Viajar por en Europa en uno de esos
planes baratos es una oportunidad para cuestionarnos a nosotros mismos y,
también, para escudriñar la opinión que las guías españolas o tal vez todos los
europeos tienen de los latinoamericanos en materia cultural.
En Madrid, por ejemplo, nos señalaron
el edificio de donde se arrojó la bomba que por poco le quita la vida al rey
Alfonso XIII y, una cuadra más adelante, el edificio donde probablemente estuvo
encarcelado el rey de Francia, Francisco II. Entonces me pregunté por qué no se
ampliaba la información: si era por la velocidad de esos paseos, porque la guía
suponía que todos sabíamos de las circunstancias de esos hechos o simplemente
se pensaba que a esos “pobres indiecitos” no les importa la historia.
Ya en Alemania sucedió algo más
desconcertante. Mientras tomaba un café con la guía le pregunté por qué no
había dedicado una parte de sus comentarios al evento tan importante de la
Reforma protestante con motivo de sus 500 años. “Ya lo hice”, me contestó sin
disimular cierto fastidio. “Cierto -le contesté- pero solo hablaste un minuto”.
“Es suficiente”, me dijo.
Luego, dedicó la guía más de media
hora a contarnos los chismes y desamores de Isabel de Baviera, mejor conocida
como Sissi, esposa del emperador de Austria Hungría, Francisco José, de la
dinastía de los Habsburgo. Recordemos que la historia de la neurótica y enferma
Sissi se desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX, después de revolución de
1848 que marcó el principio del fin de las monarquías europeas. Sin embargo, de
aquello nada se dijo. Entonces empecé a dudar de la preparación de estas
señoras.
Estuve a punto de parar el bus para
bajarme cuando la guía, una italiana, nos informaba que estábamos pasando por
el campo de Fiori en Roma. Quería rendir un homenaje a Giordano Bruno, llevado
a la hoguera allí mismo por la Inquisición en el año 1600; también quería
recordar la tragedia del pueblo judío cuando en esa misma plaza fueron quemados
en el siglo XIII sus libros sagrados, como el Talmud y los textos de la cábala,
porque contenían doctrinas que no se acomodaban a los dogmas católicos. Los
libros eran “los herejes mudos” entonces
En Venecia sucedió un episodio muy
desagradable. La guía italiana explicaba los orígenes de la devoción al
evangelista san Marcos que da nombre a la plaza. “Debe ser una leyenda porque
no se sabe quién o quiénes escribieron los evangelios”, comenté. “Es la fe,
señor”, dijo la señora elevando su voz sin ocultar su fastidio.
Fuera de algunas referencias a los estilos
arquitectónicos y a las obras de arte en los museos, la información histórica
es escasa. Las guías europeas prefieren hablarnos del caníbal de Rotemburgo que
de nuestras raíces culturales. Algo está fallando en las agencias de viaje.
Tendré que viajar con Diana Uribe
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