sábado, 9 de julio de 2016

EL EDIPO, UNA HISTORIA REAL



Por aquella época, la violencia desencadenada por la oligarquía entre el pueblo liberal y el pueblo conservador se encontraba en sus últimos capítulos.  La  situación de un inspector de policía liberal en una vereda conservadora de Marsella, en el departamento del Risaralda actual, implicaba tantos riesgos como los que conlleva ser defensor de los derechos humanos en nuestros tiempos.

Es por eso que Guillermo, un niño de apenas cinco años, hijo del inspector de policía, lo acompañaba siempre en sus rondas con la convicción absoluta de que no le sucedería nada a su padre mientras él estuviese a su lado.  “Déjeme ir con papá –rogaba a su madre—para que no lo maten”.  Hasta don Roque, el dueño de la tienda, salía presuroso a la puerta de su negocio para observar, tan complacido como todos los vecinos  de la única calle, al pequeño ángel guardián, quien con esporádicos trotecitos se  mantenía al paso del caballo, sobre el cual, todopoderoso, su padre simbolizaba la Ley para el pequeño y para todos los parroquianos.

Un día se quedó el chico en la finca de los abuelos para enloquecerlos con su candor y, como caso excepcional después de muchos  meses, no adornó la romería del agente estatal, acontecimiento que notaron don Roque y los lugareños.  Y sucedió lo que  el niño  temía: esa tarde el inspector fue asesinado, como si el infame agresor hubiese estado esperando la ausencia del angelito.

Mas la tragedia no terminó así.  Guillermito sufrió una súbita transformación: no reía, se aisló; un mutismo sobrecogedor se apoderó de él y ni siquiera los tirados que tanto le gustaban despertaron su interés.  El deseo de vivir se fue con su padre.  De vez en cuando se les escuchaban las que eran sus únicas palabras: “si yo hubiese estado con él no lo habrían matado…”

Una mañana, sus familiares escucharon un grito.  El niño convulsionaba y entró en coma; lo llevaron al hospital; hasta el señor cura intervino.  Antibióticos y oraciones  no pudieron conjurar el mal, pues los médicos del cuerpo y los curanderos del alma ignoraban el origen del maleficio que terminó con la vida del inocente.  Habían transcurrido seis semanas desde la partida del padre.  Corría el año de 1961.

Sólo la muerte puede purgar al parricida.  ¿Acaso hay alguna diferencia entre matar al padre y sentirse culpable de su muerte, así la vivencia sea inconsciente?


Nota: Los hechos narrados fueron reales.

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