Si en las elecciones presidenciales
de este año, más de ocho millones de colombianos se mostraron partidarios de
una eventual dictadura soportada en el Foro de Sao Paulo y amiga de los
regímenes de Maduro, Ortega y Lula, entre otros, es completamente comprensible
que la mayor parte de nuestros antepasados, con un 48 por ciento indígenas y un
25 por ciento de mestizos, apoyara el restablecimiento de la monarquía española
ante la incertidumbre de un nuevo régimen controlado por una minoría de
criollos o hijos ricos de españoles, en los tiempos de lo que se llamó, sin
justificación, “la patria boba”.
De la misma forma, podemos establecer
analogías con la actual situación fiscal del país y la reacción de la población
humilde al anuncio de nuevos impuestos con los eventos que desencadenaron la
rebelión de los comuneros de Charalá y Socorro por allá en 1781. Para ello,
debemos recordar que los asesores del rey de España, Carlos III (1759 – 1788),
habían iniciado una serie de reformas tomadas de los pensadores de la
Ilustración que en materia tributaria habían producido muy buenos resultados en
la economía de la colonia mexicana.
La reforma tributaria, como decimos
hoy, creaba varios impuestos y el monopolio de la metrópoli sobre el negocio
del aguardiente y el tabaco, lo que obviamente disgustó a quienes hoy llamamos
santandereanos, grandes productores de tabaco. Era una rebelión de los ricos
contra España. Como sucede hoy, los acuerdos de paz se acompañaron de
decisiones bajo la mesa, aunque entre los negociadores no había ningún tahúr
aspirante al premio Nobel que no existía. Como los paramilitares de hoy, las
autoridades españolas descuartizaron a los líderes de la revuelta.
Si usted quiere más reflexiones sobre
nuestra historia, preguntemos por el momento en que se oficializó la
“mermelada” y los efectos que produjo. La asamblea constituyente de 1910 buscó
mecanismos para detener la eterna guerra entre liberales y conservadores y
estableció la representación proporcional de los partidos, que luego se
reglamentó y ordenó dar un tercio de las curules al partido minoritario. La “mermelada” logró carta de ciudadanía y
trajo como consecuencia lógica la paz entre los partidos hasta 1948. Cuando la
“mermelada” alcanzó rango constitucional, se acabaron las guerras civiles. Tal vez en eso estaba pensando el
expresidente Santos cuando llamó a las FARC para que se quedaran con una buena
porción de mermelada (impunidad, curules en el Congreso, la JEP y una reforma
rural que les garantiza el control de los campesinos) a cambio de que
entregaran sus armas.
En las postrimerías del siglo XIX
apareció Rafael Núñez, como una encarnación anterior de Álvaro Uribe, un liberal
que se volvió godo y logró un acuerdo entre los liberales moderados y los
conservadores para tomarse el poder no solo con un articulito sino con la nueva
Constitución Nacional de 1886.
Todo colombiano debe leer la Historia
Mínima de Colombia, de Jorge Orlando Melo.
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