Hace unos años intenté en mi columna
de prensa una introducción a la lingüística.
Para regresar a ese cuento, debemos recordar que lo real no es lo que
está frente a nuestros sentidos, según nos han enseñado la física moderna desde
principios del siglo pasado; que nuestra mente tiene una manera de conocer que
modifica, construye u organiza las sensaciones que nos llegan del mundo
exterior. Para comprenderlo debemos imaginar nuestro paisaje externo antes de
que existiera una mente humana capaz de conocerlo y traducirlo en palabras. Ese
mundo prehumano sería como el que nos describe la física cuántica: un mundo de
energías y corpúsculos sin colores, sin formas, sin olores y sin sonidos,
porque estos últimos aparecieron cuando surgió un cerebro humano capaz de
definirlos.
Para ordenar ese mundo caótico de lo
real nuestra mente tiene un registro que se conoce como simbólico o, lo que es
igual, el registro de las palabras o del lenguaje articulado. Si bien, los animales tienen un lenguaje, el
nuestro es articulado, distinto al de ellos, que nos permite interpretar o leer
la realidad de una manera lógica o con sentido. De allí que cuando un paciente
llega a una clínica diciendo que es Napoleón Bonaparte y que va a acabar con
los corruptos, el médico dirá: “tiene una falla en el registro simbólico”. Es la misma experiencia que alguna vez hemos
tenido cuando despertamos en una finca después de una fiesta o en el hotel de
otro país. En el momento no sabemos dónde estamos (falla del registro
simbólico), pero pronto recordamos y ordenamos la película, nuestro tiempo y
nuestro espacio.
Hay otro registro necesario para
conformar nuestra mente y nuestra realidad. Es el imaginario. Este completa
nuestro mundo y es el responsable de nuestras ilusiones, sentimientos, sueños y
utopías; si no fuera para este registro, en el “otro” humano solo veríamos un
conjunto de músculos, tendones, órganos y desechos. Gracias al imaginario, el
otro es el objeto de mi deseo o el motivo de mi odio.
Nuestra realidad humana se constituye,
pues, por medio de tres registros: lo real, lo imaginario y lo simbólico. El
proceso a través del cual ingresamos a ese mundo de lo simbólico se da en los
primeros años de vida en el drama de encuentros y desencuentros con los otros,
con mi madre y mi padre o con quienes cumplan tales funciones.
Decía el psicoanalista Jacques Lacan:
“Lo que es demasiado traumático para quedar integrado en los simbólico regresa
a lo real como construcción paranoica”. Pensemos en el trauma de Petro al no
poder llegar a la presidencia después de obtener ocho millones de votos que
jamás imaginó. Después de las elecciones
no ha expresado una sola idea sensata o positiva; ataca, insulta, calumnia, ve
enemigos por todas partes. “Tiene una falla en lo simbólico”, diría el
psicoanalista. Está paranoico.
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