Uno de los períodos más importantes
para conocer nuestras raíces culturales es el comprendido entre los últimos
años del siglo del siglo IV y el año 191 antes de Cristo, período del dominio
de Egipto sobre Judea o lo que luego se llamaría Palestina. Egipto era parte de los territorios
conquistados por el macedonio Alejandro Magno que fue gobernado después de su
muerte por la dinastía de Ptolomeo, uno de sus lugartenientes o generales. La capital de los nuevos faraones era
Alejandría.
Allí se encontraron por primera vez
la cultura griega --con su politeísmo, su biblioteca, su centro de estudio y su
gran desarrollo—y la cultura judía de la teocracia, la falocracia y la gerontocracia con su único Dios que bloqueaba
cualquier brote de crítica, historia, ciencia, arte o filosofía. Podemos imaginar el impacto producido por
Alejandría en los judíos venidos de Jerusalén en esos tiempos si lo comparamos
con el que reciben los migrantes del tercer mundo en Europa o Norteamérica.
A mediados del siglo III a. de C.,
Ptolomeo II logró reunir a 70 rabinos o expertos judíos para que tradujeran su
libro sagrado o Tora del hebreo al griego, idioma oficial de todo el imperio. Aunque en eso tiempos el analfabetismo era la
regla, por primera vez esos libros que nosotros conocemos como el Pentateuco
estuvieron al alcance de judíos y no judíos para hacer más rico el encuentro de
esos dos mundos.
Por aquella época, pocos años antes
del nacimiento de Jesús, y como una secuela de ese choque de culturas, aparece
el gnosticismo, la doctrina que postula que el conocimiento o gnosis, con sus
fórmulas secretas, es la vía adecuada para regresar a Dios o al cielo de donde
fuimos arrojados. Esta nueva corriente
religiosa aparece como interlocutor del judaísmo al que critica por considerar bueno
a Yahvé si el mundo está lleno de males y desgracias; el creador de este mundo
malo no puede ser el verdadero Dios.
Cuando en el escenario de la historia
aparece el cristianismo, los gnósticos concluyen que este nuevo Dios que envió
al Salvador sí es el verdadero, pero como el Cristo cósmico nunca pudo haber
encarnado, su pasión y resurrección no eran acontecimientos carnales sino una
representación celestial, tal como lo describen los evangelios apócrifos de la
Iglesia copta, descubiertos en el año 1945 en Nag Hammadi en Egipto. De ese sincretismo judaísmo-helenismo-gnosis
nació nuestra cultura. (Continuará)
No hay comentarios:
Publicar un comentario