por lograr prosélitos. Recordemos que en el imperio romano cristianizado se prohibió el acceso a los cargos públicos y al ejército a quienes no fueran bautizados.  

Con esos antecedentes es difícil entender la actitud de los radicales musulmanes que atacaron las Torres Gemelas en el 2001 o que ahora crean una crisis internacional.  Todavía se refieren a nosotros como “los cruzados” o “los francos”, como si ignoraran que la mayoría de las cruzadas organizadas por el papado fueron fracasos y no todas se dirigieron contra ellos.  La primera fue la única que golpeó de manera importante al Islam cuando logró arrebatarle Jerusalén que Saladino recuperó un siglo después (1187).  La cruzada que atacó Constantinopla en 1210 debilitó al Bizancio y dio la oportunidad para la invasión de los turcos otomanos en 1453 (debieran estar agradecidos con los católicos).

La posición terrorista se ve más absurda cuando la comparamos con la conducta judía, pues Israel no tiene grupos revanchistas vengando el maltrato que recibieron en todo el  mundo, como tampoco los poseen los cristianos para asesinar cada vez que algún despistado insulta a Jesús o elabora una mala película contra él.  Judíos y cristianos entendieron la democracia, que es una elaboración del demonio para los musulmanes.    El auge del ateísmo debe en buena medida su tremendo desarrollo de los últimos años al fanatismo de los monoteísmos, desde el profesado por los terroristas musulmanes hasta el profesado por el Procurador colombiano,

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El nacimiento de Dios



Gracias a las investigaciones publicadas en Colombia en los últimos treinta años y en particular a los avances logrados por la Arqueología en Tierra Santa, tenemos hoy un panorama coherente y racional de algunos hechos relacionados con Jesucristo y, sobre todo, con el comienzo del monoteísmo judío o lo que podemos llamar el nacimiento de Dios.  Existe un consenso sobre el carácter mitológico de la mayor parte de los evangelios y de la manera cómo se gestó la leyenda de Navidad.  Sabemos, por ejemplo, que hasta finales del siglo I nada se sabía de la infancia del predicador  galileo, inspirador de las cartas de  San Pablo.  Los evangelios de Lucas y Mateo, escritos cerca del año 90,  inventaron el cuento del nacimiento en Belén para adaptarlo a la tradición judía, según la cual el Mesías o Salvador debía pertenecer a la estirpe de David; de hecho no hubo censo en Judea por esa época.  Como se acostumbraba en las mitologías de entonces sobre Mitra, Krishna, Dionisio, Horus y otros, de Jesús se escribió que era el producto de la unión de un dios con una humana, que nació en una gruta o pesebre y que fue visitado por pastores y reyes magos venidos de oriente.  Hasta los mismos teólogos católicos -- como el Padre Alfonso Llano nos cuenta-- aceptan que Jesús era un judío corriente y que su madre no era virgen.  En conclusión, nada o casi nada sabemos sobre los hechos  y dichos de Jesús.  Todavía se mantiene la polémica sobre su existencia.  Según algunos investigadores, el personaje descrito en los evangelios no existió.  Probablemente fue uno de los muchos predicadores de entonces, alrededor del cual se creó toda la mitología que concluyó en el siglo IV con el triunfo del Cristianismo, gracias al apoyo recibido del emperador Constantino con el Edicto  de Milán.  Somos cristianos por la gracia de Constantino.

Mucho más interesantes son las investigaciones sobre el comienzo del monoteísmo dentro del judaísmo, fenómeno ocurrido probablemente entre los siglos IV y III antes de Cristo, según la opinión de Jean Soler, citado por el filósofo francés contemporáneo Michel Onfray.  En ese mismo sentido apuntan las investigaciones de los arqueólogos Finkelstein y Silverman, autores del texto La Biblia Desenterrada, en el que muestran todo el período anterior a los fantásticos reinados de David y Salomón como producto de la imaginación de los escribas y sacerdotes de Yahvé.   También Peter Watson, en su extenso tratado Ideas, La Historia Intelectual de la Humanidad, propone que el invento de Yahvé como  Dios único es tardío,  determinado por las condiciones de continua dominación a que siempre se enfrentaron los semitas hebreos.  Con el mito de la Alianza los sacerdotes pretendían elevar la moral de su pueblo, hacerle creer que Judea era tierra propia y dar sentido a su existencia como comunidad, al mismo tiempo que ellos, los sacerdotes, asumían el poder bajo el yugo persa, primero, y luego, macedonio- griego o romano.  Beneficiaron a un pueblo sumido en la pobreza y la explotación extranjera, pero los clérigos se quedaron con la plata.

