No son nuevos los hallazgo arqueológicos en la tierra
de los filisteos. Son una prueba más de
los anacronismos de la Biblia, de sus mistificaciones y de la manera como se
usaban las leyendas para levantar el ánimo de un pueblo como el hebreo al que
todas las otras naciones le daban garrote.
Si los filisteos estaban más desarrollados y ya se
hallaban en la edad del Hierro cuando invadieron esas tierras cananeas,
mientras los hebreos apenas trabajaban con el bronce, estos se imaginaron el
cuento de la pelea del joven David y el enorme
Goliat. Y claro, ganó el enano.
Si los babilonios se maravillaban por sus magos y
adivinos, los israelitas se inventaron a Daniel, mucho mejor intérprete de los
sueños que el mismo Freud.
Como las mujeres persas eran bellísimas por su origen
ario, los racistas judíos crearon el mito de Ester, quien ganó un concurso de
belleza en todo el imperio para elegir la primera esposa del rey de reyes,
Jerjes, llamado Azuero en el libro sagrado.
La prueba para escoger a la futura reina no era una pregunta estúpida o
bien difícil hecha por animador negro y distraído, como se estila hoy, sino un
examen en la cama del mismo Jerjes.
Hasta para coger las judías son de lo mejor.
En fin, como había tantos dioses, los judíos pactaron
con el más poderoso, un dios volcánico que se emberracaba por cualquier
tontería y le daba por lanzar truenos y rayos, pero que tenía escrituras de
todo el planeta y les regaló unas tierras que nunca han sido suyas con pleno
derecho. Para que ningún otro dios les
tomará el pelo otra vez, los judíos se volvieron negociantes y se inventaron
las tasas de interés.
En la misma tónica llegaron los cristianos. Como a todos los dioses del Olimpo les
gustaban las terrícolas, su dios, en forma de paloma, muy parecida al
“palomino” de Santos, se le metió en la cama a una tal María y…
Moraleja: ¿por qué será que la gente acomplejada
siempre dice: “usted no sabe quién soy yo”? Deben ser judíos que se creen de mejor
familia.
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