Toda mi vida he guardado cierta
bronca a los personajes que se autodenominan “intelectuales”, que también se
aplican el remoquete de “progresistas” y presumen ser los paladines de la
humanidad, los mejores, los especiales, a quienes el resto debemos escuchar y
seguir con devoción. Con frecuencia leemos sus comunicados en los medios; pero
si examinamos la lista, constatamos que son literatos, artistas, actores,
profesores universitarios y estudiosos de las ciencias sociales, entre otros.
Casi nunca aparecen auténticos científicos en el grupo.
Son defensores de lo políticamente
correcto o de los postulados de la izquierda, como también admiradores de
líderes políticos ignorantes como el chofer de bus venezolano, Evo-que-no-lee o
el genocida dictador de Nicaragua.
Aunque se llaman “progresistas” todos ellos odian el progreso. Desprecian la sociedad burguesa y el dinero,
pero casi todos disfrutan de enormes ingresos.
Aunque se llaman intelectuales,
desprecian los logros de la ciencia y viven convencidos de que su ideología
resolverá los problemas de la humanidad a pesar de que en ningún país ha dado
resultados positivos importantes y, por el contrario, solo ha generado
hambrunas, injusticia y fracasos. Tienen
una inclinación especial a cuanta teoría de la conspiración se les ocurre y son
los maestros del resentimiento y de la mala fe. No tienen ninguna moral a la
hora de imponer sus convicciones.
Otro calificativo que los identifica
es el de “alternativos” como si llevar la contraria a todos los logros humanos
fuera su bandera. Son los obsesivos de la contracultura. Prefieren la
acupuntura y la fitoterapia a la medicina convencional; les repugna el
tratamiento penitenciario que la sociedad da a los criminales y, más bien,
proponen un derecho penal alternativo, con penas irrisorias como los aplicadas
por Santos a los crímenes de lesa humanidad de las FARC. Claro que todo eso es de dientes para afuera
porque cundo sienten el dolor opresivo precordial corren a pagar la mejor
clínica de la ciudad y, cuando se ven involucrados en procesos penales,
exageran el debido proceso que no reconocen a sus adversarios.
Todos ellos han sabido aprovechar las
oportunidades que ofrece nuestra maltrecha democracia y han convertido su actividad
en un lucrativo negocio. Revistas, periódicos, canales de televisión,
noticieros, fundaciones humanitarias, organizaciones no gubernamentales han
sido una excelente oportunidad para enriquecer a estos negociantes de la
fatalidad y el resentimiento. En un país con tantas falencias e injusticias,
con la tradición religiosa que todo lo espera de la Divina Providencia o de los
subsidios del Estado, hacer contracultura vende.
Como es muy fácil identificar los
especímenes locales del resentimiento, señalaré los pensadores extranjeros que
han inspirado a nuestros intelectuales de la revolución: Carlos Marx, Mao
Zedong, Marcuse, Foucault, Nietzsche, Sartre, Eduardo Galeano, Noam Chomsky,
Piketty, Stiglitz y todos los profetas de los desastres ecológicos, entre
otros. Algunos de ellos son conocidos
como los maestros de la sospecha, calificativo perfectamente aplicable a
nuestro “intelectuales” colombianos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario