viernes, 7 de septiembre de 2018

EL MITO DE LA "MERMELADA"



Los efectos ya están a la vista. El país avanza hacia la ausencia de gobernabilidad y a una crisis enorme como efectos colaterales de la campaña anticorrupción. Nos hemos vuelto más papistas que el papa gracias a las rabietas y a los ingenuos sofismas de la histérica de los Verdes. Lo políticamente correcto parece ser el mejor argumento de la oposición para bloquear el gobierno de Iván Duque con la colaboración de los señores de la Unidad Nacional heredada del gobierno Santos.

Es la misma experiencia que tuvimos que soportar en el primer gobierno de Álvaro Uribe cuando trató de imponer los concursos de méritos para la selección de los cargos públicos de alto rango; pero fracasó por las presiones de la casta política de manera tan abierta que vimos cómo entidades responsables de la economía se llenaron de burócratas irresponsables. No es el Presidente quien gobierna; es esa banda de delincuentes que elegimos en el Congreso.

Con su ingenuo eslogan de que en su gobierno no habrá mermelada, Duque designó para los principales cargos de su mandato a técnicos no contaminados por las componendas clientelistas. Eso alborotó al Congreso y creó el caos, no hay mayorías claras para aprobar los proyectos del gobierno y algunos partidos quieren imponer los propios, mientras Petro y Claudia se frotan las manos de satisfacción porque se empieza a cocinar su próxima elección en el 2022. El uribismo cayó en la trampa otra vez y pronto tendrá que empezar a repartir notarías, agencias estatales u puestos entre sus enemigos para que lo dejen gobernar. Sin mermelada no hay paraíso.

El principio de que debemos reducir la corrupción a sus justas proporciones explica muy bien mi posición.  Colombia es un país pobre en el que  desde antes de que lográramos la independencia los cargos públicos se vendían porque entonces como hoy el Estado era el principal proveedor de empleos. La señora que solo sabe barrer y el señor que solo sabe conducir un ascensor tienen, como última esperanza de subsistencia para su familia miserable, un cargo oficial y por eso tiene que vender su alma al traficante de las dignidades que es el líder político del barrio. Ese drama, repetido millones de veces, también es producto de la despreciable mermelada.

Si el congresista no tiene una nómina para pagar su clientela, perderá su curul y nadie votará por él. De allí que está dispuesto a jugar con el futuro de los colombianos si sus objetivos no se logran en un gobierno que quiere jugar a ser limpio. Ante este desafío, Duque tendrá que ceder en los próximos días y entregar las entidades oficiales al manejo rastrero del Partido de al U, los liberales y demás. Claudia y Petro seguirán frotando sus manos de felicidad porque el pueblo ignorante los considerará sus redentores. ¡¿Cómo es posible tanta...?!



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