En otra palabras, antes de que Nabucodonosor II, rey de Babilonia, destruyera el Templo  y la ciudad de Jerusalén, hacia el año 586 antes de Cristo, Yahvé era un dios entre muchos adorado por cananeos y hebreos.   La mayoría de los judíos deportados no quisieron regresar a Jerusalén cuando en el año 539 a. de C. Ciro II El Grande, rey de Persia, los autorizó pues ya habían logrado fundamentar sus negocios.  Apenas en el año 455 a. de C. un comisionado del rey Artajerjes de Persia, Nehemías, logra reconstruir las murallas de la Jerusalén, contra la voluntad de los habitantes de la región.  En el año 398 a. de C. se inicia de hecho la teocracia con el sacerdote Esdras, quien llega a predicar a unos pocos infelices judíos la palabra “revelada” en ese pequeño territorio que ya no les pertenecía pero que se tomaron soportados en la imaginaria alianza con Dios.    En esa pequeña comunidad de gentes pobres e ignorantes, manipuladas por la casta sacerdotal, fiel servidora del Imperio, se formará el mito del Dios único adaptado a sus necesidades de postración, pero que evolucionará en el contacto con otras culturas para convertirse en la base religiosa de Occidente.   Para el pueblo “elegido” de entonces no existía el alma, la vida después de la muerte ni un juicio por nuestros pecados; ellos sólo aspiraban a una tierra en este mundo y a un eventual rey que les diera la libertad que no conocieron hasta el siglo XX, cuando invadieron territorio palestino, con el visto bueno de la ONU, en una jugada magistral de los países europeos para pagar el aporte en dinero de los judíos a los aliados en las dos guerras mundiales. 

Hacia el siglo II a. de C. aparece en Judea una pequeña secta, los fariseos, creyentes en un alma inmortal que sería juzgada por sus acciones.  Luego surgiría otra comunidad, la autora de los Rollos del Mar Muerto, con unas doctrinas muy parecidas a las que impondrá el cristianismo: ángeles buenos y malos, la resurrección de los muertos, el juicio final, el cielo y el infierno y hasta una misa con pan y vino.  Todo estaba listo.  Sólo faltaba que Pablo y sus seguidores se inventaran la resurrección del desconocido Jesús y… la película estaría completa.  Nos prometieron el reino de Dios y llegaron los obispos y sacerdotes abusadores de niños con los pastores evangélicos acompañados de sus guardaespaldas

martes, 24 de noviembre de 2015

La diáspora judía y el Islam




Algunos pocos judíos regresaron a Jerusalén, territorio que no les pertenecía, después del cautiverio babilónico, organizaron una teocracia o gobierno de los sacerdotes bajo  la tutela imperial persa y allí inventaron el monoteísmo entre los siglos IV y III antes de Cristo.  Por ese entonces, hacia el año 330, Alejandro Magno derrotó a los persas e hizo de Jerusalén y sus alrededores un dominio griego que sería gobernado desde Alejandría, en Egipto, por los faraones griegos conocidos como los ptolomeos.  Al comenzar el siglo II, otros griegos, los seléucidas, tomaron el trono en Palestina; pero su mandato fue  tan precario que los judíos asmodeos se rebelaron hasta cuando en el año 63 a. de C. llegaron los romanos a poner orden.    Cuarenta años después de la muerte de Jesús, en el año 70, los romanos destruyen el templo de Jerusalén y generan una transformación radical del judaísmo pues  desaparecieron los sacerdotes, no hubo más sacrificios de animales y aparecieron los rabinos para comentar los textos sagrados.  Otra revuelta judía, ocurrida cerca al año 130, agota la paciencia del emperador Adriano quien destruye a Jerusalén y condena a los descendientes de Abraham a desplazarse por todo el mundo. Fue la diáspora.

