En 1930 apareció en París un profesor
ruso, Alexander Kojéve, dispuesto a enseñarles a los franceses los
planteamientos filosóficos de un alemán activo por allá en el 1800, Federico
Hegel. Entre sus discípulos se encontraban algunos de los futuros genios del
pensamiento europeo de gran influencia en todo el mundo.
Un norteamericano de origen japonés,
Francis Fukuyama, quien había estudiado en París las ideas de Hegel y Kojéve,
publicó en 1991 el texto El fin de la
historia y el último hombre. Con el fracaso del marxismo, no quedaba otra
alternativa para la humanidad que la democracia y liberal y el capitalismo como
mejor forma de reconocimiento a todo ser humano. Pues si algo caracteriza al
ser humano, o su deseo fundamental, es ser reconocido o aceptado por los otros,
y ningún otro sistema podría satisfacerlo. Como es obvio, la izquierda se opuso
a semejante conclusión porque, para ella, el fin de la historia era otro, como
también para las religiones monoteístas.
Cuando Fukuyama estudiaba en París,
el movimiento filosófico que predominaba era el estructuralismo; entre sus
principales impulsores estaban el marxista Louis Althusser, Michel Foucault, el
psicoanalista Jaques Lacan, el etnólogo Claude Levi-Strauss y Roland Barthes,
entre otros.
El estructuralismo es una aplicación
de la lingüística y la semiología a la reflexión sobre el hombre dado que toda
relación humana puede ser reducida a una relación de sentido. El lenguaje es la
prisión del hombre; la razón está estructurada como un lenguaje; vivimos en una
dimensión simbólica de la que no podemos escapar; el juego de significados y
significantes nos determina y define.
Así como cada palabra o fonema
(unidad básica del lenguaje) se determina por su relación o diferencias con los
otros elementos del discurso, el individuo o cada ser humano se define por el
lugar que ocupa en la estructura social, familiar, política y económica, o por
las relaciones o diferencias con los otros elementos de la estructura. El
sujeto humano como entidad autónoma o como esencia o como ser único e
irrepetible no existe. Cada uno es parte de un engranaje o una pieza de un
rompecabezas o una palabra en un párrafo. Y es solo eso.
Como siempre pasa, a cada movimiento
filosófico el sigue otro que llega para destruirlo. En un texto, que el francés
Michel Onfray escribió el año pasado y se tradujo al español en junio de este
año, intenta ridiculizar al estructuralismo. “Este es el sentido del
antihumanismo estructuralista: el hombre ha sido expulsado del mundo, que ya no
está constituido sino por estructuras. Ya no hay obrero explotado por su
patrón, ya no hay mujer golpeada por su marido violento, ya no hay niños
sometidos a la sexualidad de un pedófilo (…) solo hay relaciones invisibles,
estructuras indefinibles (…) Lo real se ha disuelto. Al menos en los libros”
(Decadencia, 2018, editorial Paidós)
“Nunca antes el nihilismo filosófico había
llegado tan lejos” (ibidem)
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