martes, 19 de julio de 2016

DE LA GNOSIS A LA ECOLOGÍA (II)



La gnosis es, pues, una visión religiosa, promete la salvación, concibe a Dios como ser trascendente y se basa en un dualismo radical (Dios-mundo, espíritu-materia, luz-tinieblas, cuerpo-alma, etc.)  Aunque los padres de la Iglesia católica intentaron tomar distancia de esa forma de resolver el temor a la muerte, los tres monoteísmos quedaron afectados por ese enfoque, en algunos casos de forma radical.  Es obvio, por ejemplo, que las cartas de Pablo y el evangelio de Juan se vieron influenciados por el dualismo gnóstico.
El teólogo protestante Rudolf Bultmann (1884 – 1976) analizó la influencia de la mitología del siglo I y concluyó que en el Nuevo Testamento encontramos el mensaje cristiano mezclado con la cosmogonía gnóstica y que, por tanto, debemos desmitologizar los evangelios para que la buena nueva sea aceptable para el hombre del siglo XX.  Como puede apreciar quien haya leído El Zelote, del profesor Reza Aslan, y otros estudios modernos sobre Jesús histórico, no le faltaba razón a Bultmann.
Sin embargo, la influencia de la gnosis no llegó a nuestro tiempo solo a través de la religión sino que también impregnó toda la filosofía y la cultura.  Así, por ejemplo, las dos corrientes de pensamiento, idealismo y materialismo, son  intentos por superar el dualismo pero suprimiendo uno de los dos polos: el materialismo ignora la consciencia; el existencialismo, como la gnosis, piensa que el hombre fue arrojado al mundo, pero nunca se preocupó por la naturaleza; también, como la gnosis, la tecnología desprecia la naturaleza con su explotación y destrucción del medio ambiente.
De esta forma ingresamos a la propuesta de Hans Jonas (1903 – 1993), el judío alemán, discípulo de Heidegger y Bultmann, que intenta una nueva filosofía para superar el dualismo gnóstico tomando como clave el ser viviente y estableciendo una nueva ética cuya norma fundamental es: “Obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de la vida humana auténtica sobre la tierra”.  Ese imperativo categórico arranca del miedo a las consecuencias irreversibles del progreso como la manipulación genética y la destrucción de nuestro hábitat.

Los críticos de Jonas proceden de: el marxismo, que sostenía el principio de utopía; de los utilitaristas, que ven en la crisis ecológica solo un momento pasajero que la ciencia resolverá; los existencialistas, que solo se preocupan por la angustia del individuo.  La “voluntad de poder” tiene límites; la ingenuidad de la utopía nos puede llevar a la catástrofe.  

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