Cuando en Colombia estamos llegando a seis millones de
mascotas, aproximadamente una por cada ocho habitantes, se radicalizan más las
campañas ecológicas contra las corridas de toros en un curioso fenómeno que
puede ser interpretado como una
regresión de la especie humana.
Para aclarar esa tesis es necesario recordar que lo
que me hace humano es la conciencia de mi mismo o mi identificación como sujeto y que, según el mito bíblico, venimos
de un estado de naturaleza o de animalidad en el que estábamos plenamente
asimilados a los instintos. En el
“paraíso”, antes de evolucionar, éramos como animales o nos identificábamos con
ellos.
Recordemos, además, la historia de los “niños lobos”,
de esos recién nacidos –más de sesenta reportados- que por alguna circunstancia especial, como
un accidente aéreo o el extravío en la
selva, terminaban criados por alguna manada como en el cuento de Tarzán. En todos esos casos, cuando el niño era
rescatado mostraba un comportamiento animal, le asustaban los humanos, no tenía
conciencia de sí mismo y no sentía
atracción sexual por un humano.
Esos “niños lobos” no habían estado en contacto con
una madre que les hubiera enseñado el camino de la conciencia. En los primeros años de vida llega un momento
en el que el niño exclama sin decir palabra alguna: “ese que tu ves, acaricias,
besas y te enloquece soy yo, mamá”. Así
nace la conciencia. Es el contacto
amoroso con otro humano lo que nos humaniza.
Pues bien, el ambientalista moderno mira su mascota y
parece decir: yo soy un perro. De todos
modos, la compañía del animal ha sustituido muchas veces a la del ser humano
por el fracaso frecuente de las relaciones amorosas. Cuando no puedo verme en el espejo de otro
humano o mi deseo no es respondido por el deseo del otro, queda la mascota como
refugio. De allí a gritar “yo soy un toro” no hay más que un paso.
La fiesta brava encuentra sus orígenes en las viejas
aristocracias que daban mucha importancia al goce de su condición humana y por
eso se identificaban con el torero que domina al animal. No puede haber dicha mayor que el reencuentro
con nosotros mismos o con ese destello de luz que muchos llaman espíritu. Ese es
el éxtasis sublime de la plaza de toros que el ecologista abrazado a su gatito
no puede entender. La Corte ha
sentenciado que la cultura taurina merece respeto.
Los animalistas tampoco han querido entender que los
días de la fiesta brava son contados y que en muy pocos años desaparecerá por
sustracción de materia. Mas que la
defensa moralista de la vida de los animales parece motivarlos un desprecio
patológico o neomamerto por los burgueses que disfrutan, como sus antepasados,
ese ritual de muerte y sublimación.
Nunca vimos a estos jóvenes fundamentalistas de la clase media
gritándoles “asesinos” a los
carretilleros que hasta ayer maltrataban a sus caballos.
Mi solidaridad con la señora Aura Lucía Mera,
columnista de El Espectador, víctima de una horda de animalistas.
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