sábado, 13 de octubre de 2018

FILOSOFÍA PARA TODOS III


El significado y el significante


Esta es la tercera parte de un escrito que titulé inicialmente “Filosofía para todos” y que luego llamé “la presencia”. Comentaba que entre el pueblo de Israel en diáspora surgió la cábala o una nueva forma de interpretar la Torá o lo que en nuestra Biblia llamamos el Pentateuco, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Los judíos vivían en guetos en las distintas ciudades cristianas de Europa, en el siglo XIII, cuando fueron denunciados los comentarios que sus eruditos habían hecho en el libro del Talmud y en las interpretaciones de la cábala aparecida en esos años. La Iglesia ordenó la incautación y quema de tales libros por considerarlos heréticos. No se podía buscar un nuevo significado para las palabras de la Biblia distinto al que la Iglesia de Roma había establecido.  El libro no autorizado por Roma se llamó “el hereje mudo”.

Pero pronto aparecieron sacerdotes y líderes cristianos que cuestionaban las doctrinas de la Iglesia, convencidos de que cada palabra o significante de los textos sagrados permitía otros significados u otras interpretaciones, de tal forma que era imposible determinar un significado o un sentido último de cada palabra. El significante no se dejaba agarrar o reducir a un solo sentido. Esta situación interna del cristianismo llegó a su pleno desarrollo con la Reforma protestante en el siglo XVI. Lutero y sus seguidores establecieron que la palabra de Dios tiene un significado personal para cada creyente y que no era necesaria la autoridad de la Iglesia para entender el mensaje.  

De la primacía del significado establecido por el poder del rey y del papa pasó occidente a la primacía del significante. Comenzaba la era moderna. Si la palabra de Dios era diferente para cada ser humano, el fin de la Iglesia y del poder del rey era cuestión de tiempo. Ya se anunciaba la democracia, la libertad de pensamiento, la igualdad de todos los seres humanos, el surgimiento de la ciencia. Ya todo estaba dado para una revolución del significante.

Fueron necesarios los avances científicos del siglo XX y los logros de la lingüística o de la semiología para que se completara la denuncia de la vieja filosofía u ontología y de la mitología de “la presencia”. El logocentrismo o metafísica del ser nos había engañado; ningún pueblo tiene el secreto de la verdad o de Dios y por eso se reveló la ilusión del etnocentrismo; el falocentrismo, el lenguaje de los machos para esclavizar a las mujeres, mostraba su aberración. La verdad no está en el principio; no hay un centro o referente del discurso; el significante no está amarrado a un significado; no hay sentido.

Es muy curioso que dos judíos, Jaques Derrida y Emmanuel Levinas, hayan sido dos de lo principales artífices de la crítica a todo el pensamiento occidental. El segundo cambiará la filosofía del logos por la ética del Otro; pero es otro cuento.




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