En secundaria nos enseñaban que el
problema que más inquietaba a los filósofos era el de la relación sujeto-objeto
y de la forma como nuestra mente conocía la realidad. Por influencias
religiosas y de la filosofía escolástica, se nos enseñaba que la verdad era la
concordancia o proximidad que existía entre nuestra idea y la realidad o el
objeto. Esa perspectiva ingenua o
elemental, precientífica todavía se mantiene en las discusiones que tenemos en
las redes sociales.
Desde finales del siglo XVIII con
pensadores como Emmanuel Kant y F. Hegel todo ese cuento cambió y se nos mostró
con la mente no es como una cámara fotográfica que capta la realidad, sino que
es activa o crea su propia realidad. En otras palabras, nuestra manera de
conocer, las posibilidades de nuestros sentidos y nuestras categorías o
estructuras cerebrales solo nos permitían llegar a la realidad de una manera
muy limitada y acomodada.
Luego aparecieron los maestros de la
sospecha, como Marx, Freud y Nietzsche, que mostraron que, además, nuestra
visión del mundo y de nosotros mismos estaba supeditada a nuestras relaciones
con la economía o materia, con los conflictos del inconsciente y las
arbitrariedades del lenguaje. Estábamos tan equivocados, que el edificio creado
por la humanidad hasta entonces empezó a derrumbarse, Dios fue declarado muerto
y comenzamos el siglo XX sin saber qué camino tomar.
Los filósofos decidieron cuestionar
el conocimiento científico y buscar una opción para que la filosofía siguiera
existiendo al principio del siglo XX, en el momento en que la teoría de la
relatividad y la mecánica cuántica tomaban la delantera. Un genio alemán, llamado Edmund Husserl,
encontró la salida con lo que se llamó la fenomenología. Se trataba de volver a
las cosas mismas, a todos los matices y aspectos que ellas tienen y que eran
ignorados por los científicos, siempre dedicados a aspectos parciales de las
mismas.
De manera simultánea, un enfoque
lingüístico o semiológico empezó a predominar en las ciencias sociales y en la
filosofía. Descubrimos que entre nuestras ideas y las cosas estaban las
palabras; que el lenguaje es como una prisión en la que vivimos; que los
filósofos jugaban con el lenguaje pero que la realidad misma nos era esquiva;
que toda relación humana se reducía a una relación simbólica o de juegos del
significante con el significado; que, en fin, no hay sujeto ni hay objeto:
ambos eran creaciones de la mente.
Pero faltaba lo mejor y más loco. A
finales del siglo XX algunos pensadores empezaron a cuestionar toda la
filosofía o cultura de occidente. Llevábamos 25 siglos de equivocaciones. Tanto
la filosofía desde los griegos como la religión desde los hebreos tenían un
soporte falso y, lo que es peor, ese discurso o ese lenguaje ha generado guerras,
abusos del poder, discriminaciones, el Holocausto, el nazismo, el marxismo…
(Continuará)
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