En las conferencias dictadas por los
guerrilleros a los campesinos colombianos, se intentaba imponer como nuevo mito
fundador de la Nación la masacre de las bananeras, ocurrida en 1928 e
inmortalizada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Así se
buscaba modificar nuestros textos de historia para que tal mito no fuera la
simpática pelea de compadres por un florero y el “grito de independencia” de
1810.
Sin embargo, podemos revisar nuestra
historia y buscar la fundación de nuestra democracia maltrecha en otra pelea
mucha más significativa y que terminó con un acuerdo bajo la mesa, como el que
se acaba de firmar. Me refiero a la
rebelión de los comuneros de 1781. “Las autoridades españolas y el arzobispo hicieron
un acta secreta en la que declaraban que eran inválidas las actas (firmadas por
los comuneros) por haber sido obtenidas mediante la fuerza”, nos cuenta Melo en
su La historia mínima de Colombia.
También entonces el pueblo fue engañado, José Antonio Galán volvió a
sublevarse, y él con cuatro compañeros fueron decapitados.
Ahora miremos el ambiente en que se
dio esa sublevación de los bravos santandereanos. El rey de España era un
mediocre borbón llamado Carlos III (1759 – 1788), conocido como “el mejor
alcalde que ha tenido Madrid”, pero que se asesoró bien. Un visitador nombrado
por el rey en 1765 para que solucionara el caos administrativo existente en
México, José de Gálvez, logró el milagro y ese virreinato logró un desarrollo
espectacular en los años siguiente. El
mismo plan basado en una reforma tributaria fue traído a la Nueva Granada por el
visitador Francisco Gutiérrez de Piñeres. Los nuevos impuestos generaron
rebeliones en todo el imperio, siendo las más violentas la de los peruanos con
Túpac Amaru y la de los comuneros granadinos.
Las analogías con nuestro tiempo son
muchas otras. Si el movimiento comunero fue provocado por nuevos impuestos, la
pelea ridícula entre las dos colombias que nos dejó Santos se centra hoy en la
reforma tributaria de Duque; si en aquellos años fueron expulsados los jesuitas
de los dominios españoles, el actual descrédito de la religión Católica parece
el preámbulo de su fracaso definitivo; si en el siglo XVIII la disyuntiva era
la industria o el campo, los acuerdos de paz priorizan hoy el segundo, y la “izquierda”
propone sembrar aguacates, mientras el nuevo presidente basa su programa en la
economía naranja; si muchos granadinos querían que el rey de España viniera a
reinar aquí después de haber sigo derrocado por Napoleón, ocho millones de
colombianos casi eligen como presidente a un clon de Hugo Chávez.
Tan desorientados estaban los
españoles por nobles y curas que ignoraron la Ilustración y Revolución Francesa;
asimismo, nuestros antepasados de los primeros años del siglo siguiente no
sabían si defender al rey depuesto, los ideales monárquicos de Bolívar o el
mensaje liberador de Bonaparte.
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