miércoles, 5 de agosto de 2015

Pablo el mentiroso (Parte III) 

Nota. Esta es la continuación de un ensayo que escribí hace pocos años, basado en las investigaciones que diversos profesores norteamericanos y europeos, como también en los aportes de algunos sacerdotes católicos, sobre el libro de los Hechos de los apóstoles y su correlación con hechos históricos.  En la entrega anterior se discutía las diversas interpretaciones de la conversión de Saulo en el camino de Damasco.

Con relativa frecuencia nos encontramos el caso del criminal recluido en una cárcel quien en cuestión de pocos meses resulta transformado en un predicador de la palabra de Dios, como también les ha sucedido a muchos hombres sometidos a un retiro o período de aislamiento, al final del cual regresan convencidos de una misión divina, como crear una nueva religión o fundar una orden sacerdotal o monacal.  Arnold Toynbee, historiador del siglo pasado, describió varios casos de retiro–retorno.  He aquí algunos: Jesús de Nazaret va a meditar al desierto, es tentado por el Demonio y   regresa para iniciar su carrera redentora; Mahoma en su aislamiento recibe la visita de un ángel que le dicta El Corán; algo parecido pasa en la leyenda de la “iluminación”  de Siddhartha Buda.  Aunque en el caso de Pablo no contamos con soporte históricos  para explicar su transformación por efecto del retiro–retorno, existe al menos esta hipótesis para descartar un milagro.

No se trata en estos comentarios de realizar un  psicoanálisis completo, como tampoco de preguntarnos sobre la patología paranoide o el sentimiento de culpa real o imaginario muy arraigado en quienes puedan llegar a sufrir estos cambios súbitos de personalidad, labor que compete a un especialista de la psiquiatría o del análisis sicológico.  De todos modos, si Pablo caminara hoy por las calles de Jerusalén narrando la aparición de Cristo resucitado y la misión que le encargó, con toda seguridad terminaría en una clínica psiquiátrica con el diagnóstico de Síndrome de  Jerusalén.

Otro de los más significativos desacuerdos entre los Hechos de los Apóstoles y los escritos de Pablo se refiere a la universalidad de su secta.  Para los discípulos de Jesús, éste no creó una nueva religión y  consideraban su movimiento como una variante dentro del judaísmo que exigía el cumplimiento de las leyes de Moisés como condición para pertenecer al mismo.  Al contrario, Pablo, convencido de que su verdad era mejor que la de Pedro, Juan y Santiago --hermano de Jesús y líder de la iglesia cristiana de Jerusalén— planteaba que no era necesario el cumplimiento de la ley judía para pertenecer a la nueva comunidad y que, de hecho, Cristo resucitado le había encomendado en su aparición la misión de enseñar a los no judíos o gentiles que es la fe o la gracia, y no el cumplimiento de la ley, el requisito indispensable para alcanzar los beneficios de la redención.  Aunque desconocemos un documento histórico sobre los dichos y hechos de Jesús, por lo que nos han transmitido los evangelios, aceptados por las autoridades cristianas en los siglos siguientes, podemos colegir que los apóstoles tenían razón en su postura: el Jesús de los evangelios nunca predicó a los gentiles, y el soporte de sus enseñanzas fue siempre la tradición judía del Antiguo Testamento.  Sin embargo, la postura de Pablo se impuso después de una agria polémica con Pedro aunque los Hechos  de los Apóstoles intentarán desfigurar el episodio e imaginar  un acuerdo en este campo desde el año 48, en la reunión de Jerusalén.

Para confirmar este comentario, debe recordarse que con la excepción del polémico versículo 18 del capítulo 16 del evangelio de Mateo, escrito hacia el año 85 o 90, más de veinte años después de la muerte de Pablo, en el que Jesús dice que “sobre esta piedra edificare mi iglesia”, él nunca manifestó el deseo de crear una nueva organización religiosa.  Es lamentable que los evangelios, lejos de aclarar este punto clave, aumenten la confusión: en Marcos, Jesús envía a sus discípulos a predicar a “por todo el mundo” (16,15) en un apéndice insertado muchos años después de escrito el original, como si este evangelio fuera cómplice de Pablo; Mateo cambia el cuento cuando Jesús dice que  “no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (15,24), pero se contradice, al final, cuando manda a sus discípulos  a conseguir seguidores en todo el mundo (28,18); Lucas, más ambiguo aún, no toma partido en su evangelio, pero dedica los Hechos a describir los viajes proselitistas de Pablo en medio de los más espectaculares milagros y prodigios.

En  la próxima entrega: Maten a Pablo o  fantasías de un atentado.



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