martes, 11 de septiembre de 2018

OTRO ACUERDO BAJO LA MESA




En las conferencias dictadas por los guerrilleros a los campesinos colombianos, se intentaba imponer como nuevo mito fundador de la Nación la masacre de las bananeras, ocurrida en 1928 e inmortalizada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Así se buscaba modificar nuestros textos de historia para que tal mito no fuera la simpática pelea de compadres por un florero y el “grito de independencia” de 1810.

Sin embargo, podemos revisar nuestra historia y buscar la fundación de nuestra democracia maltrecha en otra pelea mucha más significativa y que terminó con un acuerdo bajo la mesa, como el que se acaba de firmar.  Me refiero a la rebelión de los comuneros de 1781. “Las autoridades españolas y el arzobispo hicieron un acta secreta en la que declaraban que eran inválidas las actas (firmadas por los comuneros) por haber sido obtenidas mediante la fuerza”, nos cuenta Melo en su La historia mínima de Colombia.  También entonces el pueblo fue engañado, José Antonio Galán volvió a sublevarse, y él con cuatro compañeros fueron decapitados.

Ahora miremos el ambiente en que se dio esa sublevación de los bravos santandereanos. El rey de España era un mediocre borbón llamado Carlos III (1759 – 1788), conocido como “el mejor alcalde que ha tenido Madrid”, pero que se asesoró bien. Un visitador nombrado por el rey en 1765 para que solucionara el caos administrativo existente en México, José de Gálvez, logró el milagro y ese virreinato logró un desarrollo espectacular en los años siguiente.  El mismo plan basado en una reforma tributaria fue traído a la Nueva Granada por el visitador Francisco Gutiérrez de Piñeres. Los nuevos impuestos generaron rebeliones en todo el imperio, siendo las más violentas la de los peruanos con Túpac Amaru y la de los comuneros granadinos.    



Las analogías con nuestro tiempo son muchas otras. Si el movimiento comunero fue provocado por nuevos impuestos, la pelea ridícula entre las dos colombias que nos dejó Santos se centra hoy en la reforma tributaria de Duque; si en aquellos años fueron expulsados los jesuitas de los dominios españoles, el actual descrédito de la religión Católica parece el preámbulo de su fracaso definitivo; si en el siglo XVIII la disyuntiva era la industria o el campo, los acuerdos de paz priorizan hoy el segundo, y la “izquierda” propone sembrar aguacates, mientras el nuevo presidente basa su programa en la economía naranja; si muchos granadinos querían que el rey de España viniera a reinar aquí después de haber sigo derrocado por Napoleón, ocho millones de colombianos casi eligen como presidente a un clon de Hugo Chávez.

Tan desorientados estaban los españoles por nobles y curas que ignoraron la Ilustración y Revolución Francesa; asimismo, nuestros antepasados de los primeros años del siglo siguiente no sabían si defender al rey depuesto, los ideales monárquicos de Bolívar o el mensaje liberador de Bonaparte.


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