Cuando el Imperio Romano cae en el año 476, el cristianismo se ha extendido por todo el próximo oriente dividido en sectas que discuten si en Jesús hay una o dos naturalezas o si es Dios o no.   En medio de ese debate, en el siglo VII, aparece Mahoma en Arabia con su nueva religión que en pocos años dominará Palestina, el norte de África, el sur de España, Siria, Irán e Irak, entre otros territorios.  Por su parte, los judíos sobrevivían organizados en pequeñas comunidades o guetos, distribuidos por todo el mundo, conservando sus tradiciones, pagando impuestos y soportando todo tipo de abusos y persecuciones.  La clave de su fortaleza la encontraron en los libros sagrados que no solo mantuvieron su fe en Yahvé sino que también fueron la base de la alfabetización de sus niños.  Por eso los seguidores de Moisés siempre se destacaron entre todos los pueblos que les servían de refugio por su cultura y la capacidad de llevar cuentas. Fueron funcionarios estatales, asesores de reyes y sultanes, exitosos comerciantes, banqueros y artesanos prósperos.  Todos los envidiaban y los odiaban.

Aunque el Islam trató de conquistar Europa, no lo logró.  De España no pudo pasar a Francia en el siglo VIII porque los ejércitos carolingios se lo impidieron;  en Asia Menor  los cristianos ortodoxos y su Imperio Bizantino conformaron una barrera que impidió a los hijos de Alá conquistar a los infieles católicos a pesar de sus numerosos intentos.  Por otro lado, Jerusalén seguía siendo tierra santa de judíos, cristianos y musulmanes.  Aunque los judíos no tenían la organización ni el poder suficiente para volver a la tierra prometida por Yahvé, según su mitología, el papado intentó recuperar los santos lugares con la ayuda de los reyes cristianos de Europa a través de lo que se llamó las cruzadas.   En general, tales cruzadas fueron un fracaso, y los musulmanes siguieron dominando toda la Palestina.


En el siglo XV las relaciones entre los tres monoteísmos cambiaron de manera sustancial.  El muy culto sultán otomano Mehmet II tomó en 1453 la ciudad de Constantinopla, capital de Bizancio o imperio cristiano de oriente para la mayor gloria de Alá.  Turquía, Grecia y los Balcanes se convirtieron en tierras musulmanas.  Europa toda temblaba de miedo.  Pocos años después, en 1492, mientras Colón descubría nuestra América, los judíos eran expulsados de España y los barcos del sultán turco Bayezid II pasaron a recogerlos…  (Continuará)   

lunes, 23 de noviembre de 2015

El mito de la Navidad




Los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia Católica fueron escritos muchos años después de la muerte de Jesús, ocurrida en el año 30 de nuestra era según los cálculos aproximados de los expertos.  El evangelio de Marcos fue escrito después del año 70, los de Mateo y Lucas hacia el 85 y 90, en tanto que el de Juan apareció alrededor del año 100.  Aunque Pablo de Tarso había escrito sus cartas entre los años 50 y 60, nada reportó sobre la biografía o dichos de Jesús y se limitó a ratificar su interpretación de la muerte y resurrección del mismo como las creencias centrales de la nueva religión.  El libro de Los Hechos de los Apóstoles, redactado cerca al año 85, tampoco refiere comentario importante sobre Jesús, termina antes de contarnos sobre el fin de Pedro y Pablo y en ningún momento narra el acontecimiento más importante de la historia de los judíos, como fue la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70.

Los primeros seguidores de Jesús en la segunda mitad del siglo I no conocían la biografía del Nazareno o no tenían interés en contarla; más bien decidieron buscar en los libros del Antiguo Testamento o la Torá judía referencias al Mesías y las aplicaron a Jesús.  Como según la tradición el Mesías debía pertenecer a la tribu de David, y este había vivido en Belén, los evangelios de Mateo y Lucas, los únicos que narran la infancia del Salvador, se inventaron el cuento de un censo para llevar a María en embarazo a ese pueblo.  Hoy sabemos que tal censo no existió en Judea por esos días, que no hubo pastores, pesebre, estrella ni reyes magos y, mucho menos, la masacre de niños recién nacidos decretada por el rey Herodes el Grande.  Como en los textos sagrados se habla de Jesús de Nazaret y no de Belén, algunos investigadores piensan que Jesús nació allí, aunque existen dudas al respecto, pues en el siglo I Nazaret era lo que hoy llamaríamos una vereda o corregimiento de unos 200  a 300 habitantes y, además, pudo existir una confusión con la expresión nazireo, apelativo aplicado a los judíos que practicaban una especie de ascetismo de ayuno, retiro y dedicación a Yahvé.

