Aunque palabras como “edipo”,
“inconsciente”, “superyó”, “libido” o “madre simbólica” nada o casi nada
significan para la mayoría de los ciudadanos, constituyen elementos básicos de
la Teoría Psicoanalítica, propuesta en los primeros cuarenta años del siglo
pasado por Sigmund Freud, cuya influencia en el campo de las humanidades no
tiene discusión, en particular después de su revisión y modernización, en un
enfoque lingüístico o estructural, por grandes pensadores como el médico y
filósofo Jacques Lacan (1901-1981) o el profesor turco Cornelio Castoriadis (1922-
1997). En nuestro país, Estanislao
Zuleta (1935-1990) fue uno de los principales divulgadores del Psicoanálisis en
la versión lacaniana.
El aporte freudiano al estudio
del comportamiento humano puede simplificarse diciendo que demostró el
condicionamiento cultural o emocional del mismo, más allá de los determinantes
biológicos, sobre los que siempre se ha fundado la Psiquiatría o la Medicina. Un ejemplo nos puede aclarar el asunto. Antes del descubrimiento del Sildenafil o
Viagra, se pensaba que la mayor parte de los trastornos sexuales, como la
disfunción eréctil, se debían a factores psicológicos o no biológicos. Como ese medicamento benefició a la mayoría
de los hombres con ese problema, hoy se acepta que el condicionante físico y
orgánico es más importante de lo que creímos, a pesar de que la respuesta al
Sildenafil no significa necesariamente que la causa de la disfunción sea
biológica.
El Psicoanálisis postula que
hay enfermedades emocionales que se curan hablando, es decir, asociando
libremente las palabras que primero se nos vienen a la cabeza en presencia de
un analista sin necesidad de recurrir a medicamentos. Durante el último siglo ese tratamiento ha
funcionado para millones de pacientes en todo el mundo, como lo demuestran
estadísticas y estudios científicamente controlados. No obstante, vienen apareciendo en los
últimos años investigaciones que cuestionan a Freud por haber plagiado sus
teorías, mentido en los resultados de su tratamiento y proyectado en sus
análisis los propios conflictos emocionales.
Si la Antropología había
demostrado la universalidad del tabú del incesto, esa norma inconsciente que
lleva a los machos de la especie humana a buscar para reproducirse una hembra
distinta a su madre y sus hermanas, Freud quiso demostrar que en el desarrollo
del crío humano ese tabú actúa a través de una estructura o complejo,
padre-madre-hijo, llamado complejo de Edipo.
Ese nombre viene de la tragedia escrita por Sófocles en el siglo V antes
de Cristo, en la que el pobre Edipo termina, sin saberlo, casado con su propia
madre y asesinando a su padre. Ese
cuento es una metáfora, “el sueño de Freud”, como diría Lacan, pero explica, como
ninguna otra teoría, la aparición del
sujeto, de la consciencia de sí, en el niño, como lo demuestran los numerosos
casos de los “niños lobos”, esos niños que accidentalmente, antes de hablar,
pierden el contacto con sus familia para ser criados en la selva por una manada de animales, por lo que su
proceso de humanización queda frustrado.
Tales niños no hablan, no tienen conciencia de sí y no se tienen sexualidad como los niños humanos
normales. Sin una madre o sin una persona que desempeñe esa función (madre
simbólica) no hay conciencia de sí, no hay humanización del bebé. Hace pocos años se publicó el libro del
filósofo francés Michel Onfray, titulado “Freud. El Crepúsculo de un Ídolo”,
con un ataque demoledor contra Freud y sus teorías. Esperamos la respuesta de los
psicoanalistas. El debate promete ser
espectacular.
El asunto de los
condicionantes biológicos y/o culturales (simbólicos e imaginarios) del
comportamiento humano cobra actualidad con el lanzamiento del “viagra rosa” o
femenino, que apenas sí supera el efecto placebo. ¿Un negocio más?
No hay comentarios:
Publicar un comentario