martes, 19 de julio de 2016

EL ANIMALISMO ES UN NEOMAMERTISMO



Cuando en Colombia estamos llegando a seis millones de mascotas, aproximadamente una por cada ocho habitantes, se radicalizan más las campañas ecológicas contra las corridas de toros en un curioso fenómeno que puede ser interpretado como una  regresión de la especie humana.

Para aclarar esa tesis es necesario recordar que lo que me hace humano es la conciencia de mi mismo o  mi identificación  como sujeto y que, según el mito bíblico, venimos de un estado de naturaleza o de animalidad en el que estábamos plenamente asimilados a los instintos.  En el “paraíso”, antes de evolucionar, éramos como animales o nos identificábamos con ellos.

Recordemos, además, la historia de los “niños lobos”, de esos recién nacidos –más de sesenta reportados-  que por alguna circunstancia especial, como un accidente aéreo o  el extravío en la selva, terminaban criados por alguna manada como en el cuento de Tarzán.  En todos esos casos, cuando el niño era rescatado mostraba un comportamiento animal, le asustaban los humanos, no tenía conciencia de sí mismo  y no sentía atracción sexual por un humano.

Esos “niños lobos” no habían estado en contacto con una madre que les hubiera enseñado el camino de la conciencia.   En los primeros años de vida llega un momento en el que el niño exclama sin decir palabra alguna: “ese que tu ves, acaricias, besas y te enloquece soy yo, mamá”.  Así nace la conciencia.  Es el contacto amoroso con otro humano lo que nos humaniza.

Pues bien, el ambientalista moderno mira su mascota y parece decir: yo soy un perro.  De todos modos, la compañía del animal ha sustituido muchas veces a la del ser humano por el fracaso frecuente de las relaciones amorosas.   Cuando no puedo verme en el espejo de otro humano o mi deseo no es respondido por el deseo del otro, queda la mascota como refugio.  De allí a gritar  “yo soy un toro” no hay más que un paso.

La fiesta brava encuentra sus orígenes en las viejas aristocracias que daban mucha importancia al goce de su condición humana y por eso se identificaban con el torero que domina al animal.  No puede haber dicha mayor que el reencuentro con nosotros mismos o con ese destello de luz que muchos llaman espíritu.   Ese es el éxtasis sublime de la plaza de toros que el ecologista abrazado a su gatito no puede entender.  La Corte ha sentenciado que la cultura taurina merece respeto.

Los animalistas tampoco han querido entender que los días de la fiesta brava son contados y que en muy pocos años desaparecerá por sustracción de materia.  Mas que la defensa moralista de la vida de los animales parece motivarlos un desprecio patológico o neomamerto por los burgueses que disfrutan, como sus antepasados, ese ritual de muerte y sublimación.  Nunca vimos a estos jóvenes fundamentalistas de la clase media gritándoles “asesinos” a  los carretilleros que hasta ayer maltrataban a sus caballos.


Mi solidaridad con la señora Aura Lucía Mera, columnista de El Espectador, víctima de una horda de animalistas.

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