En cuanto al nacimiento virginal, muchos textos coinciden en que se debió a un error de traducción, pues la palabra “partenos” en griego significa “virgen” en tanto que en el hebreo original la palabra se refería a joven: una joven tendrá un hijo que se llamará Emmanuel.  Aunque la frase no se refería al Mesías, el autor del evangelio la sacó de su contexto y la utilizó como profecía de que el Salvador nacería de la unión de una virgen con Dios, tal como se acostumbraba en muchas mitologías paganas de la época.  Así nació el mito de la Anunciación por el ángel y la sorpresa de José al ver a su esposa embarazada antes del aquello.  En fin, si Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, no era hijo de José y, por tanto, tampoco descendía de la estirpe de David.

Según las profundas y muy serias investigaciones del sacerdote John Dominic Crossan, una de las autoridades mundiales en los estudios sobre Jesús histórico, Jesús era un campesino judío analfabeta, dedicado a predicar el Reino de Dios en una nueva interpretación de las tradiciones judías, como respuesta solidaria y contestataria de los indigentes a la situación de injusticia a que estaban sometidos por los romanos.  Fue crucificado por delitos políticos y su cuerpo llevado a una fosa común o fue devorado por animales, tal como sucedía a muchos ajusticiados en ese entonces.  El mito de la resurrección no aparece en las fuentes anteriores a los evangelios canónicos, como el Evangelio de Tomás o en el documento virtual conocido como la Fuente Q, una recopilación de los dichos de Jesús incluidos en los evangelios de Lucas y Mateo pero que no aparecen en Marcos. En el primero de los evangelios, el de Marcos, tampoco se hablaba de resurrección. Muchos años después el capítulo final que incluye la resurrección fue añadido.


Líder





Así como para un martillo todas las cosas son puntillas, nuestra mente se vuelve esclava de una serie de ideas, arquetipos, paradigmas, esquemas mentales o modelos obsesivos en función de los cuales miramos o interpretamos la realidad como una  monótona versión de lo mismo.

En mi caso, cada día veo con mayor certeza a los líderes de todas las culturas como personajes de un mismo drama en el que se creen redentores de la humanidad después de haber pasado por un período de retiro o reflexión forzada en el que, por arte de magia, como si hubiesen sido “tocados” por los dioses, creen haber encontrado la clave de la condición humana.  Cuando “bajan de la montaña” o “se caen del caballo en el camino a Damasco” regresan “transfigurados”  o “iluminados” y comienzan a decir insensateces con tal convicción que los seres humanos, afectados por el virus de la estupidez, les creemos ciegamente.

En mi deliciosa aventura por los libros encontré a uno de estos líderes.  Su nombre era Luis Cristiano o Ludwig Christian Haeusser, nació en 1881 en Alemania y fue una especie de precursor o “Juan Bautista” para Hitler.   Su descubrimiento del cristianismo fue de tal impacto en 1912 que con el tiempo afectó sus sesos.  Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial pensó, con poca originalidad, que la humanidad estaba en el comienzo de un renacimiento.  En París le fueron embargados sus bienes pero se recuperó y prosperó.  Empezó a predicar a sus clientes hasta aburrirlos y escribió el libro El futuro superhombre, como ni mandado a hacer para los alemanes humillados de la posguerra.

En Ancona, meca italiana de los marginados y redentores encontró su “desierto” en el que pasó sus “cuarenta días y cuarenta noches”.  Allí dejó su ropa elegante, se hizo nudista, empezó a predicar la pureza, aunque era tan aficionado al cunnilingus como al sadomasoquismo, y encontró seguidores antes de volver a Alemania.  A pesar de que nadie es profeta en su tierra le picó el bicho de la política; su secta no se llamaba MIRA sino Partido Cristiano Radical del Pueblo.  Se casó con una mujer rica, se comió todos los bienes de ella, pasó casi dos años en la cárcel por pícaro y murió sin pena ni gloria en 1927.
El programa de Haeusser incluía la abolición de la propiedad privada, clausura de manicomios y cárceles, como también la guillotina para quien se opusiera a su evangelio.


sábado, 21 de noviembre de 2015

Lo que le debemos a Irán




Muchos antecedentes  históricos y culturales nos unen con Persia (Irán).  La primera referencia data del año 539 antes de Cristo, cuando Ciro el Grande, rey de los persas, tomó la ciudad de Babilonia, en el actual Irak, y dejó en libertad a los judíos, cautivos allí desde el año 586 a. de  C., tal como aparece registrado en el cilindro original, encontrado en 1919 y que se exhibe en el Museo Británico.  Los pocos judíos que retornaron a reconstruir Jerusalén establecieron una teocracia y dieron origen al Monoteísmo, la creencia en un solo Dios, probablemente entre los siglos VI y V a. de C., en los tiempos en que las ciudades griegas intentaban la democracia y Roma inventaba el Derecho para la República.

