Por aquella época, la
violencia desencadenada por la oligarquía entre el pueblo liberal y el pueblo
conservador se encontraba en sus últimos capítulos. La
situación de un inspector de policía liberal en una vereda conservadora
de Marsella, en el departamento del Risaralda actual, implicaba tantos riesgos
como los que conlleva ser defensor de los derechos humanos en nuestros tiempos.
Es por eso que Guillermo, un
niño de apenas cinco años, hijo del inspector de policía, lo acompañaba siempre
en sus rondas con la convicción absoluta de que no le sucedería nada a su padre
mientras él estuviese a su lado. “Déjeme
ir con papá –rogaba a su madre—para que no lo maten”. Hasta don Roque, el dueño de la tienda, salía
presuroso a la puerta de su negocio para observar, tan complacido como todos
los vecinos de la única calle, al
pequeño ángel guardián, quien con esporádicos trotecitos se mantenía al paso del caballo, sobre el cual, todopoderoso,
su padre simbolizaba la Ley para el pequeño y para todos los parroquianos.
Un día se quedó el chico en la
finca de los abuelos para enloquecerlos con su candor y, como caso excepcional
después de muchos meses, no adornó la
romería del agente estatal, acontecimiento que notaron don Roque y los
lugareños. Y sucedió lo que el niño
temía: esa tarde el inspector fue asesinado, como si el infame agresor
hubiese estado esperando la ausencia del angelito.
Mas la tragedia no terminó
así. Guillermito sufrió una súbita
transformación: no reía, se aisló; un mutismo sobrecogedor se apoderó de él y
ni siquiera los tirados que tanto le gustaban despertaron su interés. El deseo de vivir se fue con su padre. De vez en cuando se les escuchaban las que
eran sus únicas palabras: “si yo hubiese estado con él no lo habrían matado…”
Una mañana, sus familiares
escucharon un grito. El niño
convulsionaba y entró en coma; lo llevaron al hospital; hasta el señor cura
intervino. Antibióticos y oraciones no pudieron conjurar el mal, pues los médicos
del cuerpo y los curanderos del alma ignoraban el origen del maleficio que
terminó con la vida del inocente. Habían
transcurrido seis semanas desde la partida del padre. Corría el año de 1961.
Sólo la muerte puede purgar al
parricida. ¿Acaso hay alguna diferencia
entre matar al padre y sentirse culpable de su muerte, así la vivencia sea
inconsciente?
Nota: Los hechos narrados
fueron reales.
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