El significado y el significante
Esta es la tercera parte de un
escrito que titulé inicialmente “Filosofía para todos” y que luego llamé “la
presencia”. Comentaba que entre el pueblo de Israel en diáspora surgió la
cábala o una nueva forma de interpretar la Torá o lo que en nuestra Biblia
llamamos el Pentateuco, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Los
judíos vivían en guetos en las distintas ciudades cristianas de Europa, en el
siglo XIII, cuando fueron denunciados los comentarios que sus eruditos habían
hecho en el libro del Talmud y en las interpretaciones de la cábala aparecida
en esos años. La Iglesia ordenó la incautación y quema de tales libros por
considerarlos heréticos. No se podía buscar un nuevo significado para las
palabras de la Biblia distinto al que la Iglesia de Roma había
establecido. El libro no autorizado por
Roma se llamó “el hereje mudo”.
Pero pronto aparecieron sacerdotes y
líderes cristianos que cuestionaban las doctrinas de la Iglesia, convencidos de
que cada palabra o significante de los textos sagrados permitía otros
significados u otras interpretaciones, de tal forma que era imposible
determinar un significado o un sentido último de cada palabra. El significante
no se dejaba agarrar o reducir a un solo sentido. Esta situación interna del
cristianismo llegó a su pleno desarrollo con la Reforma protestante en el siglo
XVI. Lutero y sus seguidores establecieron que la palabra de Dios tiene un
significado personal para cada creyente y que no era necesaria la autoridad de
la Iglesia para entender el mensaje.
De la primacía del significado
establecido por el poder del rey y del papa pasó occidente a la primacía del
significante. Comenzaba la era moderna. Si la palabra de Dios era diferente
para cada ser humano, el fin de la Iglesia y del poder del rey era cuestión de
tiempo. Ya se anunciaba la democracia, la libertad de pensamiento, la igualdad
de todos los seres humanos, el surgimiento de la ciencia. Ya todo estaba dado
para una revolución del significante.
Fueron necesarios los avances
científicos del siglo XX y los logros de la lingüística o de la semiología para
que se completara la denuncia de la vieja filosofía u ontología y de la
mitología de “la presencia”. El logocentrismo o metafísica del ser nos había
engañado; ningún pueblo tiene el secreto de la verdad o de Dios y por eso se reveló
la ilusión del etnocentrismo; el falocentrismo, el lenguaje de los machos para
esclavizar a las mujeres, mostraba su aberración. La verdad no está en el
principio; no hay un centro o referente del discurso; el significante no está
amarrado a un significado; no hay sentido.
Es muy curioso que dos judíos, Jaques
Derrida y Emmanuel Levinas, hayan sido dos de lo principales artífices de la
crítica a todo el pensamiento occidental. El segundo cambiará la filosofía del
logos por la ética del Otro; pero es otro cuento.
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