En los últimos años de aquel siglo VI se difunde en Persia un movimiento religioso fundado por un tal Zoroastro o Zaratustra, centrado en el Dios Ahura Mazda y que como novedad sostenía la creencia en un alma inmortal que será juzgada después de la muerte por su comportamiento terreno para recibir un castigo o premio eternos.  También creían en dioses o ángeles buenos  y malos (demonios).  Tales doctrinas influirán la secta judía de los fariseos y la comunidad autora de los Rollos del mar Muerto (descubiertos a mediados del siglo XX) que constituyen los antecedentes inmediatos del Cristianismo.  Debe recordarse que en la tradición judía no existían esas creencias, pues los seguidores de Moisés solo aspiraban a un pedazo de tierra por el que todavía pelean y no se imaginaban el alma como la describió Platón.

La dinastía Aquemenida, de Ciro, Darío, Jerjes y otros, dominó el próximo oriente hasta el año 330 cuando el macedonio Alejandro Magno la derrotó.  Después de los macedonios y los griegos vinieron los romanos.  A Persia llegaron los partos, fieles adoradores de Ahura Mazda, a molestar a las legiones romanas hasta el  año 224 de nuestra era, cuando los sasánidas se hicieron con el trono y siguieron dándoles garrote a los romanos.  Junto al Zoroastrismo apareció en el siglo III el Maniqueísmo, una síntesis de aquel con el Cristianismo y algunas creencias orientales; su fundador fue un monje llamado Mani o Manes.   Explicaba el mundo y el comportamiento humano a través de dos principios, uno bueno y otro malo.  Agustín, nuestro santo, fue estudioso de esa doctrina.  De allí que el maniqueísmo determinó ese miedo  al sexo que los cristianos heredamos, como también nuestro odio por el cuerpo, lo que condicionó en buena medida nuestras aberraciones sexuales y el maltrato que aun soportan las mujeres.


Del siglo III pasamos al VII para encontrarnos con Mahoma.  Algunos historiadores aseguran que la difusión tan rápida de Islam se debió en buena medida a la resistencia que generaba entre el pueblo los dogmas o mitos de la Trinidad y la divinidad de Jesús.  Cuando los musulmanes llegaron diciendo que Alá es solo uno y que Mahoma es su profeta, todo el oriente aceptó su mensaje, incluido Persia, lo  mismo que el norte de África, la tierra de San Agustín.  Gracias a la fortaleza de Bizancio, el Imperio Romano de Oriente, que pudo contener con sus ejércitos el avance hacia Europa del Islam, seguimos siendo cristianos, en tanto que Persia conservó su devoción por Alá.  En conclusión, nuestra cultura está en deuda con los iraníes tanto como con los judíos, los griegos y los romanos, aunque la versión de la historia que conocemos en el colegio ignora estos aspectos.

Jugando con los mitos



Desde 1907, cuando J. G. Frazer publicó su estudio El folklore en el Antiguo Testamento, sabemos que los mitos de la Biblia se repiten en muchas otras culturas o religiones.  Así, el relato de Moisés salvado en una cesta se encuentra más de mil años antes en la biografía del rey Sargón, también en la niñez de Rómulo y Remo o en las historias del Mahabharata de los hindúes.  Por todos los continentes se habla del diluvio universal, la torre de Babel, el hijo expósito, el retiro retorno, etc.

Frazer insiste  en el origen independiente de esos mitos universales.  No se trata de plagio o copia. ¿Cómo puede ser esto?  Freud se plantea el problema en Tótem y Tabú y supone que debe haber algo así como un alma universal que explique el fenómeno.  Su discípulo C. Jung postuló el inconsciente colectivo con sus arquetipos.  La discusión siegue abierta.

