La gnosis es, pues, una visión
religiosa, promete la salvación, concibe a Dios como ser trascendente y se basa
en un dualismo radical (Dios-mundo, espíritu-materia, luz-tinieblas,
cuerpo-alma, etc.) Aunque los padres de
la Iglesia católica intentaron tomar distancia de esa forma de resolver el
temor a la muerte, los tres monoteísmos quedaron afectados por ese enfoque, en
algunos casos de forma radical. Es
obvio, por ejemplo, que las cartas de Pablo y el evangelio de Juan se vieron
influenciados por el dualismo gnóstico.
El teólogo protestante Rudolf
Bultmann (1884 – 1976) analizó la influencia de la mitología del siglo I y
concluyó que en el Nuevo Testamento encontramos el mensaje cristiano mezclado
con la cosmogonía gnóstica y que, por tanto, debemos desmitologizar los
evangelios para que la buena nueva sea aceptable para el hombre del siglo
XX. Como puede apreciar quien haya leído
El Zelote, del profesor Reza Aslan, y otros estudios modernos sobre Jesús
histórico, no le faltaba razón a Bultmann.
Sin embargo, la influencia de la
gnosis no llegó a nuestro tiempo solo a través de la religión sino que también
impregnó toda la filosofía y la cultura.
Así, por ejemplo, las dos corrientes de pensamiento, idealismo y
materialismo, son intentos por superar
el dualismo pero suprimiendo uno de los dos polos: el materialismo ignora la
consciencia; el existencialismo, como la gnosis, piensa que el hombre fue
arrojado al mundo, pero nunca se preocupó por la naturaleza; también, como la
gnosis, la tecnología desprecia la naturaleza con su explotación y destrucción
del medio ambiente.
De esta forma ingresamos a la
propuesta de Hans Jonas (1903 – 1993), el judío alemán, discípulo de Heidegger
y Bultmann, que intenta una nueva filosofía para superar el dualismo gnóstico
tomando como clave el ser viviente y estableciendo una nueva ética cuya norma
fundamental es: “Obra de tal manera que los efectos de tu acción sean
compatibles con la permanencia de la vida humana auténtica sobre la tierra”. Ese imperativo categórico arranca del miedo a
las consecuencias irreversibles del progreso como la manipulación genética y la
destrucción de nuestro hábitat.
Los críticos de Jonas proceden de: el
marxismo, que sostenía el principio de utopía; de los utilitaristas, que ven en
la crisis ecológica solo un momento pasajero que la ciencia resolverá; los
existencialistas, que solo se preocupan por la angustia del individuo. La “voluntad de poder” tiene límites; la
ingenuidad de la utopía nos puede llevar a la catástrofe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario