Pablo el mentiroso (Parte III)
Nota.
Esta es la continuación de un ensayo que escribí hace pocos años, basado en las
investigaciones que diversos profesores norteamericanos y europeos, como
también en los aportes de algunos sacerdotes católicos, sobre el libro de los
Hechos de los apóstoles y su correlación con hechos históricos. En la entrega anterior se discutía las
diversas interpretaciones de la conversión de Saulo en el camino de Damasco.
Con
relativa frecuencia nos encontramos el caso del criminal recluido en una cárcel
quien en cuestión de pocos meses resulta transformado en un predicador de la
palabra de Dios, como también les ha sucedido a muchos hombres sometidos a un
retiro o período de aislamiento, al final del cual regresan convencidos de una
misión divina, como crear una nueva religión o fundar una orden sacerdotal o
monacal. Arnold Toynbee, historiador del
siglo pasado, describió varios casos de retiro–retorno. He aquí algunos: Jesús de Nazaret va a
meditar al desierto, es tentado por el Demonio y regresa para iniciar su carrera redentora;
Mahoma en su aislamiento recibe la visita de un ángel que le dicta El Corán;
algo parecido pasa en la leyenda de la “iluminación” de Siddhartha Buda. Aunque en el caso de Pablo no contamos con
soporte históricos para explicar su
transformación por efecto del retiro–retorno, existe al menos esta hipótesis
para descartar un milagro.
No
se trata en estos comentarios de realizar un
psicoanálisis completo, como tampoco de preguntarnos sobre la patología
paranoide o el sentimiento de culpa real o imaginario muy arraigado en quienes
puedan llegar a sufrir estos cambios súbitos de personalidad, labor que compete
a un especialista de la psiquiatría o del análisis sicológico. De todos modos, si Pablo caminara hoy por las
calles de Jerusalén narrando la aparición de Cristo resucitado y la misión que
le encargó, con toda seguridad terminaría en una clínica psiquiátrica con el
diagnóstico de Síndrome de Jerusalén.
Otro
de los más significativos desacuerdos entre los Hechos de los Apóstoles y los
escritos de Pablo se refiere a la universalidad de su secta. Para los discípulos de Jesús, éste no creó
una nueva religión y consideraban su
movimiento como una variante dentro del judaísmo que exigía el cumplimiento de
las leyes de Moisés como condición para pertenecer al mismo. Al contrario, Pablo, convencido de que su
verdad era mejor que la de Pedro, Juan y Santiago --hermano de Jesús y líder de
la iglesia cristiana de Jerusalén— planteaba que no era necesario el
cumplimiento de la ley judía para pertenecer a la nueva comunidad y que, de
hecho, Cristo resucitado le había encomendado en su aparición la misión de
enseñar a los no judíos o gentiles que es la fe o la gracia, y no el cumplimiento
de la ley, el requisito indispensable para alcanzar los beneficios de la
redención. Aunque desconocemos un
documento histórico sobre los dichos y hechos de Jesús, por lo que nos han
transmitido los evangelios, aceptados por las autoridades cristianas en los
siglos siguientes, podemos colegir que los apóstoles tenían razón en su
postura: el Jesús de los evangelios nunca predicó a los gentiles, y el soporte
de sus enseñanzas fue siempre la tradición judía del Antiguo Testamento. Sin embargo, la postura de Pablo se impuso
después de una agria polémica con Pedro aunque los Hechos de los Apóstoles intentarán desfigurar el
episodio e imaginar un acuerdo en este
campo desde el año 48, en la reunión de Jerusalén.
Para
confirmar este comentario, debe recordarse que con la excepción del polémico
versículo 18 del capítulo 16 del evangelio de Mateo, escrito hacia el año 85 o
90, más de veinte años después de la muerte de Pablo, en el que Jesús dice que
“sobre esta piedra edificare mi iglesia”, él nunca manifestó el deseo de crear
una nueva organización religiosa. Es
lamentable que los evangelios, lejos de aclarar este punto clave, aumenten la
confusión: en Marcos, Jesús envía a sus discípulos a predicar a “por todo el mundo”
(16,15) en un apéndice insertado muchos años después de escrito el original,
como si este evangelio fuera cómplice de Pablo; Mateo cambia el cuento cuando
Jesús dice que “no he sido enviado sino
a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (15,24), pero se contradice, al
final, cuando manda a sus discípulos a
conseguir seguidores en todo el mundo (28,18); Lucas, más ambiguo aún, no toma
partido en su evangelio, pero dedica los Hechos a describir los viajes
proselitistas de Pablo en medio de los más espectaculares milagros y prodigios.
En la próxima entrega: Maten a Pablo o fantasías de un atentado.
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