En la secundaria, un sacerdote nos
enseñó que toda relación amorosa se daba entre tres personas, lo que en un
contexto religioso significaba que el tercero era el mismo Dios. Sin embargo, en una visión contemporánea ese
tercero tiene ciertas características que no solo se refieren a Dios. El propósito
de esta nota es profundizar de una manera sencilla lo que aparentemente es muy
complicado. ¿Quién o qué es ese gran Otro?
Para quien ha sido padre, madre o
abuelo es fácil entender este asunto si alguna vez ha observado con cuidado la
forma como el bebé aprende a hablar o, lo que es igual, cómo ingresa al orden o
al campo del lenguaje. Imaginemos que el
lenguaje, más que un medio de comunicación es una casa o una dimensión a la que
ingresamos con dificultad, un mundo virtual como el internet.
Hablar es aceptar y regirnos por una
serie de normas gramaticales y semánticas (relacionadas con el significado de
las palabras). Corregimos al niño en la construcción de las frases y le imponemos
el significado de las palabras establecido por nuestra cultura. En general, las
palabras como “democracia”, “Dios”, “libertad” y cualquiera otra tiene un
significado distinto en Colombia, Venezuela, Irak o la India; pero el niño debe
aceptarlas sin derecho a protestar para ser aceptado en la comunidad a la que
acaba de llegar. Más que una casa el lenguaje es una cárcel, como lo llamó un filósofo.
Como las palabras son representación
o símbolos de las cosas, aprender a hablar es ingresar al mundo simbólico o de
los signos. Esa casa o cárcel es un mundo nuevo que el niño no tenía y que los
animales tampoco tienen al menos en la forma como se da entre los humanos. El
hombre es un animal simbólico capaz de remplazar las cosas por símbolos o
palabras; vivimos en el mundo virtual de las palabras, no en el mundo “real”.
Esa es la razón por la cual, si un bebé
de menos de 9 meses es sacado del contacto humano, como puede ser en un accidente
aéreo en la selva, y es criado por una manada de simios, nunca aprenderá a
hablar, no ingresará al mundo simbólico, no será atraído sexualmente por un
humano y será como un animalito. De estos casos, conocidos como “los niños de
los lobos”, hay más de 70 casos reportados en todo el mundo.
Ahora, ese mundo simbólico, el
lenguaje, esa estructura a la que ingresamos y nos domina o controla ha sido llamada
el gran Otro. Y ese gran Otro puede tomar la forma de una persona imaginaria o
de una cosa o de una ideología. Ese gran Otro me da identidad, da sentido a mi
vida y me promete ser parte de un plan maravilloso muy superior a mí. Es Dios,
para unos; la raza, la nación, el partido, el medio ambiente, el animalismo, el
fútbol, etc. para otros.