En una entrevista que concedí
a Ángela María Villegas para un canal local de televisión en Pereira, prometí
la publicación de un libro basado en la historia de las religiones, en
particular sobre el judeocristianismo, impresionado como estaba por los
tremendos avances de la Arqueología en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, la publicación del libro ha sido
suspendida ante el desinterés de la comunidad en estos asuntos. En algunas personas, creyentes, existe un
verdadero terror para enfrentar nuevas propuestas que pongan en peligro su
frágil esquema mental; para otros, los
indiferentes, la cuestión religiosa es tema superado, aunque por lo general no
tienen mejor información que la recibida en el templo de su congregación o en
las clases de un maestro comunista.
Recuerdo la conversación con
un teólogo con motivo de una conferencia titulada “El oscuro Jesús de Nazaret”
que presenté hace unos años en la Cámara de Comercio. El hombre me llamó para insultarme antes de
la conferencia, convencido de que un ciudadano del común no tiene autoridad
para tratar de esos temas si no ha pasado, como él, por una facultad de
Teología y de que, sin duda, mi conferencia sería otra estupidez como El Código
Da Vinci. No me dio tiempo de contarle
que mi campo no era el teológico porque colgó el teléfono. Recibí luego la amable llamada de un
sacerdote, encantado de que un laico, profesional, estuviese interesado en
investigar sobre ese maravilloso personaje judío.
Entendí la grosería del
teólogo como expresión del miedo de los líderes de todas las religiones por la
publicación de las nuevas investigaciones en estos temas, que ellos conocen
pero maliciosamente ocultan a sus seguidores, o al menos eso es lo que dice el
Padre Alfonso Llano Escobar en su honesto libro Confesiones de Fe Crítica,
publicado en el 2008. En particular los
asusta textos como La Biblia Desenterrada del arqueólogo israelí Israel
Finkelstein, una denuncia muy bien fundamentada del carácter mitológico o
imaginario del Éxodo judío y de la mayor parte del Antiguo Testamento. No soportan que los colombianos conozcan los
estudios realizados desde el siglo XVII en Europa, especialmente en Alemania,
sobre los mitos contenidos en los evangelios.
Para los protestantes o
luteranos desde esos tiempos la fe es una relación directa con Dios, no
necesariamente mediada por las sagradas escrituras. Los pastores, sacerdotes y teólogos temen que
sus intereses se vean afectados cuando los feligreses se enteren de que los
misterios, como los llaman ellos, que celebramos en Navidad son meras ficciones
inventadas por los primeros cristianos unos sesenta años después de la muerte
de Cristo en los evangelios de Lucas y Mateo: Jesús no nació en Belén; no hubo
estrella, pastores ni reyes magos.
Tendré que esperar otros
tiempos para lanzar mi libro, cuando los ciudadanos no teman a la verdad y
decidan que nada es más importante que el sentido de la vida, asunto que hemos
entregado con marcada ingenuidad a la religión que conocimos en la infancia. No hay otro problema importante que el
suicidio, decía Albert Camus, para significar que la vida hay que tomarla en
serio.
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