Se conoce
como el “narcisismo de las minorías” esa tendencia derrochada por estos grupos
a creerse mejores que el resto de los ciudadanos, sobre todo después de que el
avance de la democracia reconoce sus legítimos derechos y de que los “otros”
les devuelven su dignidad. Eso explica,
por ejemplo, que algunos grupos indígenas colombianos no reconozcan escrituras
de tierras anteriores a 1492 o que ahora los homosexuales nos traten, a quienes
cuestionamos las guías del Gina o las perversas cartillas de Petro, como
ignorantes o fundamentalistas.
En este
contexto conviene recordar que las enseñanzas más importantes las transmitimos
a los hijos de forma inconsciente.
Ningún padre prohíbe a sus hijos varones “tocar” o “mirar” a sus
hermanas o a su madre, como tampoco enamorarse de ellas, y, al contrario, a las
hijas. El muchacho y la muchacha saben,
sin que nadie se los haya dicho, que deben buscar pareja en otra familia,
aunque a veces, muy pocas, esa pareja sea del mismo sexo.
En términos
de la Etnología, esa tendencia a buscar pareja en otra tribu o en otra familia,
con una identidad sexual ya definida generalmente en el seno familiar, se llama
el tabú del Incesto, base o fundamento de nuestra organización social. El psicoanálisis llama al mismo fenómeno
Complejo o estructura de Edipo porque en ese encuentro madre-hijo-padre, no
solo se define el deseo sexual o la identidad sexual de los hijos, sino que,
además, se fija en la mente de estos la norma de normas, la prohibición del
incesto. ¿Por qué esa ley es el
fundamento de toda sociedad humana?
Porque el matrimonio entre tribus, o el intercambio de mujeres, inició
el proceso de intercambio de palabras, de mercancías y de dioses necesario para
que la sociedad se constituyera. Ese
intercambio de mujeres o de machos también pude entenderse como una donación
mutua.
De manera,
pues, que la educación consciente dada por los mayores en nada incide sobre la
tendencia sexual o la identidad de género, aunque sí podría ser dañina en la
medida en que tales enseñanzas puedan confundir al muchacho que está
elaborando, de manera inconsciente, si le gustan los hombres, las mujeres o
ambos grupos. En este caso el problema
no es del chico o la chica sino de las tendencias más o menos perversas del
educador. Es decir, usted no puede, bajo ninguna
circunstancia, meterse en la intimidad del niño ni siquiera para mostrarle el
catálogo de aberraciones o posibilidades que la sexualidad ofrece en la
sociedad actual. Eso no es enseñarle a ser libre; es violar su derecho a la
intimidad y a elaborar un proceso que algunas veces termina después de muchos
años.
Así como
veganos, animalistas, ecologistas y mamertos quieren imponer sus respectivas
ideologías, los homosexuales y similares quieren convertir su problema
emocional en un conflicto de cada niño con la ilusión sin fundamento de que la
educación sexual es posible. Es el narcisismo de las minorías.
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