Cuando Luis
Alfredo Garavito, alias La Bestia, El Loco, El Monje o El Cura, fue acusado de
violar y asesinar a más de 200 niños colombianos, se publicó en el periódico
del Sindicato del Seguro Social un artículo en el que se acusaba al Estado
colombiano de ser el responsable de esos crímenes con el argumento de que al
pobre Alfredito se le habían negado las oportunidades para dedicarse a otra
cosa y portarse bien. La nota, me
pareció, correspondía a esa “libertad” de que creen gozar los militantes de la
izquierda para expresar cualquier estupidez en nombre del Materialismo
Dialéctico pues, al fin y al cabo, el marxismo no es más que un juego de
metáforas, como muchas otras filosofías, según escribió Wittgenstein. Cualquier coronel venezolano acomplejado, el
“Mono Jojoy”, un chofer de bus sin universidad y hasta Evo que no lee tienen la
última palabra en la “ciencia” de los modos de producción y de la lucha de
clases.
La misma
lógica del sindicalista se tomó el cerebro del Alcalde de Cali cuando nos
propuso a todos los colombianos un acto de contrición perfecta y que le
pidiéramos perdón a las FARC porque nosotros, el Estado, le habíamos negado a
sus milicianos y guerrilleros la oportunidad de ganarse el salario mínimo en
otro negocio. Algunos columnistas mamertos
corrieron a celebrar semejante “genialidad” en medio de la euforia generalizada
porque la promesa se había cumplido, el mesías ya viene, y la paz, por fin, ha
sido anunciada con trompetas por los ángeles del Señor.
Mas no solo
los colombianos decimos pendejadas en los momentos de “efervescencia y
calor”. Después del genocidio judío de
la Segunda Guerra Mundial, algunos rabinos, intérpretes autorizados de la
palabra de Yahvé, legitimaron el comportamiento de los nazis como expresión de
la voluntad de Dios para castigar al sionismo y a quienes, entre los hebreos,
habían intentado adelantar la venida del Mesías. “El genocidio ha sido la obra de un Dios
Justo para salvar al pueblo de Israel”, se escuchaba en las sinagogas (Véase el
texto La edad de la nada, de Peter Watson).
Lo mismo dijeron el Alcalde de Cali y el sindicalista en otro contexto.
Al marxista, al rabino y al Alcalde no les
preocupa el método científico ni la concordancia de su discurso con la lógica o
la sensatez; por el contrario, ellos buscan impactar, impresionar o engañar a
la platea apelando a la ignorancia o a las pasiones más desenfrenadas cuando es
necesario. La retórica es la misma. Su semiología les permite todo en el juego de
las responsabilidades porque saben que nada produce mejores dividendos en la
audiencia, emocionada por la llegada de la paz o la salida de los campos de
concentración, que culpabilizar a la víctima. Para el Alcalde de Cali, las FARC
son el instrumento de Dios, como para el sindicalista, una metáfora de la
justicia social.
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