sábado, 15 de agosto de 2015

Amor a la vida

Iván Tabares Marín

A Leonardo Da Vinci se le ha criticado por haber usado un calificativo cruel con aquellas personas que pasan por la vida sin aportar nada a la comunidad o a sus allegados.  Dijo que esas personas solo dejan toneladas de desechos, lo que en términos actuales podría significar que no hacen más que contaminar el planeta.  Si el pintor de La Gioconda viviera hoy, podría corroborar su atrevida afirmación a través de una encuesta que sin duda alguna nos sorprendería por el gran porcentaje de compatriotas dedicados a ver televisión, a chatear tonterías o a perder el tiempo en internet o en un café repitiendo con los amigos el noticiero de la anoche anterior. 

Se trata de vivir distraído, de huir de la realidad y de escapar del encuentro con uno mismo.  Como todos  tienen la esperanza de otra vida después de la muerte, no les importa gastar esta en estupideces. ¡Tanto daño les causa la religión!  Millones de seres humanos vienen a repetir el mismo libreto insípido, rutinario, como si no fuéramos más que marionetas.   La experiencia de Leonardo en el 1500 se repite ampliada en el 2015.  Nos estamos deshumanizando; perdemos la esperanza de un mundo mejor y, en su lugar, por todas partes aparecen signos de un futuro sin sentido que no nos deja otra opción que la depresión y el suicidio.  En tiempos de Leonardo el problema era muy limitado en comparación con nuestra época cuando parece universal. 

Como algunas vez un lector de La Tarde se disgustó porque en esta columna utilicé la expresión “muerte de Dios”, la mejor forma que tengo para responderle está implícita en los párrafos anteriores.   Los colombianos ni siquiera sabíamos que Dios estaba enfermo.   En cambio, los europeos hace más de un siglo se resignaron ante esa tragedia y se dedicaron, a través del arte y la filosofía, a dar un consuelo a la humanidad o a buscar una salida.  Románticos, impresionistas, surrealistas, dadaístas, todos, querían reemplazar a un Dios que ya no estaba.  Lo mismo podemos decir del Pragmatismo, Positivismo, Marxismo, Fenomenología y el resto de movimientos filosóficos.

Es el mismo mensaje del libro Egobody, ya reseñado aquí.  La cultura contemporánea es también la cultura de la nada.  Esos zombis, que circulan por nuestra calles y que contaminan el planeta, escenifican la muerte de Dios y nos exigen buscar una solución en el amor a la vida.






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