domingo, 10 de julio de 2016

DE LA GNOSIS A LA ECOLOGÍA



Uno de los períodos más importantes para conocer nuestras raíces culturales es el comprendido entre los últimos años del siglo del siglo IV y el año 191 antes de Cristo, período del dominio de Egipto sobre Judea o lo que luego se llamaría Palestina.  Egipto era parte de los territorios conquistados por el macedonio Alejandro Magno que fue gobernado después de su muerte por la dinastía de Ptolomeo, uno de sus lugartenientes o generales.  La capital de los nuevos faraones era Alejandría.
Allí se encontraron por primera vez la cultura griega --con su politeísmo, su biblioteca, su centro de estudio y su gran desarrollo—y la cultura judía de la teocracia, la falocracia y  la gerontocracia con su único Dios que bloqueaba cualquier brote de crítica, historia, ciencia, arte o filosofía.  Podemos imaginar el impacto producido por Alejandría en los judíos venidos de Jerusalén en esos tiempos si lo comparamos con el que reciben los migrantes del tercer mundo en Europa o Norteamérica.
A mediados del siglo III a. de C., Ptolomeo II logró reunir a 70 rabinos o expertos judíos para que tradujeran su libro sagrado o Tora del hebreo al griego, idioma oficial de todo el imperio.  Aunque en eso tiempos el analfabetismo era la regla, por primera vez esos libros que nosotros conocemos como el Pentateuco estuvieron al alcance de judíos y no judíos para hacer más rico el encuentro de esos dos mundos.
Por aquella época, pocos años antes del nacimiento de Jesús, y como una secuela de ese choque de culturas, aparece el gnosticismo, la doctrina que postula que el conocimiento o gnosis, con sus fórmulas secretas, es la vía adecuada para regresar a Dios o al cielo de donde fuimos arrojados.  Esta nueva corriente religiosa aparece como interlocutor del judaísmo al que critica por considerar bueno a Yahvé si el mundo está lleno de males y desgracias; el creador de este mundo malo no puede ser el verdadero Dios. 

Cuando en el escenario de la historia aparece el cristianismo, los gnósticos concluyen que este nuevo Dios que envió al Salvador sí es el verdadero, pero como el Cristo cósmico nunca pudo haber encarnado, su pasión y resurrección no eran acontecimientos carnales sino una representación celestial, tal como lo describen los evangelios apócrifos de la Iglesia copta, descubiertos en el año 1945 en Nag Hammadi en Egipto.  De ese sincretismo judaísmo-helenismo-gnosis nació nuestra cultura. (Continuará)

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