sábado, 11 de agosto de 2018

UN GODO VERGONZANTE



En una conversación informal con tres chicas jóvenes quedé sorprendido porque dos de ellas desconocían que la expresión “godo” era usada de manera despectiva por los liberales para referirse a los miembros del Partido Conservador, y que estos llamaban a aquellos “cachiporros”.  Por otro lado, se llamaban “ricos vergonzantes” a quienes perdían su fortuna o quebraban, pero se sentían humillados si recurrían a la caridad pública.

En este contexto, “godo vergonzante” es aquel que se siente deshonrado si es catalogado como tal y asume una posición liberal o marxista. Desde mediados del siglo pasado, cuando la izquierda tomó posesión de las universidades públicas y ser comunista era lo caché, lo in o lo culto, cualquier pendejo que leía el librito rojo de Mao o el Qué hacer de Lenin se apuntaba en la nueva onda.  Hasta los liberales sintieron vergüenza de llamarse así, a secas, y se agregaron el remoquete “de izquierda”.

El profesor Mauricio García Villegas se revela en su libro El orden de la libertad como un caso típico de godo vergonzante. Creció en una familia católica, antioqueña, tradicionalista, pero con motivo de la muerte trágica de su padre escribe el libro para demostrarse a sí mismo que es de izquierda, aunque su texto es redactado en “modo mamerto” con el mismo esquema mental o las categorías de cualquier conservador. Tal vez, nadie es tan reaccionario y conservador como un comunista. Su ideología es una versión laica o inmanente del cristianismo.

El libro empieza muy bien rindiendo un homenaje al padre muerto, al portador y símbolo de la ley, para tratar de buscar, como abogado que es García Villegas, los motivos que llevan a los colombianos a desconocer las normas sociales y jurídicas.  Además, hace una interesante recopilación de datos históricos sobre nuestros orígenes españoles e indígenas para escudriñar por allí la genealogía de nuestro incumplimiento.

Sin duda, lo más significativo del libro es la clave que nos da no solo para analizar el texto mismo, sino también la mayor parte de la ideología de izquierda, tan frecuente en nuestros columnistas de todo el país como en las tribunas políticas. Me refiero al “sesgo de confirmación”, definido como “la tendencia que tenemos a defender la información que apoya nuestras creencias”. Todo el libro utiliza ese sesgo.

Sus fuentes son filósofos, poetas, literatos y las enseñanzas de papá o los abuelos; pero no hay referencias al foro de Sao Paulo o a Antonio Gramsci. Es el juego de las palabras, la acomodación simplista y apresurada de las causas; es la teoría basada en las anécdotas, donde gozan de igual jerarquía una frase de Platón y lo que me dijo una amiga francesa. Es un libro para ratificar la ideología del autor, a veces conservadora y otras, contestataria. Es la voz de un godo vergonzante que piensa como el exprocurador Ordoñez y se cree el Che Guevara.

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