Las explicaciones fáciles e
irresponsables de los fenómenos sociales siguen a la orden del día, tal como lo
denuncié en la columna sobre la falta de criterios científicos entre los
colombianos y no solo en las redes sociales. Cada cual, de acuerdo con su
ideología o su ignorancia, se apresura a dar la sentencia última sobre la
masacre infame que afecta a centenares de ciudadanos que de una u otra forma
intentan abrirles caminos a la paz y a la democracia en zonas controladas por
la barbarie.
Eso nos lleva a pensar que uno de los
determinantes de los asesinatos de líderes sociales es la ingenuidad de quienes
creen que la paz ya está aquí, y que no traerá ninguna consecuencia para los
líderes la lucha por los derechos de los desplazados y el medio ambiente o contra
la minería ilegal y los cultivos de coca.
Hay en esta masacre muchas otras hipótesis que cada cual aprovecha, como
pesca en río revuelto, para obtener sucios beneficios políticos o electoreros.
Otro aspecto interesante del
problema, ya discutido por otros columnistas, son los efectos colaterales de
las políticas del Gobierno que merecen la atención de la academia y de los
historiadores para que todos entendamos mejor lo que sucede. Desde cuando el
presidente Santos y su equipo, en el marco de las discusiones de La Habana, se
apresuraron a aceptar la petición de organizaciones campesinas, en paro y
controladas por criminales, de suspender la aspersión aérea de la coca, nos
invadieron los cultivos con el consiguiente daño ecológico que apenas ahora se
denuncia.
También, en nombre del “bien supremo
de la Paz”, se prometieron muchos millones de pesos por cada cultivo de
coca. Se intensificó el daño ambiental, se
incrementaron los ilícitos y desaparecieron las posibilidades de la paz en las
zonas de influencia guerrillera. Con la mano izquierda Santos borraba lo bueno
que había escrito con la derecha. El Estado premiaba el narcotráfico para darles
gusto a las FARC.
La pregunta que surge es obvia:
¿hasta dónde los errores del Gobierno en su política de paz son determinantes
del asesinato de lideres sociales?
Aunque la respuesta es difícil, la relación mayor o menor no tiene
discusión. Quienes otorgaron el Nobel de Paz nunca pensaron que un mal acuerdo
con las FARC establecería los fundamentos de una nueva cadena de muertes y
violencia que esta vez no afecta a los “ricos” sino a los sectores deprimidos
convencidos de que las buenas intenciones son escudo suficiente contra las
balas.
No todos los miembros de las juntas
de acción comunal o de las organizaciones defensoras de los derechos humanos
son santos; en el pasado reciente se denunciaron milicianos y secuestradores
que pertenecían a aquellas instituciones respetables. Además, a nuestros
líderes comunales no los matan por motivos políticos, como era frecuente en el
pasado; ahora, por atentar contra los intereses económicos de los delincuentes.
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