Por otro lado, podemos concluir que en la literatura, las series de televisión o en las películas se juega se juega con todos esos mitos, lo que podría explicar el impacto o el éxito que tienen en la comunidad. El señor de los anillos (el anillo fue por muchos años símbolo de demonio y de allí viene el ritual matrimonial), Juego de tronos, La guerra de las galaxias, Los juegos del hambre y muchas más utilizan los mitos para emocionarnos y lograr buenas taquillas.  En la memoria colectiva o nuestro inconsciente se mantienen esos mitos y a través de ellos vemos las películas o leemos una novela.

En esta perspectiva, los poetas, los filósofos, los críticos literarios y los profetas juegan con el lenguaje, manipulan las metáforas o construyen teorías con la Biblia en las manos.  Freud, Marx o René Girard compusieron sus sistemas  o ideologías con mitos religiosos.  Para Freud, el pecado está al principio o en el origen, la culpa es la causa del mal (neurosis) que solo será exorcizado por el nuevo sacerdote (el analista), y todo el inconsciente es un misterio que solo los “iniciados” o analistas pueden entender. Por su parte, Karl Marx inventó un nuevo pecado original (la propiedad privada), un nuevo mesías (el proletariado) y un cielo terrenal que es la sociedad sin clases.  De Girard y su chivo expiatorio ya hablé en la nota anterior que usted encuentra en la versión digital de latarde.com.

Con toda razón, Wittgenstein escribió que los filósofos no hacen más que jugar con el lenguaje. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

El Islam





Cuando Mahoma contó que un ángel le había dictado el Corán durante su retiro al comienzo del siglo VII en Arabia, el Cristianismo se había extendido y consolidado por el antiguo imperio Romano y más allá.   Para los cristianos fue necesaria la ayuda de los emperadores desde Constantino al comienzo del siglo IV en su tarea de lograr la conversión de los paganos, incluidos los bárbaros.   Para los musulmanes fue mucho más fácil ganar seguidores en el Oriente Próximo, el norte de África hasta España.  En 30 años se tomaron las tierras que los cristianos habían conquistado en 300.

En los territorios conquistados por los mahometanos no se obligaba a los nativos a aceptar la fe de Alá, pero sí se les imponía un tributo a los seguidores de otras religiones de libro, como el judaísmo y el cristianismo.  Como es obvio, muchos cristianos prefirieron abrazar la nueva religión para ahorrarse unas monedas.  Se dice también que para muchos cristianos era difícil aceptar ese cuento de que un hombre era Dios y les parecía más comprensible el mensaje de que Alá es el único Dios y que Mahoma es su profeta. 

El Islam se caracterizó por su impulso a la cultura.  Sus líderes o califas de distintas dinastías reunían sabios de todas las creencias, incluidos los paganos, para orientar las investigaciones y conservar el pensamiento antiguo.  El Islam fue una antorcha en la larga noche del medievo cristiano.  De hecho, en España elaboraron una edad de oro de la cultura hispana hasta cuando fueron definitivamente expulsados en el mismo año de 1492, cuando Colón se disponía a traer al Nuevo Mundo lo peor de la cultura europea.  Los cristianos conocimos a Aristóteles y a Platón gracias a las traducciones y enseñanzas de los musulmanes.

Capítulo nefasto de nuestra relaciones con el Islam fueron las cruzadas, aunque la única importante y que logró el dominio de Jerusalén durante casi un siglo fue la primera hacia el año 1098.  La masacre de pueblos enteros  por los ejércitos del papa no ha podido ser olvidado por los musulmanes, aunque las invasiones de otros pueblos como los mongoles fueron más agresivas, y no se conoce ningún intento del Islam por poner bombas en China o Mongolia.

Los intentos de conquistar Europa por parte del Islam fueron bloqueados en Francia por los reyes carolingios en el siglo VIII.   Por Oriente, los bizantinos o cristianos ortodoxos les impidieron llegar a Turquía, Grecia y Los Balcanes, aunque alguna vez se aproximaron a Viena.  Para tomar estos últimos territorios debieron esperar hasta el año 1453 cuando los turcos otomanos pudieron tomar Constantinopla y extender su religión hasta Los Balcanes.  Luego llegaron a buena parte de Asia y África.  La segunda guerra mundial acabó con el Imperio Otomano.

A los conflictos internos entre las corrientes sunita y chiíta se agregaron la influencia extranjera, los efectos de las guerras, el sionismo, los intereses económicos de las grandes metrópolis y, por supuesto, el laicismo o el ateísmo que se viene apoderando de Europa hace un siglo.    Si algo no tolera un musulmán es un ateo.